Un pesebre albergó la luz de los Cielos

Por Maite Valderrama

La Navidad se ha convertido en un barullo, en un espectáculo de la gula y de la vanidad, del que sólo puede escapar aquel que se ocupa de seguir a Cristo y desarrolla los valores internos. Sólo cuando nos hagamos conscientes de que Cristo está vivo en nuestros corazones y que nosotros transformamos los  contenidos de nuestra vida por medio de la aplicación activa de los Mandamientos de Dios y el Sermón de la Montaña de Jesús, cambiarán también nuestras imágenes de Navidad, que son lo mismo que nuestro mundo de programas. Entonces también nos acordaremos del Hijo de Dios, cuyo nacimiento como hombre es el motivo de la fiesta de Navidad.

Cuando escucho hablar del nacimiento de Jesús, dice Gabriele la autora de éstas líneas, mi corazón se alegra en el alma, pues especialmente en el tiempo de la Navidad me doy nuevamente cuenta de lo que supone que el Hijo de Dios dejara tras de sí el Cielo, la gloria, la existencia divina, la paz y a fin de cuentas al Padre eterno y también Su trono, que está a la derecha del Padre, para encarnar en un cuerpo humano, en un bebé.

El aceptó al igual que todos los niños de esta Tierra, el áspero y frío mundo terrenal, para vivir en él. Los ricos de este mundo tienen habitaciones calientes provistas de cosas valiosas. Sus vidas transcurren en una sociedad de bienestar, en la que el uno no piensa ni habla precisamente bien del otro, pero donde la riqueza una y otra vez tapa las muchas desavenencias interpersonales, según la máxima: “si tú no me haces nada, yo tampoco te hago nada a ti”. En esta conciencia viven muchos ricos en la medida en que externamente pueden permitirse todo lo imaginable, “estar bien situado”.

¿Pero cómo le fue al portador de la verdadera riqueza, al bien acomodado de los Cielos, al Hijo del Altísimo, que vino del reino interno, en el cual todos los seres son ricos, porque son herederos del infinito, es decir realmente bien acomodados? Jesús vino a una familia de carpinteros, a María y José. El no vino a una familia terrenal acomodada, si no a hombres que por medio de una vida consciente de Dios agradaban al Eterno, que por medio de Su ángel les anunció la Buena Nueva. María y José eran personas que sentían a Dios, que llevaban en sus almas la misión que cumplieron, que era la de acoger entre ellos como hombre al Hijo del Altísimo. El vino en medio de ellos, rodeado de pastores, ovejas y otros animales que estaban en el lugar del nacimiento, en un pesebre que albergó la luz de los Cielos.

A pesar de que yo en mi vida terrenal he tenido que pasar por más de alguna privación, estoy agradecida y contenta de no ser rica externamente. Posesiones, poder y el prestigio de un millonario me acongojarían ante la faz de Dios, quien permitió que Su Hijo naciera en la vulgaridad de este mundo, que confió a hombres que sólo poseían una pequeña casita y no tenían otra cosa para comer que lo que José ganaba con el trabajo de sus manos.

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