Una mano dentro del área

Por Alfonso Villalva P.

Era difícil decidir cual de las dos expresiones faciales resultaba mas desgarradora, mas impactante. Había muchos participantes, pero la escena entre esos dos era tan dramática que atraían toda la atención. Era una tarde fría en San Luis Potosí. Era fría, estaba claro, porque en todo el territorio nacional nos estábamos congelando, literalmente, por la entrada del frente frio número veintitantos, que traía una masa de aire polar que le obligaba a uno a repensar si salir a la calle o reportarse enfermo con la vida –al fin que las incapacidades las regala fácilmente el Seguro Social- y quedarse envuelto en un solido zarape de Saltillo, impávido frente al televisor.

Frío, gris, así se apreciaba el ambiente en la tribuna del Alfonso Lastras Ramírez –nombrado así en homenaje al ex Rector de la Universidad Autónoma-. Era un juego de fútbol de esos que estaban condenados a pasar desapercibidos en la memoria de aficionados, jugadores y técnicos de los clubes en disputa. Un juego sin rivalidad legendaria, ni por razones futbolísticas, ni culturales o sociales relacionadas con el lugar de origen de los equipos sobre la cancha. Vaya, no era un Chivas-América, ni un Santos-Monterrey.

De pronto, según la crónica que se difundió en la prensa un poco más tarde, algún insulto fuera de lugar –es decir, sin estar dirigido al arbitro-, alguna decisión polémica del nazareno del partido, quizá una entrada fuerte y artera de algún defensa central sobrado de gimnasio y fuera de ritmo, un chiflido mas obsceno de lo regular hacia la figura curvilínea de la novia de fulano de tal, y todo el panorama cambió. La batalla campal, el todos-contra-todos, lamentablemente volvió memorable el encuentro.

No se bien que rostro era mas aterrador. No se si los ojos desorbitados y la furia que proyectaba el individuo que ya con la camiseta rasgada golpeaba iracundo por detrás al miembro de la seguridad pública del estadio, quien cerraba los ojos y sollozaba ostensiblemente. No sé qué era peor…

Y alguien me dirá que cualquier administrador profesional de pasiones lo entendería, y pues lo pudo haber anticipado; y que es apenas normal que haya trompadas en las gradas, y que se da en muchos casos, y que los hooligans, y las barras argentinas que hacen del futbol una religión aparte, y tal.

Pero también se antoja interesante observar con mayor detenimiento, para comprender, vaya, y no quedarnos con la superficial historia que nos vende el sensacionalismo televisado. Observar un poco más detenidamente y asimilar que quizá, una tribuna futbolera, es una muestra representativa de la vida ordinaria de la masa que integramos usted y yo que nos subyugamos cotidianamente a la apariencia, al que dirán, a la potestad del jefe, al miedo a la extorsión del policía, o la violencia hacia el policía, al reproche de amigos, novios, esposos, concubinarios cuya censura social nos inhibe de soltarnos por el puritito miedo a que suceda eso que nos amenaza, o eso que ya paso en la humanidad de un hermano, un hijo o un compadre.

Eso que puede dejar de ser un desasosiego por el pago de un boleto que nos hacer pertenecer a una colectividad efímera y amorfa que cobija con el anonimato y prohíja la posibilidad de soltar el cuerpo y dar rienda suelta a nuestras reacciones mas primitivas bien hidratadas por el alcohol y por el impulso de nuestro atrevimiento. Esa que elimina poco a poco el miedo. Esa que nos recuerda que si algo es parejo en este país, es la posibilidad de tener nuestros quince minutos de impunidad.

Sí, la porra y la pasión. Pero lo que sale de nuestra boca esta condicionado por lo que es nuestra vida -la real-, la del miedo al asalto, al secuestro o levantón, la de la sicosis de quedar atrapado en medio de una balacera, la de aguantar la coerción de autoridades abusivas, la extorsiones de los grupos que hasta ridículamente se ponen nombres como de clubes y los que desde un teléfono móvil no rastreable se hacen pasar por ellos. Y la imposibilidad de hacer que el salario alcance, y los nuevos impuestos. Esa que nos aniquila lentamente, que borra nuestra dignidad, que nos aísla, que nos llena de furia que se acumula exactamente en la cara posterior del diafragma y explota en el momento que aflojamos un poquito las corvas, en el que sentimos que contamos con un escudo humano que garantiza nuestra impunidad

Esa tribuna violenta que mas allá del juego de fútbol y del veto al estadio, de la anécdota mediática, nos describe y nos acredita, más allá de cualquier duda razonable, que los fundamentos del pacto social están hechos un polvorín, que nos olvidamos hace tiempo de que el objeto central de vivir en comunidad es el ser humano, su calidad de vida, el desarrollo de su potencial, su felicidad. Nos acreditan esos rostros desquiciados y esa violencia que se generaliza en estadios, arenas y centros de atracción masiva, que la fibra social aúlla por ser restañada, que solamente basta un chispazo para desencadenar una ira de proporciones descomunales que nos impulsa a violentar la mas esencial de nuestras fortunas, o sea, la solidaridad humana, la cualidad de relacionarnos, hasta el sentido de pertenencia representado en nuestro gentilicio, nuestras creencias, nuestra afición por un equipo.

Nuestra unión que, quizá antes, sin consecuencias personales, se representaba primitiva y folclóricamente cuando al unísono, el estadio completo –niños y abuelitas incluidos- se limitaba a mentarle la madre al árbitro, solamente por no marcar una mano dentro del área.

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