Antes morir era diferente

Por Alfonso Villalva P.

A mí, que me cuenten de modernidad, pero antes era diferente.  La muerte en estos tiempos debe ser algo más que un trámite legal con cafetería de lujo, candelabros eléctricos y viudas con vestidos Versace. Cuando uno entra a la agencia, se encuentra con una maqueta que describe una especie de multifamiliar funerario.  Una señorita vendedora, muy de mire  usted, con traje negro y maquillada por los del sótano, le recibe con una siniestra sonrisa y le propone que, aprovechando el trance, dedique cinco minutos a conocer una gran inversión. Que se anime, vaya, a convertirse en su cliente.

Ofrece paquetes que puede pagar en cómodas mensualidades antes de que usted sea el  protagonista.  Los hay desde los modestos, con féretro alquilado, mortaja de terlenka, cuatro velas ficticias, una viejita que nos asegura rezará un rosario, un velatorio en el que caben cómodamente 7.3 personas, y un sacerdote light que entra y sale despachando misas de cuerpo presente, por la misma cuota, mas IVA, si pide factura.

También los hay de lujo, con cajita de caoba, donde imagino que en éstos, también aparecerá la viejita del rosario, que traerá una prima para que suene a más dolor de despedida, y si el difunto era por ejemplo un macarra, o un agiotista,  le alquilarán deudos que en negro absoluto llorarán su desaparición con autenticidad televisiva.

Hemos cambiado signo por significado pues ya no hay tiempo para nada.  Antes morir significaba la última manifestación de genio y figura, con tumultos lacrimógenos y elocuentes elegías.

Con el rictus de la muerte, iniciaba la leyenda, y todos los deudos del difunto (esposas y amantes incluidas) se convertían de alguna forma, en miembros  de una cofradía que compartía su ausencia.  Antes la gente moría en su casa, con la familia presente escuchando su última voluntad, y el cura listo para los santos oleos de rigor, o en un velatorio que se tornaba en santuario del último adiós.  Los hijos y los nietos del difunto se despedían de él, pues no existía esa absurda parafernalia pedagógica que ahora prohíbe a los niños acercarse y enterarse a cabalidad, pues les crea no sé cuantos traumas.

Con la modernidad, se destiñe la dignidad de la muerte  como última representación de lo que fuimos; sin embargo, complete su paquete ahora, pues tarde o temprano, caeremos como clientes de la señorita gracias a un infarto, al maldito cáncer, o a un descastado operador de microbús que se pase un alto a toda velocidad.

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