La definitiva

Por Alfonso Villalva P.

No era el dolor de la trompada en la cara lo que le dobló, sino su orgullo pisoteado, mancillado. Aunque todavía tenía diecisiete años, ya era un hombre que sentía hervir la sangre con cada golpe, ya había mudado del miedo infantil, a la violencia adulta.

Mientras permanecía en esa posición, miró al suelo, tratando de hacer tiempo en lo que las lágrimas desaparecían de los ojos, y enfocaban nuevamente –no quería que lo viera llorar-. Desde luego, no era la primera vez que sucedía, sino que cada vez que él –su padre- consideraba que su conducta no era idónea, sin más, se arrancaba a las bofetadas, los coscorrones, los puñetazos “donde caiga” que eso no importa.

Pero esta vez era la última que lo aguantaría. Sí, efectivamente en su cajón había un poco de marihuana. ¿Y eso que? Como si fuera tan grave, como si no fuera común.  Había de dar gracias este blasfemo que no le entraba a cosas más gruesas. Pero el muchacho sabía de sobra que eso solamente había sido pretexto, porque su padre estaba que no se aguantaba desde el día que interrumpió el eterno sermón de moralina trasnochada para decirle: ¡ya sé quien es tu amante!, con quien te revuelcas cada semana y te gasta la quincena que tanto hace falta!

Al principio, su padre no supo qué hacer, como acto reflejo, arremetió a bofeteadas contra el muchacho. –Malagradecido, después de toda una vida de sacrificios para cuidarte, desde niño, para que no te faltara sustento, para que te sintieras orgulloso de tu padre-. El empujón que lo derribó y la patada en las cotillas revelaron la desesperación incontrolable cuando el muchazo replicó. –Padre ni que leches, siempre has tenido coche tú, mientras mamá, mis hermanos y yo andamos en microbús para todos lados, nunca me has besado y mucho menos abrazado; cuando no entendí matemáticas, me atizaste con coscorrones diciendo que era un imbécil, qué seguramente era hijo de otro, desconociéndome, humillándome, insultando a mi madre; cuando quise platicar, estabas muy ocupado en tu oficina; cuando me sentí solo me dijiste que tenías una junta importante, para después averiguar que estabas en el dominó con tus amigos, y luego sabrá Dios donde, porque llegaste arrastrándote de borracho. Ese día fumé el primer toque, para que te enteres, solamente por vengarme de tu egoísmo, tu indiferencia-.

Eso nunca lo soportó su padre, y desde entonces los correctivos necesarios se repetían todas las noches, cada vez con mayor fuerza, con mayor coraje. Y fue hoy precisamente, la mala suerte de encontrarlo de frente en la puerta de la cocina cuando ya iba de salida, con su pequeña mochila a la espalda en la que había guardado un para de calzones, unos vaqueros, una camisa, el crucifijo de su abuela y un libro de Rosa Montero. Y entonces si, con el pretexto de la mota, y la sorpresa de la huída, a las patadas, a las trompadas.-Seguramente ya eres drogadicto, o maricón, por eso te vas, no eres mi hijo, porque mi sangre es impoluta, limpia, honrada, decente-.

Escupió el muchacho la sangre que brotaba de las encías, dio un salto rápido para alcanzar la puerta, y fue desde allí que le gritó. –Decente tu madre, holgazán, si sólo va a la oficina a ver con quien te acuestas, tranzas a tu patrón y lo cuentas con orgullo a tus amigos cuando estas borracho. Quizá tienes razón, no puedo se tu hijo porque yo sí tengo vergüenza, anhelos y sueños que en tú infinita estupidez nunca comprenderías. Que bueno que nunca me escuchaste, cretino, porque me avergonzaría saber que le confié mis mejores pensamientos a alguien que no siquiera respeta a la mujer que me parió. No soy rebelde ni idiota como aseguras, en estos años solamente quise que me notaras, que acusaras recibo de mi existencia, que me dieras lo que otros padres dan, pero tu egoísmo nunca te lo permitió-.

Giró sobre sus talones rápidamente, y se marchó. Esta era la definitiva. Caminó calle abajo, cojeando un poco pero decidido a encontrar su propio destino de una buena vez, lejos de la humillación, lejos del calor de su madre, lejos del sollozo que se podía escuchar desde la ventana de arriba.

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