¿Franqueza o demagogia social en el Papa Francisco?

Por Carlos Angulo Rivas

El Papa Francisco ha sido declarado hombre del año por dos importantes medios de comunicación, la revista norteamericana TIME y el diario francés Le Monde. Desde su elección como jefe de la Iglesia Católica, asumiendo el nombre del santo de los pobres, el primer pontífice jesuita de nacionalidad Argentina estuvo en la noticia por asuntos propios de la corrupción en la Iglesia Católica, los escándalos éticos y financieros; y en especial en el Vaticano donde se destituyó al cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, número dos en la jerarquía eclesiástica.

También hizo noticia por las severas críticas a los abusos sexuales practicados por sacerdotes, por el papel de servidumbre de la mujer dentro de la Iglesia y la posible ordenación sacerdotal de mujeres; y por supuesto por los asuntos relativos a los matrimonios entre homosexuales, el uso de preservativos, el aborto; y la extrema pobreza en el mundo criticando el neoliberalismo y el capitalismo voraz. De esta suerte, algunas declaraciones en el corto período de su mandato han creado controversias dentro y fuera de la Iglesia, siendo los sectores conservadores y de ultraderecha los más preocupados señalando a Francisco de anti-mercado, populista, socialista y hasta comunista.

La verdad, mi inclinación es racionalista, si se quiere volteriana y va más con los pensamientos de Descartes, por consiguiente no acepto la defensa de la fe sacrificando la razón y tampoco creo que dentro del discurso humano esté la palabra de Dios. En esta dirección cuando comento a Francisco, el Papa, lo hago en virtud de prestar atención al líder mundial de la enorme masa católica, como también lo hago, con el mismo rigor, respecto a los líderes políticos más importantes y poderosos. La cuestión de fondo ahora es que don Francisco ha publicado una extensa exhortación apostólica “Evangelii Gadium” o “Alegría del Evangelio” de 142 páginas, dirigida a los Obispos, a los sacerdotes, a los diáconos y a los fieles laicos. Este anuncio papal de diciembre, en el mundo actual, es tan amplio y tan etéreo que pueden entrar cientos de interpretaciones.

La retórica papal hace referencia a Dios en todos los lugares como si en la decisión de este ser abstracto estuviesen las soluciones específicas a un mundo desigual y despiadado, producto del desarrollo voraz capitalista, la globalización y el neoliberalismo regido por la especulación en los mercados, la explotación de las fuerzas laborales, la desocupación masiva y la pobreza terminal. Con una argumentación evangélica considerada por don Francisco, seguro como divina, hace referencia a distintos documentos históricos de la Iglesia, colocando en el mismo saco a los Papas progresistas con los reaccionarios y conservadores, así en sus abundantes citas nos mezcla a Juan XXIII y Paulo VI con Juan Pablo II y Benedicto XVI, por mencionar sólo a los últimos ocupantes del trono de San Pedro.

De esta manera discursiva Francisco, luego de una literatura barroca elaborada, concluye: “No a una economía de la exclusión; y fundamenta: Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia la muere de frío de un anciano en calle, y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa de valores. Eso es exclusión. No puede tolerarse más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

Y en otra parte continúa Francisco: “Algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de

mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder

entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. No a la nueva idolatría del dinero, sigue señalando el Papa. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado

nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la

economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.”

Como se observa, estas parrafeadas, entre otras varias, del análisis del Papa Francisco son enteramente correctas, presentan una visión realista de la conducción de la política económica global hacia la catástrofe final; y bien podrían ser suscritas por cualquiera de los líderes progresistas y de izquierda en el mundo; sin embargo, la frondosa envoltura evangélica de la “divinidad” quita valor categórico al documento. Recurrir al catecismo, a la misión pastoral de la Iglesia, a la catequización colonialista, en el caso del capitalismo violento e insaciable, significa proponer la paz de los cementerios. Reconozcamos, no obstante, la importancia de hacer estos anuncios con franqueza como líder principal de los cientos de millones de católicos.

Carlos Angulo Rivas es poeta y escritor peruano.

You must be logged in to post a comment Login