Una época caracterizada por excesos, vicios y avidez

Por Maite Valderrama

Las adicciones y la codicia aumentan en la actualidad y degeneran en brutalidad y violencia. Se abusa y viola sin escrúpulos. Se apoyan guerras que luego se llevan a cabo con potente armamento, con lo que incontables personas mueren en ocasiones de forma horrible. No se tiene reparos en matar a seres humanos para confiscar sus bienes, ni en dar falso testimonio para obtener con engaño una posición de poder a costa de otros.  Y como «los molinos de Dios muelen muy despacio», más de uno piensa que todas las fechorías pasarán de largo sin consecuencias o se echará la culpa a otros, lo que resulta en la mayoría de las ocasiones mucho más fácil.

Si observamos nuestro mundo con algo de distancia comprobaremos cual es la verdadera condición humana y como somos. Comprobaremos que predominan actitudes como la mentira, actuaciones como el robo y el engaño, que hay festividades que van año tras año degenerando hasta convertirse en bacanales y comilonas; los vicios del ser humano son en ocasiones adicciones que desembocan en excesos que en la actualidad llevan a extremos prácticamente insuperables como alcoholismo, juego, drogas, nicotina, bulimia, adicción a Internet, deseos de discutir, adicción al sexo, pasión por la caza, sed de venganza, explotación impulsiva de otras personas acompañada de afán de poder, avidez de dinero y codicia, llegando hasta el matar por el único placer de asesinar a personas y animales.

Pero a pesar de todo esto al ser humano apenas le es consciente que todos los contenidos de nuestro sentir, pensar, hablar y obrar, es decir la totalidad de los contenidos de nuestro comportamiento se introducen en la estructura celular de nuestro cuerpo físico y en la estructura de partículas de nuestra alma, con ello todo queda registrado por lo que de todo tendremos que dar cuentas. También lo bueno que emitimos recae sobre nosotros nuevamente, se trata al fin y al cabo de la ley de acción y reacción.

La ley de Causa y efecto asigna a cada cual particularmente su parte de culpa de forma precisa y justa, pues la balanza de la justicia de Dios lo pesa todo con exactitud. Así un delito no aclarado puede fácilmente convertir a un alma en un alma atada a la Tierra hasta que purifique lo que tiene pendiente con su prójimo.

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