Criar cuervos

Por Jorge Gómez Barata

No me sorprenden las revelaciones acerca de que los servicios de inteligencia de varios países europeos realizan labores de espionaje local y comparten resultados con la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA), no pongo en duda las declaraciones del director de esa entidad Keith Alexander al respecto, ni siento pena por los líderes europeos que se dicen ofendidos porque sus amigos americanos husmean en sus intimidades comunicacionales. No hay que tomarlos tan en serio; es hipocresía y marketing político.

La dependencia económica, científica, tecnológica y política de Europa Occidental a los Estados Unidos es un fenómeno asociado a la II Guerra Mundial y a la confrontación con la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Desde entonces, los norteamericanos fijan las prioridades en la agenda internacional, incluidas las necesidades, modalidades y alcances de la recogida de información de carácter global o interés para su seguridad nacional. Los servicios secretos de todas las potencias capitalistas son parte esencial de este esquema.

Es de perogrullo decir que los procesos, acontecimientos, invenciones, descubrimientos y líderes políticos, de todos los colores y filiaciones, ocurren y actúan en tiempo real, en espacios concretos y en organizaciones específicas donde obviamente se realiza la recolección de información de inteligencia. Ningún sector es de mayor interés para los servicios especiales que las elites políticas y los altos cargos, sean amigos o adversarios.

Culpar a los gobiernos por lo que hacen o dejan de hacer sus servicios especiales puede resultar ocioso. En todas partes esas entidades son como estados dentro de los estados que, al amparo del secreto y de las altas dosis de inmunidad e impunidad con que despliegan sus competencias, adquieren una autonomía y un poder que se acentúa en la medida en que las instituciones civiles son más débiles, la sociedad civil menos relevante y más autoritarios los gobiernos.

Debido a la vigencia del eurocentrismo, raras veces se observa el hecho de que a pesar de los paradigmas establecidos, en Europa las tradiciones democráticas y las instituciones civiles (con pocas excepciones), no son tan antiguas ni están tan sólidamente establecidas como se supone y, bajo fuertes tensiones, ceden a tentaciones policiacas y represivas que como rémoras, se solapan con la democracia.

Entre sesenta y cuarenta años atrás: España, Portugal, Alemania, Italia, Austria, Grecia y otros países fueron estados policiacos colocados muy a la derecha de Stalin y cuya gobernabilidad se basaba exclusivamente en la represión.

Si bien la desnazificación en Alemania e Italia se realizó exitosamente y la transición a la democracia en España, Portugal y Grecia arroja resultados positivos, no se puede pretender que unas décadas de predominio de ejercicio del estado de derecho, han borrado las tradiciones autoritarias que florecieron bajo los regímenes del káiser, Hitler, Mussolini, Franco, Oliveira Salazar y los coroneles griegos, bajo cuya férula los servicios especiales y policiacos adquirieron una relevancia y un protagonismo que sesenta años de democracia no han desterrado.

Nadie y menos aun los integrantes de las elites políticas europeas deben darse por sorprendidos al percatarse de que los servicios especiales de sus respectivos países no sólo forman parte de una matriz global regida por Estados Unidos, sino que separados de ella son irrelevantes.

La mala noticia es que en la sociedad global que se construye bajo la hegemonía de Estados Unidos, esa dependencia no será menor sino mayor y el espionaje no se atenuará sino que a lo sumo se refinará. Son datos de la realidad. Allá nos vemos.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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