La respuesta del 13

Por Alfonso Villalva P.

Guadalupe se incorporó a las séis, puntual como cada mañana. Despertó y tomó su crucifijo en la mano derecha, como lo había hecho cada vez que el rocío humedeció el dintel de su ventana, igual que antes de que su madre muriera, esa madre que tanto extrañó, la señora de vestido negro y mirada optimista que nació en el año del cometa. Aún estaba oscuro, el alba recelosa se negaba a aparecer, pero ella, frunciendo el ceño, resuelta, bajó de la cama como un relámpago, con una agilidad inusitada para una señorita de sociedad poblana a diéz años del siglo cumplido.

Se aseó rápidamente con el jabón de cebo que todavía se podía comprar con el abarrotero del barrio, y se acicaló. Fijó sus cabellos plateados –cortados a trasquilones por ella misma- con el peine metálico con vivos de carey, que compró antes del sesenta y cinco. Contempló por un instante su vestido gris, simple, sin ornamentos, raído, tosco. Un vestido que fue su atuendo, su uniforme para librar la batalla de la vida, más parecido a los hábitos que consagraron a su hermana cuando ingreso a las Trinitarias. No creía recordar haber comprado más de tres por año ni de otro color –siempre gris-, quizá por melancolía, o como luto permanente por su madre, hermanos, o el amor que nunca baró en su puerto, por lo menos de forma definitiva.

Guadalupe finalmente acarició con tersura su vestido; la tersura que podían dar unas manos abandonadas al trabajo manual, a las recetas tradicionales, al metate y al fregadero de mampostería. Unas manos ásperas sin remedio. Una lija cálida que aún así permitía seguir abrazando los corazones de aquellos que le regalaran una visita esporádica, de vez en vez, aunque fuera momentánea, de compromiso; aunque fuera una vez al año.

Inició su recorrido ritual por el largo pasillo que conducía desde sus habitaciones a la cocina, un pasillo por el que necesariamente tenía que dar esos pasos dolorosos de la mañana, cuando más apretaba el dolor de la cervical, y de la ciática, esos pasos tambaleantes que la obligaban a apoyarse, palmo a palmo del recorrido, en las paredes húmedas, pletóricas de ese polvo mezclado con humedad que nunca desparecería porque ya no tenía fuerzas para tallar.

Cuando llegó al otro extremo del corredor, algo le incomodó muy dentro del pecho, como una señal de angustia, de alarma, como el principio de esos largos trances de melancolía que sufría desde que cumplió los ochenta, desde que se dio cuenta que su familia ya no volvería, que salvo sus dos hermanos mayores que tenía que cuidar, los demás, los otros doce, ya se habían ido. Por un momento le pasaron por la mente aquellas historias que contaba su madre de cuando su hermano mayor administraba la hacienda con una 44 calada a la cintura ante el peligro de la llegada de la bola, bajo el nombre de zapatistas, villistas, carrancistas o quien fuera, que al cabo daba igual, todos se llevaban a los muchachos que estaban buenos pa´jalarle al mosquetón, y a las muchachas que, aunque tuvieran nueve o diéz, ya sabían cocinar. Fue como si no hubieses espabilado, un relampagueante recuerdo de su hermano protector, de su madre alegre y diligente.

Guadalupe frunció el ceño otra vez. Seguramente ya estaba perdiendo el juicio. La demencia senil por fin había arribado. Pero qué importaba. Pero qué importaba, ella tenía sus responsabilidades diarias que no admitían flaquezas. Tenía por delante la misa de siete y el desayuno de sus hermanos mayores, además, había que cocinar y fregar el cobertizo.

La mañana del 13 de mayo Guadalupe supo que había algo extraño, distinto a la normalidad cotidiana con que había transitado por lo menos los últimos cuarenta años. Estaba lista para llegar a los noventa, tranquila y resignada, sin visión en el ojo izquierdo, con la columna vertebral totalmente deformada por tanto trabajo físico, pero preparada finalmente asumiendo un destino que Dios le confirió –al menos ella estaba convencida de ello-. Ni siquiera había tomado votos formales, ni siquiera había tenido el privilegio de los hábitos. Sin embargo su vida había transcurrido exactamente igual –o con mayor rigor- que en cualquier claustro de los que ella conoció.

El día transcurrió de una manera muy extraña, los recuerdos se le seguían agolpando en la mente, parecía como si alguien estuviese azuzando a su memoria, obstinado en remover todo lo que ella hacía muchos años decidió convertir en el mosto de su vida. Por la tarde salió a comprar la leche como cada día y, fue allí, precisamente, donde encontró la respuesta. El estruendo fue espeluznante, el chirrido de las llantas que precedió al escándalo sordo de los huesos rotos, del entallamiento de vísceras, de la muerte violenta. Guadalupe cerró sus ojos y se resignó al dolor, aunque era insoportable, sobrepuso su preocupación por sus hermanos mayores, por la angustia de quién cuidaría de ellos en su ausencia.

Guadalupe, ahora desde el panteón francés, compadece al mundo por tanta maldad, tanta decadencia, tanta frivolidad; a ella también le tocaron varias guerras, aunque sin tanta obstinación por la destrucción masiva. Guadalupe, a pesar de todo, mantiene un corazón grande y permanece con el ceño fruncido, concentrada, esperando recibir alguna visita esporádica, de vez en vez, aunque sea momentánea, aunque sea de compromiso, aunque sea una vez al año.

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