La virgen de sus devociones

Por Alfonso Villalva P.

Nunca escuchó el claxonzazo del autobús que venía a exceso de velocidad rebasando la peregrinación que avanzaba lentamente por el acotamiento. Simplemente, mientras pedaleaba rítmicamente en su bicicleta roja con ornamentos de flores de papel, sintió una especie de sombra lúgubre en su espalda, una compañía cercana que crecía de manera vertiginosa, un escalofrío inédito que le adormeció de inmediato el cuerpo entero.

Después, todo daba vueltas.  Cerró y abrió los ojos, ninguna idea venía a la cabeza, solamente miraba con fijeza el cielo azul profundo de la mañana fría del doce de diciembre.  Un cielo casi impoluto, a no ser por algunas nubes pequeñas que se paseaban sobre su mirada, como si hubiesen detenido su camino para observarle en su postración, como si hiciesen un desfile circular sobre su cabeza, una suerte de última pompa fúnebre en círculos perfectos.

La escena nítida que contemplaba, comenzó a ser invadida, poco a poco, por caras que aparecían desde los extremos de su visión.  Comenzaron a aparecer caras conocidas, y otras francamente extrañas.  Había de todo, jóvenes, muchachas, viejos, señoras obesas, niños curiosos. Algunas manos anónimas aparecían intermitentemente haciendo grandes aspavientos, interrumpiendo su contacto visual con un cielo apacible que lucía muy ajeno a la preocupación de las caras que le circundaban.  Él no escuchaba nada, pero claramente distinguía las mandíbulas articulando.  Adivinaba que vociferaban furiosamente.

No sentía el cuello.  Parecía que todo su cuerpo había entrado en un trance soporífero, parecía que se había desprendido de él, y solamente funcionaban sus ojos; no olía nada, no escuchaba nada, no podía mover los labios siquiera.  Trató de pensar, pero el cerebro estaba estático. De pronto escuchó un latido, el signo inequívoco del silencio absoluto.  Se concentró, y el latido se convirtió en una sucesión de sonidos arrítmicos que enseguida entendió tenían mucho que ver con las caras demacradas que seguían observándole, que seguían interpuestas entre su mirada y el azul profundo.

Repentinamente, el sonido de los latidos pareció alejarse, y nuevamente, toda su concentración la dedicó al espectáculo que ofrecía ese color brillante al que pocas veces le había puesto tanta atención.  Como si él estuviese ajeno a todo lo que al parecer crispaba las caras de la gente, comenzó a contar las nubes que seguían transitando ante su mirada.  Quizá era estúpido, pero en esos momentos de paz y quietud sin precedente, comenzó a encontrar formas especiales en las nubes.  Un unicornio, si, eso es.  Un unicornio blanco de algodón, fue la primera figura que identificó a la vanguardia del desfile que mantenían las nubes ante su mirada impasible.

Ajeno a los sollozos dramáticos de una señora gorda con delantal que se ceñía a él, no se dio cuenta que la mayor congoja provenía del dantesco espectáculo que ofrecía su pobre humanidad despedazada en el asfalto de la carretera federal, sus vísceras expuestas, y sobre todo, las pequeñas convulsiones que se podían advertir en cada parte de su cuerpo.

Por un instante intentó tragar saliva, pero el sabor le pareció repulsivo, pues paladeó un líquido viscoso con sabor a sal, a sangre, a muerte quizá.  Estaba tan confundido que no supo cuando cerró los ojos, él seguía viendo un unicornio de algodón blanco que junto con su manda cumplida, avanzaba plácidamente por el firmamento, de una mañana de diciembre, que él había dedicado a la Virgen de sus devociones.

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