En su voz recia

Por Alfonso Villalva P.

Al doctor: siempre estás, siempre estaré…

Perdone que le importune hoy, así, a bocajarro, mi querido General. Entiendo que si damos por ciertas las teorías y profesiones que aseguran que después de pasar por esta vida tan carnal, tan terrícola, existe otro mundo en el que habremos de retozar en el jardín del edén o algún paraíso similar, esta misiva le tome por sorpresa y le genere incomodidad, acaso irritación, más por el hecho mismo de recibirla, que por sus contenidos y los extremos de exaltación que las palabras a veces pueden tener.

Vera Usted, mi General, hace ya tanto que nos dejó en estas tierras de champurrado, torta de tamal, pellizcadas de frijol fritas en manteca de cerdo y tlayudas de tasajo, que quizá no se entere de lo que ha avanzado este fenómeno seductor que llamamos, desde Miguel de la Madrid, modernidad. Y no es un hecho menor –que Usted no se entere, mi General- pues quizá las versiones que Usted recibe en el mas allá, están totalmente distorsionadas y desprovistas de razón contextual.

El supra escrito, así como muchos, quizá miles de mexicanos, queremos, deseamos, necesitamos verdaderamente creer, que sus actos de gobierno intempestivos y populistas radicaban exclusivamente en la convicción subyacente de buscar lo que en su momento histórico –el suyo, no el nuestro, mi General- representaba lo mejor para la Nación.

Sí. Necesitamos creer que los sectores de su uniforme y las cinco estrellas de su quepí estuvieron labradas con la sangre de los auténticos héroes mexicanos –los de la tropa- que se batieron a bayoneta calada en búsqueda de la libertad, de la terminación de los cacicazgos, del aniquilamiento de los opresores, los monopolios que campeaban en connivencia con el gobierno, en fin, los cretinos que abusaban en mayor o menor medida, de una manera u otra, de los que siempre han sido los más desfavorecidos, los desheredados, los pobres, la proverbial carne de cañón…

Y necesitamos creerlo, ahora que de manera ofensivamente manipulada hay quienes utilizan su nombre, sí, el de Usted, mi General, -incluso hasta su voz por medios electrónicos- para obtener beneficios electorales, asignaciones presupuestales a partidos de izquierda que en realidad no son más que cachorros del que alguna vez fue su partido y ellos repudiaron, con berrinche y escándalo, por el puritito y desmedido interés ambicioso del poder. Esos que desean engañar a los de siempre haciéndoles pensar que el caos vial y las marchas orquestadas son instrumento de reforma constitucional.

No lo dude mi General, lo usan a Usted, a su memoria y al cariño del pueblo que alguna vez le bautizó como Tata Cárdenas por el paternalismo que, un poco populista y un poco impulsado por las circunstancias, fue el emblema de su paso por el poder; por la primera magistratura de un país que era un caos, apenas en ciernes.

Sí, el Tata Cárdenas, el que declaraba que trabajaba, con un par en su sitio, precisamente por los pobres. Que ironía mi General, Usted gobernó un país de 19 millones de mexicanos y lo que sucedió con sus decisiones, las de aquellos que lo sucedieron, los que abusaron descaradamente y la indolencia de todos nosotros, produjo 54 millones de pobres, solamente tres veces el número de la población total del México al que usted juró defender de la ignominia y llevar al progreso.

Y sí, manipulan su voz y su discurso, como si el México del siglo XXI se pareciera en algo al desmadre post revolucionario que Usted, mi General, y sus compañeros de lucha y sus adversarios, y los intereses extranjeros, generaron con tanto balazo de 30/30, tanto cañonazo, tantas cuchilladas por el frente y la retaguardia, tanto arrebato de poder.

Y efectivamente no es el mismo País, mi General, y su discurso, junto con la cooperación ciudadana que ayudó a pagar la indemnización de la industria petrolera con guajolotes, máquinas de coser Singer y lámparas de aceite, ahora lo han convertido, -quienes lucran con su memoria y los restos mortales que dejó en algún rincón de ese panteón civil erigido como monumento a una revolución que sigue pendiente de serlo-, en carga de manipulación a quienes menos acceso a educación, oportunidades y bienestar tienen, con la falsa creencia de que el petróleo es nuestro, ¡sí, mi General! de los mexicanos, individualmente, como si cada quien pudiese irse a formar una vez al ano a reclamar su dividendo para poder pagar una cirugía a un hijo, un libro a una hija, un jacal de piedra a un cónyuge.

Nadie dijo, ¡por Belcebú! mi General, que se pierda la rectoría del Estado en material energética. Ni tampoco que nos conformemos si los de siempre, que son los de ahora, generan beneficios ilegítimos de la potenciación de nuestra industria petrolera. Nadie.

Nadie lo desea, mi General, quizá en el fondo solamente deseamos que ese dividendo inexistente se convierta en inversión productiva, atreviéndonos a hacer algo distinto a lo que por ochenta años solo ha generado fracaso y corrupción –sí mi General, fracaso también-, y que ayude a generar las oportunidades que alguna vez le prometió Usted, mi General, a esos mexicanos que le dieron su guajolote creyendo ciegamente en su divisa militar, en su voz recia, ignorando que el único destino probable era reproducir la pobreza exponencialmente en nombre de la soberanía nacional.

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