Los imitadores viven bajo el brillo de otros

Por Maite Valderrama

Existe una categoría de personas a la que se podría denominar como “los imitadores”, que son aquellos que se entregan a la dependencia de alguien motivados por los supuestos puntos fuertes o méritos de su prójimo. Y precisamente por carecer de esos puntos fuertes o méritos propios, se apoyan en uno o varios de sus semejantes para vivir, por así decirlo, de su “resplandor”, y ser así alumbrados por su “supuesto” brillo. Como imitadores adoptamos rasgos característicos del comportamiento, del lenguaje o de la forma de vivir de otra persona, con ello intentamos adornarnos con sus plumas para revalorizarnos y parecernos a ese modelo al que atribuimos determinados valores que nos faltan.

Pero las analogías, los programas humanos de nuestro prójimo que adoptamos, son lastre que tarde o temprano tendremos que superar o purificar, y si no es así, entonces habremos de expiar sus consecuencias. Siendo imitadores nos alejamos de nosotros mismos y dejamos de cumplir con las tareas y posibilidades de nuestra existencia terrenal, o las cumpliremos sólo en parte. Estaremos entonces atados a la persona cuyos programas hemos copiado, y ella también a nosotros en la medida en que de alguna forma haya sacado provecho de ello, aunque lo hiciera tan solo aceptando la energía que le proporciona la admiración que le profesamos. En esta categoría se engloban los fans de ídolos, tanto en el ámbito de la música, del cine, del deporte, de la política o de la ciencia. Las personas famosas o populares y algunas otras, sirven con mucha frecuencia como imágenes-modelo, que atraen imitadores en la forma expuesta.

Muchísimas personas están atadas y atrapadas en su telaraña y también en la telaraña de otras personas. Tan sólo cuando reconocemos nuestra dependencia, nuestra atadura, puede fluir alguna ayuda espiritual que nos ayude a liberarnos paso a paso a través del camino de la purificación. En el libro “El Camino Interno. Peldaño de la seriedad”, de la editorial Vida Universal, encontramos palabras como las siguientes: “El ego de una persona sólo podrá influir a sus semejantes hasta que éstos dejen de rendir tributo al suyo propio, y eleven su conciencia cada vez más a Dios. La forma más rápida de que lo inferior abandone al ser humano, es que éste se confíe a Dios en cada situación”.

Con nuestra herencia pecaminosa hemos cubierto nuestra herencia divina, de modo que ya no somos conscientes de quienes somos en realidad. Pero no hemos perdido lo divino en nosotros aunque lo parezca, lo que hemos hecho ha sido recubrirlo una y otra vez por medio del pecado. Para quien considera su mundo de apariencias como realidad, su herencia pecaminosa es la verdad que él ve como lo supremo. Eso lo denominamos entonces “nuestra vida”, que consideramos como algo valioso y que defendemos con todos los medios a nuestro alcance, llegando hasta realizar actos belicosos con los que un pueblo se levanta contra otro pueblo.

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