Fieles difuntos

Por Alfonso Villalva P.

Algunos simplemente, arrojan con desparpajo -atusándose los bigotes o ajustando sus gafas multicolores de intelectual diseñado por Dior-, sobre la mesa del café de los debates cotidianos, la evocación a los Druidas, a la influencia Celta sobre Europa continental, a Constantino y su cristianización masiva.

Hay quienes prefieren enfocar las baterías a la mágica leyenda de los hechiceros medievales, o las historias provenientes de Salem y de las misteriosas casas te  cuya arquitectura victoriana tanto inspira a la televisión contemporánea. Otros, luchan con esfuerzos denodados por erradicar las prácticas paganas ancestrales sintetizadas ahora por definiciones de Wikipedia.

Algunos también, quizá los más, prefieren permanecer ajenos a cualquier disquisición de esta naturaleza y dejar que sus sentidos se reconforten por el placer de ser llevado por el cúmulo de sapiencia difundido por conductoras de escotes inenarrables y tacones de doce centímetros de longitud.

Si descontamos la celebración que gira en torno a la Virgen de Guadalupe, con sus procesiones kilométricas, sus eventos en la víspera aromatizados por el humo de los brebajes de los chamanes en el atrio de la Basílica y el místico aroma del copal; sus insufribles mañanitas cantadas por Lucerito o alguna diva similar de muy confusos talentos musicales y poco probadas convicciones Guadalupanas, pero muy patentes capacidades lacrimógenas, demostradas en directo y bajo el patrocinio de alguna marca de licor extranjerizante, así como todos los efectos secundarios de la parafernalia de la adoración incondicional, ciega y dogmática que, a fe de muchos peregrinos –cientos de miles-, verdaderamente les purifica el alma o, al menos, les alivia la consciencia con la seguridad de que han dado otro abono en su descargo que será contabilizado, necesariamente, el día del juicio final.

Si la descontáramos, decía, probablemente el siguiente evento más popular y de proporciones gigantescas de identidad nacional que vincula al Norte y al Sur y a nuestros extremos costeros, sería, precisamente, la conmemoración del día de los fieles difuntos o el primer puente de noviembre, o el primer aviso de las fiestas de fin de año -ya cada quien su perspectiva y sus apetencias-.

Pero claro está, conforme la modernidad nos seduce con sus formas superfluas y vertiginosas y los centros urbanos se apartan cada vez más de los sitios en los que ésta tradición tiene connotaciones espirituales, mágicas y esotéricas, heredadas de tiempos milenarios y ajustada a las expresiones actuales en el crisol de la conquista, el Santo Oficio y el correr de los años. Es una muestra tangible del catolicismo pasado por el mestizaje de las creencias precolombinas.

Precisamente es en las ciudades modernas en las que de ser este un día perfectamente laborable, lo convertimos en una fiesta sacra de la Patria en la que se vuelve hasta peligroso cuestionar a alguien respecto de la razón de su asueto.

Todos tenemos muertos en el panteón familiar y todos, todos, tenemos un derecho meta constitucional de venerarlos aún cuando sea solamente en un día así, aún cuando sea solamente bajo el slogan publicitario que justifique nuestra ausencia. Aún cuando en muchos casos de sobra se sabe que los fieles difuntos en cuestión nunca fueron fieles a nada, quizá con la salvedad de las libaciones recurrentes y las debilidades de la carne; quizá ante el hecho ineludible de que en la vida del muerto de marras, los que ahora le veneran y lloran pasaban más tiempo deseando que llegase a ocupar un sitio bajo un pequeño talud de tierra, y ahora lo nieguen, se arrepientan –así como lo sintetizaba magistralmente el gran Chava Flores –en la historia de Cleto-  quizá no importa, verá. En este día todos esos muertos adquieren una calidad de santos laicos que merecen veneración.

Ya puestos a oficiar de guardianes devotos de la tradición de honrar fiambres, y liberados, al menos, de un día de la monserga de los deberes laborales o escolares, entonces sacamos los dientes y ostensiblemente revelamos nuestras verdaderas intenciones: abandonarnos en una descocada fiesta de excesos con disfraces fabricados en Asia que representan momentos memorables de la cacería de brujas explicada por los guionistas del cine americano o de los filmes de Freddy Krueger, dentro del contexto de las campañas publicitarias yanquis que nos han impuesto para sustituir la calabaza en tacha, el mugbipollo y el pan de muerto, por la frivolidad del consumo y la adaptación adulta del trick or treat.

Muchas veces me he preguntado si a los sepulcros acudimos como una manera de guardar las apariencias haciendo parecer que el difunto era un ser respetable, o por exculpar las culpas propias derivadas de causas que poco tienen que ver con el difunto de marras, o será simplemente un acto irreflexivo que cada vez más parece generarse en el sentido de culpa generado por las terribles crudas que se sufren al día siguiente de la noche de Halloween.

Sin embargo, en los pueblos aún parece haber un campo magnético que les hace inmunes al consumismo americanizante, y les rezan a sus muertos con unos buenos bigotes de champurrado, y les ofrecen panes, tamales, guisos exquisitos y bebidas basadas en los gustos probables de aquéllos que ya se fueron y que pudieran necesitar en el camino de buscar esa vida eterna tantas veces ofrecida por los curas que, en muchas ocasiones, aparecen también disfrazados de momia ensangrentada, en las fiestas de sociedad que prometen tener hasta cobertura de prensa.

En fin, que en el acto irreflexivo de cazar brujas o conjurar a la muerte con los signos de modernidad, quizá, y solo quizá, el consuelo que queda es reír a carcajadas ante algunos colegas que se ponen máscara de horror mejorando su appeal, o las que emulan a Linda Carter mostrándonos que los atributos de la superwoman pueden ser siempre mejorados.

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