Una efemérides olvidada

Por Jorge Gómez Barata

Pocos recuerdan que 22 años atrás, el 21 de diciembre de 1991, las ultimas repúblicas que integraban la Unión Soviética se separaron de ella; de de ese modo, el país más grande del planeta, la segunda superpotencia mundial dejó de existir. Mijail Gorbachov dimitió y el Congreso de Diputados del Pueblo, proclamó disuelta la Unión Soviética. Sólo Fidel Castro había alertado que aquello podía suceder y aunque el desenlace se atribuye a la concertación de Reagan, Margaret Thatcher y al papa polaco, la verdad es mucho más compleja.

El gigantesco país, una entidad euroasiática extendida sobre 22 millones de kilómetros cuadrados, poblada por 300 millones de almas y gobernada desde el siglo XIV hasta 1917 por zares, cuyo poder se sostenía en los privilegios de la nobleza, la ignorancia y la exclusión de las mayorías y donde la servidumbre estuvo vigente durante seis siglos, acogió el proyecto más audaz jamás concebido por una vanguardia política.

En sus 70 años de existencia la Unión Soviética fue gobernada por seis hombres dotados de un inmenso poder: Stalin ejerció las máximas funciones durante 30 años, Nikita Jruschov 11, Leonid Brezhnev 18, Yuri Andropov menos de dos, Konstantín Chernenko no llegó a uno y el último, Mijail Gorbachov reinó durante 7 años.

La arbitraria, antidemocrática e incruenta desaparición de la Unión Soviética, mansamente acatada por el partido, las instituciones estatales, la clase obrera y el pueblo fue el último capítulo de la crisis que liquidó al socialismo real, un proceso que involucró a una decena de países y significó la aparición de más de 20 nuevos estados, hecho que constituye el reajuste geopolítico más importante desde el descubrimiento de América.

Aunque el fin de la Unión Soviética, que constituye la más grande derrota sufrida por la izquierda mundial y el más importante revés del movimiento revolucionario, puede ser atribuido a un conjunto de factores internos y externos, pudo ser evitado.

Aquel proyecto sucumbió debido a una implosión derivada, además de la presión y el acoso imperialista, defectos congénitos del sistema y errores humanos pero sobre todo a déficits de democracia y libertades que impidieron a las fuerzas políticas y sociales soviéticas identificar a tiempo los errores cometidos por el poder, percatarse de la falta de idoneidad de las instituciones y por carecer de los mecanismos por medio de los cuales el sistema se auto preserva y neutraliza el voluntarismo incompetente.

La falta de democracia liquidó al Partido gobernante, minó las instituciones del Estado, principalmente los soviets, acabó con la combatividad de las organizaciones sociales, especialmente los sindicatos, impidiéndoles a todos reaccionar frente a los errores de sus propios líderes y llevándolos a aceptar resignadamente la increíble decisión de entregar el poder a camarillas mafiosas, disolver al país y repartirse sus riquezas.

El fin de la Unión Soviética pudo ser evitado y sus enseñanzas están a la vista. Allá nos vemos.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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