No es un epitafio

Por Alfonso Villalva P.

De verdad te compadezco, si vieras. Y aunque quizá esa acción–la de compadecer- es en sí misma una forma derrotista de contemplarte, con absoluta franqueza te confieso que tu desolada figura no provoca nada más que eso. Ni siquiera me atrevo a citar a Ortega y Gasset con su frase más trillada y desgastada, para no ser chocante, ni alcahuete de la fanfarronería, verás, pero en tus circunstancias, qué más podrías ser, a que más podrías aspirar.

Esa frondosa y voluptuosa figura de antes ha sido aniquilada por los vicios y las adicciones que muy ajenas a tu voluntad, fueron destrozándote por dentro; fueron erosionando el espíritu con que cuentas; fueron acuñando en tu interior una especie de anemia macabra que parece tenerte ahora, en fase terminal.

Y no te equivoques porque lo que menos desearía es hacer un epitafio que ponga término a todas las pasiones desbordantes que me has hecho sentir. A todos esos años en los que, con tu imagen, con tu presencia y tu tersa textura cercana a mi piel, me permitiste ser dueño de un sueño de realización, de libertad.

No, no deseo confeccionar un epitafio. Por el contrario, quizá esto es una simple aproximación cautelosa para reafirmar una vaga esperanza de salvación. Un milagro como esos que ofrecen a buen precio algunos que, con sotana bien calzada, utilizaron tus formas más de una vez para robarle audiencia a un chamán abusando de las debilidades propias de la humanidad, y obtuvieron diezmo libre de impuestos ante la feroz amenaza de la ira de dios.

Un milagro, eso es. Un acto heroico de la historia civil que, en primer término, te haga olvidar tus miserias y tu desolación. Te haga olvidar que en los años que han pasado, una caterva de cretinos disfrazados de buenos samaritanos, te prostituyeron hasta la saciedad, te deshonraron y te utilizaron como moneda de cambio para enriquecerse y llenar sus ambiciones y, sobre todo, sus arcas de dineros mal habidos provenientes de la pobre producción nacional, del pan que el campesino hubo de sacrificar en aras de un sistema político estable, garante de un cacicazgo sin igual.

Y esto cabrea, de verdad, porque puedes estar segura que nunca, antes de ti, nunca, nadie como tú, logró seducirme de forma tan profunda, permanente y apasionada. Nunca hubo nadie que lograse provocar las pasiones desenfrenadas e inexplicables que tú, y solamente tú, fuiste capaz de desplegar en tipos comunes como yo que nacieron creyendo en esas idioteces llamadas justicia, equidad, dignidad propia y progreso.

Entiendo perfectamente las condiciones en las que enfrentas cada día en que amanece. Tantos años, inmemoriales quizá, en los que te han rodeado chulos pintorescos, lenones arteros y sin escrúpulos con chapa oficial y derecho a cobrar del presupuesto. Y para mí que no te enteras, aún. Para mí, que tantos años adulada con el vacío de discursos barrocos sin mayor contenido que un acto masivo en beneficio del espectáculo que claman las masas; tantos años de jilgueros revolucionarios, contra revolucionarios y post revolucionarios que te han utilizado como manta en la cama en la que han ejercido los más retorcidos actos de promiscuidad con nuestras tradiciones, nuestros escasos héroes reconocidos, nuestro patrimonio y, sobre todo, nuestro futuro. Tantos años en que has sido banalmente adulada, y en realidad anulada, denostada.

Tantos años de estar solamente rodeada por la normalidad cotidiana, por las acciones estándar, por las bromas y los chistes sosos y aberrantes, por la mediatización del horario estelar, tantos años que, me parece, han terminado por generar una especie de catarata en ese par de luceros oscuros que reflejan tu alma. Y no me luce que te enteres.

No me parece, al verte así, conforme y resignada, que estés dispuesta a recobrar la fuerza de antes, a recuperar los fondos que representa tu imagen y tus colores, para proyectarte una vez más como insignia de una masa amorfa que se debate entre la frivolidad consumista, el inexplicable concepto de modernidad y la democracia pignorada a favor de ese grupo de siempre que, desde sus multicolores y diversas trincheras, desde una sola ideología basada en la intención de arrebatar el poder, se reparten descaradamente el miserable porvenir que ellos mismos y sus abyectos progenitores se han empeñado en forjar.

No me parece que la recobres ni hoy ni nunca sin la mano campesina decidida a producir, sin el cuello obrero obstinado en mejorar, sin el vientre materno orientado a educar, sin un par en su sitio de todos los que has parido en esta latitud que miren a tus ojos morenos y puedan contemplar en ti, el alma de esta patria cuya grandeza se puede percibir ante la feroz acción de tu águila devorando a la serpiente; ante tu imagen recortada en el horizonte, hondeando con gallardía, ferocidad y consuelo maternal.

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