La mansedumbre de José y María, trajo el Cielo a esta Tierra

Por Maite Valderrama

Desgraciadamente el verdadero sentido de la Navidad muchas veces se pierde entre el ajetreo navideño. Según una encuesta sobre la Navidad, la mayoría de las personas la relacionan con cosas externas como arbolitos adornados, pasar unos días en familia o los regalos. Solo cuatro de cada diez respuestas relacionan la Navidad con el verdadero sentido de esta fiesta: El nacimiento de Jesús.

Por eso habría que recordar brevemente que la historia de Belén sucedió hace más de 2000 años en Galilea, en un pueblo llamado Nazaret, donde una joven mujer llamada María se casa con un hombre llamado José, de la casa de David. Galilea era una comarca no muy grande en cuyo corazón el agua del río Jordán desembocaba en el lago Genesaret. En sus fértiles colinas se daban dátiles, aceitunas y vino en abundancia. En aquel tiempo en Nazaret vivían sobre todo artesanos y labradores y en el paisaje diario no podían faltar ovejas y cabras, burros y camellos.

La cabaña de Nazaret en la que vivían José y sus hijos era pequeña. La primera mujer de José había muerto, por lo que José era viudo y sus hijos huérfanos de madre. José era un hombre de bien, un hombre prudente muy hábil trabajando cualquier tipo de madera y piedra. José cumplía las leyes de Dios, que dicen: “Reza y trabaja”, y él y sus hijos ganaban el sustento para la familia trabajando como carpinteros. El corazón de José era puro y vivía de forma piadosa. En su corazón percibió la tarea de tomar a María como mujer y de vivir con ella tal y como era costumbre entre los judíos.

María aún era muy joven. Desde su infancia era tranquila e introvertida, estando en constante comunicación con el Espíritu interno del amor, pues se trataba de un alma profunda y lúcida. Vivía en la consciencia de que su acompañante espiritual, su ángel protector, siempre estaba con ella. Un día percibió María en su corazón un mensaje de él, a quien hoy las personas conocemos como el ángel Gabriel y que decía: “No temas María, tú has hallado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz a un hijo, que será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Y Dios, el Señor, Le dará el trono de Su padre David, y reinará. Por eso no comerás carne ni beberás licores, pues el Hijo será consagrado a Dios desde el seno de Su madre. Y María contestó en su corazón: “he aquí la sierva del Señor, hágase en mí según Tu palabra”.

Aquel mismo día José también escuchó en sueños al ángel Gabriel con el siguiente mensaje: “Sé saludado José, tú has sido escogido pues la paternidad de Dios está contigo. Bendito eres entre los varones y bendito es el fruto de tu semilla”. Después de este mensaje del ángel Gabriel, José comprendió que él había de ser el padre terrenal de Jesús. Su unión al Creador y a la Creación así como el engendramiento sería puro, porque él sabía sobre las leyes naturales que Dios le había mostrado en su alma. José sabía de la encarnación del alma del Hijo de Dios en Jesús, de esta forma como hombre aceptó la responsabilidad por Jesús y por María, y prometió a Dios dar a Su hijo encarnado en Jesús todo lo que un padre terrenal puede dar.

Con comentarios despectivos, las gentes vecinas a María y a José los humillaban e insultaban, y más tarde también al niño Jesús, excluyéndolos de todo. Los fariseos y escribas decían: “Dios no va a poner Su ser en el seno de los más pobres, sino que elegirá para Su hijo una casa real o un templo”. Pero tanto José como María eran mansos y humildes, por eso el Cielo pudo ir a ellos en vestido terrenal y en un cuerpo humano nacería el hijo de Dios en el Niño Jesús.

Basado en la publicación. “Esta es Mi Palabra. Alfa y Omega”

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