Saldando Cuentas

Por Alfonso Villalva P.

Si me besas, te estaré agradecida toda la vida. Si tan sólo me haces sentir que lo sabes, que lo sientes, que aunque sea de vez en vez, te acuerdas. Si tan sólo me acaricias la mejilla, o me tiendes la mano y me dejas sentir tu calor. Es una vulgar mentira eso que dicen, que siempre, indefectiblemente, se da para recibir. Quien lo diga no sabe de madres, no sabe de parir, no sabe de entregar; no sabe de preclamsia, de placenta previa, de sala de urgencias de maternidad, de hemorragias internas.

Sabes, hace algunos años me tocó a mí tomar el reto, tome mi turno en la plancha de parir, decidí hacerlo así, sin anestesias, sin falsos dramas, sin tonterías. Decidí sentir en mis entrañas la furia de la naturaleza, la fuerza del dolor del nacimiento de un volcán, de la llegada de un aerolito, de un milagro inexplicable. Decidí tomar, por alivio al dolor, tu llanto nuevo, tus ojos inéditos, tu cabello como pelusa, tu sorpresa ante la salida tan abrupta de la cueva de los sueños hacia el mundo del dinero, del consumo, de la violencia, de la lucha cotidiana, pero también del amor, de la amistad y de las satisfacciones personales.

Mucho me dijeron de mi decisión, mucho me condenaron los que poco saben –o poco recuerdan- de la felicidad maternal. Sobre todo porque decidí seguir adelante, decidí mantenerme gestando la segunda parte de mi existencia, la continuación de mi organismo, a pesar de que jamás volví a ver a tu padre desde que él supo que iba a serlo, a pesar de que mis amigas me presionaron hasta la saciedad para matarte en un aborto artero y premeditado, a pesar de las bofetadas que me dió Nacho, tu abuelo, quien me repitió hasta que se cansó que había deshonrado a su familia.

Pero nada de eso me importó, sabes, porque todo eso fue muy poco e incomparable con la felicidad de saber que existías dentro de mí. Porque algo extraño sucedió en mí, aún antes de saber que estaba embarazada, ya tenía esa inexplicable sonrisa que no puede desaparecer de la cara de una mujer plena, de una madre que inicia el proceso que desemboca en ese estupor mágico dentro de una sala de quirófano de la maternidad. Sentía que flotaba, que volaba, y cada revés de la sociedad –al menos lo que para mí era la sociedad- representaba una razón más para amarte.

Después ya ves, el destino y la carrera profesional “de hombres” que decidí estudiar -a pesar de los reproches de mi madre y de los tíos machistas que me aseguraban vergüenzas y fracasos-, resultó una mina de oro que nos dio techo, comida, un buen coche y viajes dos veces por año. Ahora tú eres el profesionista, eres el aventurero, eres quien hace tiempo decidió volar con sus propias alas.

Yo… ¿qué te puedo decir? Nada, porque yo sé lo que se siente vibrar con la independencia de pensamiento, lo que es tomar el riesgo de la vida, de las decisiones personales. Sé lo que significa haber salido de la bolsa de protección a los veintipocos y construir con las manos propias el puente del destino. Sé –porque no se me olvida-, de noches estrelladas acompañadas de guitarra, pelo largo, poesía romántica y sueños gratuitos. Sé de pasiones, sé de ternura.

Por eso te digo ahora, en medio de tus ocupaciones múltiples, de tu trabajo incesante, de tu pasión por la música y las mujeres, en medio de tus noches bohemias y de otras tantas de música moderna y bailes alocados, que, si me besas, tenderé una escalera al cielo y esperaré mi turno, satisfecha de haber decidido tenerte, orgullosa de ser tu madre, y de entregarte mi corazón. Si hoy me besas, habrás pagado mis desvelos, saldando la cuenta de amor que alguna vez se inició una tarde de ilusión, en la que muy joven, me entregué a la vida.

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