Gobierno de Funes se declara incapaz

Por Elmer Palma

El día 18 de julio del corriente año, cuando todos los ministros acuden a la Asamblea Legislativa para rendir un informe a los legisladores, aparece el flamante ministro de Defensa, David Munguía Payés, con un despliegue militar nunca antes visto desde que terminó la guerra civil en El Salvador.

El despliegue incluyó helicópteros fuertemente armados sobrevolando la zona, tanques de guerra, vehículos todo-terreno, francotiradores desplegados en edificios aledaños, soldados con pasamontañas y las caras pintadas por todo el perímetro legislativo, entre otras demostraciones.

Parecía un acto de guerra o una rebeldía militar; hasta se llegó a pensar en un golpe de estado.

Pero era solo una demostración de fuerza y poder. Munguía Payés, que en mayo recién había sido destituido como ministro de Seguridad por orden de la Sala de lo Constitucional, acababa de tomar por segunda ocasión el Ministerio de Defensa avalado por el presidente Mauricio Funes. Munguía Payés quería que el pueblo salvadoreño se sintiera seguro; que bajo su mando estaba el Ministerio mejor equipado para defender la soberanía nacional en cualquier momento. Quiso mandar un mensaje de fuerza y seguridad a la población con una demostración no vista desde la Ofensiva Final de noviembre de 1989.

Críticas y burlas de parte de la población no se hicieron esperar. Con esto, mas revelaciones de otros funcionarios, de los privilegios a delincuentes encerrados que incluían hasta prostitución dentro de los penales, mientras Munguía Payés era ministro de Seguridad, la clase política pedía al presidente Funes la destitución del flamante ministro. En respuesta, el presidente Funes tajantemente salió en su defensa, argumentando que el ministro Munguía Payés gozaba de su plena confianza por ser un excelente ministro.

En los meses de agosto y septiembre, Honduras inicia una serie de provocaciones izando su bandera en la Isla Conejo, propiedad de El Salvador. En esos mismos días anuncian la construcción de un helipuerto en dicha isla. Por si fuera poco, los candidatos a las elecciones se reúnen en la isla e izan juntos la bandera hondureña en clara señal de provocación al vecino.

Sorprendentemente, el día martes 22 de octubre el ministro de Defensa desmoralizaba a todo un pueblo y al ejército bajo su mando en una entrevista, al decir que el país no tiene la capacidad de defenderse de un eventual ataque aéreo por parte de Honduras.

Halagó a los hondureños diciendo que estaban mejor equipados con aviones de guerra. Ante un pueblo incrédulo Munguía le estaba bajando la moral al ejército nacional, del cual se esperaba que estuviese listo para defender la soberanía nacional ante cualquier adversidad. Ya el pueblo se había resignado y aceptado que el gobierno no podía defenderlo de la delincuencia, pero que al menos se tenía la hombría y moral en alto para defender al país en caso de agresión a la soberanía.

Las reacciones no se hicieron esperar, a tal grado que la avalancha de críticas y burlas de nuevo se desbordan, el presidente nuevamente sale a la defensa del ministro de Defensa dándole toda la razón. El pueblo está indefenso.

En un país que recién tuvo una guerra y que esa guerra le heredó un alto grado de criminalidad abonado por la migración, lo que menos se espera es que el gobierno desmorone la moral del pueblo y su ejército.

Un gobierno nunca revela sus debilidades. Al contrario, muestra fortaleza aunque no la tenga.

Las guerras nunca se han ganado con poderío militar ni armamento sofisticado. Las guerras se han ganado con estrategias y agallas de parte de los generales que dirigen al ejército. El mismo Estados Unidos aún teniendo al ejército mejor equipado del mundo, ha perdido algunas guerras por que sus rivales usaron estrategias nunca esperadas. Al grado que se han visto obligados a retirarse y abandonar la causa en ocasiones.

Sin embargo, hay algo bien visto en los gobiernos y pueblo de Estados Unidos. Su alto grado de apoyo a la moral de su ejército. A pesar que están técnicamente bien equipados, lo que los ha llevado a derrotar gobiernos nefastos, ha sido más que todo la motivación y apoyo a su autoestima de parte de sus jefes y altos mandos.

En Honduras aún recuerdan la Guerra de las Cien Horas, perdida en los años 60 contra El Salvador. Esas heridas, a pesar de las buenas relaciones están propensas a ser abiertas en cualquier momento como acto de venganza. Los hondureños no están pensando en invadir a El Salvador, pero sienten que si se les provoca tendrían razones suficientes para descargar una ira escondida.

El que su gobierno vecino acepte debilidad y envíe voces de halagos a su fuerza aérea, abona la moral de su ejército y lo pone en posición de superioridad inmediatamente; no tanto por sus aviones sino por su orgullo nacionalista.

Todos los gobiernos derrocados han mantenido hasta el último momento advertencias fuertes y amenazas antes de ser finalmente abatidos. Más que todo, para que sus ejércitos aún debilitadamente peleen y saquen fuerzas de flaqueza para hacerle frente al poderío militar hasta el último minuto. Con esa moral en alto es que algunos han logrado repeler tropas poderosas y los han expulsado de sus territorios. Por supuesto la mayoría han sido aplastados por el poderío militar y solo les queda el honor de haber defendido su causa hasta morir. Los afganos expulsaron a los rusos con armas obsoletas y poco convencionales; los vietnamitas vencieron a los gringos con hostilidad subterránea, los mexicanos expulsaron a los franceses con palos, piedras y una que otra pistolita.

Funes ha fracasado en casi todo su gobierno, algunos aciertos habrían sido el vaso de leche, los uniformes y ciudad mujer. Estos pequeños logros a cambio de crear 600,000 nuevos pobres en el país. El pueblo ya había aceptado eso y cosas peores, pero lo que no se esperaba era ese golpe tan bajo a su moral e integridad de parte de su ministro de Defensa y secundado por el presidente.

Los libros de historia aguantarán con todo y pasará al olvido, pero el desánimo y moral bien baja de un pueblo acostumbrado a la bravura y al buen desempeño del machete, nunca podrán borrarse de generaciones venideras.

Por lógica un gobierno nunca debe revelar sus debilidades a otros países. Y aunque no se tenga la capacidad de ganar una guerra, nunca se le dice al ejército lo débil que está. La autoestima de un ejército fortalece a un país y lo lanza a defenderse hasta con palos y piedras —si fuera necesario— pero con la moral bien en alto.

Pero encima de toda esta gran “metida de patas”, lo más lamentable y desastroso es que siempre habrá imbéciles que justificarán las declaraciones del ministro y del presidente.

Ya habíamos perdido lo sagrado. Gracias a Munguía Payés y al presidente ahora estamos encaminados a perder la patria. ¿Habrá que cambiar el himno nacional?

Elmer Palma ¿Comentarios? [email protected]

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