Jugarse el pellejo

Por Alfonso Villalva P.

Mi apariencia, si usted pudiera conocerme en persona, seguramente no le sorprendería. No es algo impactante para el ojo urbano habituado a los cuadros prescindibles, a las figuras citadinas olvidables, quizá deleznables merced a los ritmos que marcan la modernidad, la globalización y los conceptos políticamente correctos que tan de moda están ahora, que tan patentes son en las sobremesas de los restaurantes, en los discursos de los candidatos, en los informativos de la radio y de la televisión en horario estelar, aún en las entrevistas frívolas de las tiples de moda o en las portadas exuberantes de las revistas del corazón.

Mi fisonomía es un tema común, corriente, precisamente dentro del paradigma cuajado a lo largo de los años post revolucionarios, los años del desarrollo estabilizador, los años de nuestras matanzas en Tlatelolco, nuestro ingreso al GATT, el TLC, al neoliberalismo. No es más que eso.

Mis bigotes son escasos. Ahora corregí, y los afeito cada tercer día, nomás para que no me digan que se me quedó chocolate embarrado en el hocico. Tengo una barriga respetable que cultivo, más que con cervezas y alcohol, con tacos de suadero y tripa, campechanos con longaniza de dudosa procedencia, tortillas bien empapadas en manteca, y refrescos de sabor distinto a la cola, por aquello, ya sabe, del odio al imperialismo yanqui.

Mi esposa diría que, más bien, soy estándar. Sí. Y estándar que soy, trabajo en estas jornadas inhumanas de veinticuatro por veinticuatro, con mi uniforme bien limpio y oloroso a perfumes de jabón en polvo, con mi kepí bien calado hasta las orejas, mi ronda extra para mi treinta y ocho especial –pagada con mi sueldo, desde luego-, mis escasas tres condecoraciones que pulo y bruño de manera casi religiosa, y mi chaleco antibalas relleno de keblar, sin garantía ni fecha de caducidad.

Y lo hago yo, por amor al arte. Porque hace muchos años que, de haberle puesto un precio a mi dignidad, a mi zalea, hubiese hecho cualquier otra cosa distinta a jugarme la vida a diario en nombre de los demás, de la justicia y la ley, a cambio de una vez y media el salario mínimo general de mi región. Porque quizá, basado en alguna de esas sinrazones suicidas que se presentan dentro de la materia gris de algunos individuos como yo, tengo esa vocación por entregarme a las causas imposibles, por enojarme ante el abuso generalizado y entrarle a madrazo limpio a la vida.

Por eso es que a uno le sigue doliendo. Como desde el principio, pero cada vez más. Ese abandono que siente uno del comandante supremo, del coordinador del operativo, del funcionario encorbatado que despacha en un escritorio en la penumbra…, esa facilidad, vaya, para culparnos y usarnos primero como carne de cañón, sin táctica, sin objetivos, sin equipamiento. Enviarnos al frente con el único consuelo de apretar bien las piernas para proteger a la posible descendencia, y mucha adrenalina que nos endurezca la cara, al grito de a tolete limpio, a cuartear cráneos de gente que es igual que uno. Así, sin nada contra ellos, por el puritito respeto a la placa, la corporación y el juramento de rigor.

Todo eso para ser utilizados, al final, como cuota política que asegura votos, o culpables, mientras contemplamos que a los delincuentes que nos golpearon con saña y descaro, que nos emboscaron, que nos dispararon por la espalda, les dictan autos de libertad que disfrutan leyendo los titulares de la prensa que da cuenta de esos malsanos policías y militares que abusaron del poder, que fueron brutales, criminales, una mañana en la que los ciudadanos respetables de cualquier ciudad o pueblo, manifestaban pacíficamente sus ideas progresistas y exigían su legítimo derecho en la plaza principal de su comunidad. Pues eso, y después, que pidan otra vez jugarse el pellejo algún en operativo oficial.

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