En movimiento

Por Alfonso Villalva P.

En estos tiempos en los que se cuestiona todo, absolutamente todo lo que sea cuestionable, en los que no cesamos de asombrarnos al descubrir que lo que era ayer ya no será jamás -y vaya usted a saber si cambiara nuevamente-; en estos tiempos, decía, nos ocupa recientemente el debate fascinante respecto de la verdadera autoría de la famosa  Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España (Ver El País y la Revista Nexos).

Hemos crecido en el error, conforme el planteamiento concluyente que hace Christian Duverger en su libro Crónica de la Eternidad, atribuyendo a Bernal Díaz del Castillo el relato de los primeros días de lo que genéricamente se pudiera llamar la conquista de la Meso América precolombina. Pero no, señoras y señores, pues según Duverger,  el colega Bernal nunca pudo haber llenado el molde, dado el ancho, por lo que las nuevas conclusiones apuntan nada más y nada menos que a Hernán Cortés.

Al margen de que en lo personal me parece una teoría francamente seductora, pues además de ponernos en justo contexto intelectual y cultural a los sujetos del debate, nos otorga esa deliciosa sensación que se experimenta al romper paradigmas, desvelar historias ocultas, aniquilar el dogma.

En fin, con independencia de la identidad del autor y el riguroso tratamiento que se le haya dado a la investigación de la obra marras en tanto a las fuentes, la objetividad de los sucesos y la ausencia de juicios subjetivos o hasta dogmáticos que haya vertido el verdadero autor intelectual y material del libro (Cortés vs. Díaz), el documento es elocuente, mas allá de duda alguna, en cuanto al reflejo de la ferocidad con la que chocaron dos o varias culturas en los albores del siglo dieciséis.

El fenómeno, independientemente de sus circunstancias históricas, económicas y políticas, es muy fácil de sintetizar en términos sociológicos: la inmigración de un grupo numeroso de individuos a un territorio cuyas circunstancias de civilización, cultura y religión, eran diametralmente distintas a las de aquellos que arribaban.

Y no es que sea un hecho aislado o segmentado en una foto fija del devenir histórico. Antes y después, con mayor o menor intensidad, por razones de conquista, desplazamiento o miedo al exterminio, la acción bélica escudada en las enaguas de los pactos internacionales, o la que sale del forro a un dictador cualquiera, el hambre o la enfermedad, Usted, yo, todos, hemos estado en movimiento.

El choque, en la migración, de cualquier manera es brutal, pero sobre todo cuando el elemento masivo se agrega a la ecuación. Elija usted el destino contemporáneo de sus preferencias y el resultado es muy similar: el inmediato se percibe en California, Texas, Illinois, Nueva York, La Florida. Pero también más al norte en Alberta o Québec. Y que decir de Alemania, Francia o el Reino Unido. Sri Lanka o Pakistán. Las antiguas republicas soviéticas que buscan la oportunidad en la Europa del Este, en Moscú.

En movimiento, así es, con un descomunal choque de visiones del mundo, de los valores elementales y la noción del bien y el mal. Mezclando por la fuerza, la inercia o la costumbre a un dios con el otro, a un ingrediente local a la receta tradicional de cocinar el pollo, las berenjenas o los arroces. Un mestizaje multicolor que se abigarra con el móvil, el WhatsApp y el Twitter.

Con cuentas pendientes que se fusionan en una plataforma que después resulta común para que, tirando cada quien para su lado, la búsqueda de la prosperidad, la paz, la no discriminación, la no mutilación, termine siendo una realidad o al menos un destino aspiracional que luzca alcanzable. Extrapolando costumbres ancestrales que chocan frontalmente con el establishment y con las leyes del hombre blanco occidental que siempre pensaba que lo tenia todo dilucidado, hasta que los ministros de su iglesia se presentan con un color de piel distinto y hablando lenguas incomprensibles.

Llevando flagelos sociales tan condenados desde la distancia, al seno mismo de su comunidad, a la calle de al lado, al patio del vecino. Llevando a todos a un punto de ebullición que los obliga a fundirse en un crisol que ahora los vuelve prisioneros de una nueva realidad que, acaso sin asimilar, puede convertirse en la Némesis de sus mortales existencias… de un lado y del otro, por igual.

En movimiento estamos creando, generando, esculpiendo, inventando un mundo inédito que no acaba de transformarse cuando presenta un nuevo brote de cambio, de necesidad, de adaptación. En movimiento redefiniendo las razas paradigmáticas pues el negro, el blanco, el alto y el bajito se mezclan de manera carnal para alimentar una genética insospechada por la ciencia que se asombra por la potencia infinitesimal del ser humano.

En movimiento, trasladando las carencias de un sitio a otro para reventar los sistemas de salud pública, para repensar el esquema de contribución al estado y de distribución de riqueza. En movimiento para reinventar el involucramiento de todos en una comunidad que presenta nuevos retos y acaso infinitas y mas ricas oportunidades en la diversidad. En movimiento, vamos y venimos, en un mundo sin fronteras de información, de reproducción y de permanente encarnizamiento cultural.

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