Como un cerillo

Por Alfonso Villalva P.

A Martha, Mily, Mau y Katia. Algunos héroes que arrebatan mi admiración.

No es para tanto. Parecía decirme su sonrisa espontánea y chimuela mientras chocábamos la mano de manera fraternal al estilo futbolero que tanto ocupan los niños de su edad: Primero la palma abierta…, el puño cerrado después. Mecánico, armónico y cordial. Asumiendo la precisión del movimiento como un signo de pertenencia a una realidad que nos vincula. Descontando la seguridad de mi pericia y la camaradería que supone hacer el movimiento con naturalidad.

Le faltaban dos dientes y los demás tenían exactamente el alineamiento de la ruta del Metro de la Ciudad de México. Era francamente chamagoso -como diría con autoridad mi abuela Virginia-, y como debiera ser requisito para su edad…, pero vivo, chispa, listo como un cerillo.

Después del intercambio de rigor de palabras introductorias, los quiubos de cajón y los qué ondas sin sentido y a cambio de la revelación de mi propia identidad bajo el sello de mi nombre de pila, así, sin apellidos ni adornos inútiles, me miró con detenimiento, como terminando de valorar mis merecimientos, como procesando el silogismo por el que sopesaba si yo seria sujeto de confianza, y me dijo, con voz clara y determinada: yo soy Toño.

Hizo una pausa como para dejar que sus palabras fuesen asimiladas por su interlocutor, intercambió un par de chistes y mentadas alegóricas con sus compañeros que se juntaban a su alrededor. Sonrió contagiosamente una vez más. Intercambiamos en menos de lo que canta un gallo, opiniones sesudas de nivel técnico sobre la selección nacional. Me habló de Oribe Peralta, Oswaldo Sánchez, Benítez –cuando aun vivía-, y hasta de Cristiano Ronaldo. Así, de tú, como si los conociera de manera personal. Como si hubiesen egresado de las mismas coordenadas longitudinales que a él le alojaban en la actualidad.

Él, de grande, va a ser como Oribe, a quien confeso preferir. Goleador, hermoso y galán. Va a tener una novia cuya descripción migraba entre la Tesorito e Inés Sáenz. Va a tener una moto, una alberca y unos zapatos morados y amarillos con los que jugará al fútbol.

La conversación rápida, efectiva, al grano. Enmarcada por esa sonrisa pícara y la mirada de un par de luceros que transmiten esa chispa que atrapa y hace sonreír de regreso. Otra vez giró 180 grados y como de rayo se incorporó al partido de fútbol que se disputaba aquella mañana en Chimalhuacán. Sí, en el centro comunitario al que a veces iba después del jale, cruzando la carretera, pues; para comer algo mas que chetos y gansitos, tomar alguna lección de lo que fuera, para descubrir el mundo y acariciar esa otra forma de vivir que tienen aquéllos que viven lejos de la putrefacción, las moscas y sus fieles amigos cuadrúpedos (tres perros y un caballo), con quienes probablemente comparte más lealtad que con otros humanos, y con los que seguramente tendrá conversaciones inolvidables en esas madrugadas en las que las emisiones de metano centellean, haciendo divisar lucecitas que parecen almas en pena que deambulan por el vecindario, sorteando la inmundicia en busca de algo que no se puede adivinar.

Probablemente, si yo hubiese tenido la posibilidad de ver a través de su mirada, escuchar con sus oídos, sentir con sus manos, probablemente, los tonos grises del horizonte cobrarían una multiplicidad cromática que solamente puedo concebir con el poder de la memoria, cuando yo tuve también esos pocos años que suman inocencia, alegría, imaginación y asombro permanente por un mundo fantástico que se renueva sucesivamente ante esos ojos abiertos como platos que brillan de emoción y entusiasmo.

Los mismos ojos inocentes que quizá, por increíble que pareciera, quizá, no se detienen tanto en reparar que por simple accidente del destino, por azar, por la maldita suerte inescrutable, le hubiese tocado precisamente a él, a Toño, nacer y vivir en ese séptimo corral del tiradero a cielo abierto del municipio de Nezahualcoyotl, del México de sus amores, de la Patria que, no obstante su abyecta miseria, se le representa como un privilegio de morar en tierras guadalupanas para sobrevivir; en tierras que, mugrosas y contaminadas, son su hogar.

Un hogar que a pesar de todo le permite sentir latir el corazón por una emoción asociada al gol chocarrero que a veces, y sólo a veces, hace rugir el Coloso de Santa Úrsula que él aprecia con asombro en la pantalla de siete pulgadas que algún alma caritativa pone a disposición de los colegas ocasionalmente para conectarse con la efímera gloria nacional representada por una camiseta verde. Esa emoción que le tiene convencido de seguir soñando que él de grande será goleador, hermoso y galán. Que va a tener una novia como Inés Sáenz. Va a tener una moto y unos zapatos morados y amarillos con los que jugará, por siempre, al fútbol.

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