Visitar al doctor y también al médico interno

Por Maite Valderrama

Cada día deberíamos hacernos conscientes de que nuestros pensamientos y nuestros diferentes estados de ánimo, con el tiempo actúan en nuestro organismo y producen en éste lo que con anterioridad depositamos en nuestros pensamientos. Esa forma de pensar afectó también a nuestro estado de ánimo y a nuestros sentimientos. Un descontrolado acceso de ira puede por ejemplo desequilibrar totalmente nuestros fluidos corporales, acidificarlos y convertirlos en tóxicos, de forma que terminarán actuando de forma correspondiente en nuestro cuerpo.

Lo que nos afecta puede tener eventualmente un factor desencadenante en lo externo, pero el causante no es otro que nosotros mismos. Lo que hemos grabado en nuestras células, sistemas celulares, órganos, en todas las reacciones y funciones corporales y en nuestra alma, ha sido una acción precedida previamente en nuestras sensaciones, sentimientos y pensamientos, y que inevitablemente ha producido una reacción correspondiente. Si en pensamientos disparamos a una persona, sentiremos en nuestro propio cuerpo el disparo, a no ser que antes reconozcamos nuestra propia carga y la disolvamos por medio de la purificación. Se podría decir que no importa lo que nos toque o afecte, premeditada y conscientemente nosotros mismos ya nos hemos afectado. De nosotros mismos surge  por lo tanto la enfermedad, de nosotros mismos surge la salud.

Si estamos dispuestos a abrir nuestro corazón para la fuerza de nuestro verdadero SER, para la fuerza del sanar y del volverse sano, deberíamos atenernos a las frases de enseñanza de Jesús de Nazaret que muestran el paso a la verdadera vida y que finalmente se encuentran todas ancladas en el Mandamiento principal de Dios: Ama al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo. Pues cuanto más nos unamos con la gran y poderosa Ley de la vida y nos sintamos en consonancia con ella, tanto menos problemas nos dará nuestro cuerpo. Cada uno de nosotros determina por si mismo en qué medida se abre para la sanación completa de la totalidad.

Deberíamos adquirir la costumbre de  preguntarnos diariamente qué hay detrás de nuestras sensaciones, pensamientos, palabras y actos, también detrás de lo que queremos y deseamos, detrás de nuestras pasiones e impulsos instintivos. Pues para conseguir la luz de la sanación en el alma y mantener el cuerpo sano, se nos ha recomendado no cometer más las actitudes erróneas que hemos reconocido, los pecados. Ya Jesús de Nazaret mostró con toda claridad que relación guardaba el pecado con la enfermedad cuando dijo: Tus pecados te son perdonados, ve y a partir de ahora no peques más”.

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