Francisco ante el capitalismo salvaje

Por Eduardo Ibarra Aguirre

La crítica llana y directa formulada por el papa Francisco al capitalismo salvaje (26-XI-13) es tan significativa que aún es preciso ocuparse de ella, además de que sus alcances están por verse, pues se trata de la exhortación apostólica Evangelli Gaudium (La alegría de la fe), el primer gran escrito que entrega como pontífice y en el que aboga por una “sana descentralización y renovación” de la Iglesia.

Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa no europeo en más de mil 300 años, sostiene que “así como el mandamiento de ‘no matarás’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata.”

El planteamiento lo llevó al detalle: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión.” Por desgracia puede ser e incluso es la constante no sólo desde que lo bursátil es una realidad incipiente y ahora tan aplastante que condujo al mundo a la crisis de 2008 sin que todavía pueda remontarse, mientras los del dinero virtual continúan como rescatados con los recursos públicos que se regatean a las mayorías.

En el documento que constituye una ampliación de las visiones que ha difundido desde que sucedió a Benedicto XVI, el argentino sentenció que el sistema económico es “injusto desde la raíz, porque en la economía predomina la ley del más fuerte, siendo una nueva tiranía invisible, a veces virtual, dominada por un mercado divinizado, en el que imperan la especulación financiera, una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta.” Diagnóstico compartible incluso por un ateo convicto y confeso.

Hace bien Bergoglio al criticar al sistema económico actual y atacar la idolatría al dinero, pero no tanto al suplicar a los políticos que “garanticen a todos los ciudadanos trabajo digno, educación y cuidado de la salud.” Demandas enarboladas en los cinco continentes, pero no es con súplicas como escucharán a los trabajadores. Y menos si los dueños de la aldea son los que disponen por encima de gobiernos y Estados, y no dejan margen de decisión a los políticos.

Consciente de ello, el papa Francisco “pidió a los acaudalados que compartan su riqueza y advirtió que la distribución desigual de ésta inevitablemente lleva a la violencia.” La raíz de la violencia tiene orígenes socioeconómicos, pero mejorar la distribución de la riqueza social no deriva de llamamientos por papales que sean, sino de programas de largo aliento que no tengan en el centro a los hombres del gran capital.

También le asiste razón cuando augura que mientras no se resuelvan “radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo.”

No menos oportuna es la crítica a los que “todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad del mercado, logra por sí mismo mayor equidad e inclusión social. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante.”

Excelente diagnóstico, sólo que omite cualesquiera responsabilidad no sólo ética sino política de la jerarquía vaticana encabezada por Juan Pablo II para que el capitalismo fuera el gran triunfador en la disputa con “el socialismo realmente existente”, indefendible si usted quiere, pero invaluable valladar del imperio aún hegemónico.

Fuente: FORUMENLINEA/ARGENPRESS.Info

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