El hombre que hace hablar a los muertos de El Salvador

Foto: BBC.

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Por Will Grant

Después de varias llamadas telefónicas hechas casi en secreto, Israel Ticas, también conocido como “El Ingeniero”, finalmente acepta encontrarse conmigo en la ladera de una montaña.

Quiero entrevistarlo y visitar el sitio de su más reciente excavación, pero la idea no parece gustarle a sus superiores.

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“Hace poco me regañaron por hablar con los medios”, me dice en voz baja, su voz apenas un susurro ronco al otro lado de la línea telefónica.

“Podemos hablar, pero solo a título personal”, me explica.

Y un par de noches más tarde parto a su encuentro por la serpenteante carretera de montaña que lleva a Juayua, un pequeño pueblo en las afueras de San Salvador.

La tupida vegetación y la altitud hacen de la zona un lugar ideal para las plantaciones de café.

Pero también es un lugar perfecto para ocultar cadáveres.

Y, aunque a él no le guste el título, Israel Ticas es el único criminalista de El Salvador, el único investigador y arqueólogo forense con el que cuenta la fiscalía del país.

Israel Ticas, el único criminalista de El Salvador. Foto: BBC.

Israel Ticas, el único criminalista de El Salvador. Foto: BBC.

Nervioso y de baja estatura, con un rostro sin duda marcado y tostado por las muchas horas de trabajo a la intemperie, cuando lo encuentro está temblando por culpa del frío aire de la montaña.

Así que, para calentarnos, nos dirigimos a un restaurante cercano donde poder conversar.

Él todavía tiene puesto su casco de arqueólogo, pero no ha estado buscando huesos de dinosaurio o restos de alfarería maya: viene de una fosa común.

La ciencia de la muerte

En El Salvador, a Ticas también lo conocen como “El Ingeniero”, un recordatorio de que antes de dedicarse a resolver asesinatos estudió ingeniería en computación.

He identificado 25 metodologías diferentes de asesinato. Todas las mentes criminales son diferentes. Y ellos también innovan”

Israel Ticas

“La arqueología forense era completamente desconocida aquí en El Salvador”, me cuenta mientras sostiene una taza de chocolate caliente.

Así que la mayoría de sus conocimientos sobre el tema los adquirió en el extranjero, especialmente durante visitas a África para trabajar en excavaciones vinculadas a investigaciones sobre asesinatos masivos y genocidio.

Fue ahí que se familiarizó con las técnicas de identificación de víctimas y exámenes de ADN que luego trajo a El Salvador, hasta hace poco el país con la más elevada tasa de asesinatos a nivel mundial.

“Lo que hice fue combinar esos métodos”, me explica. “Adaptarlos y aplicarlos a la forma de operar de las maras de aquí”.

Y, sin duda, la sangrienta lucha contra las drogas en El Salvador lo ha mantenido más que ocupado.

“He identificado 25 metodologías diferentes de asesinato”, me dice con el tono sobrio y profesional de un científico.

“Todas las mentes criminales son diferentes. Y ellos también innovan”, explica.

“Por ejemplo, los descuartizamientos, si hay una persona que desmiembra los cadáveres en siete pedazos luego llega otro y dice ‘yo lo voy a hacer en 20′”, ilustra.

Foto: BBC.

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Y a lo largo de nuestra conversación revela muchos otros detalles espeluznantes, la mayoría demasiado horribles de repetir.

Le pregunto cómo lo hace sentir la extrema violencia de El Salvador, que a él le toca ver tan de cerca. “Pero como ciudadano, no como científico”, aclaro.

“Me pone triste”, contesta, su primera referencia a algún tipo de emoción.

“No creo que nadie tenga el derecho de quitarle la vida a otra persona, especialmente si es un salvadoreño quitándole la vida a otro salvadoreño”, agrega.

Pero rápidamente se refugia de nuevo en la seguridad relativa de la ciencia.

“He trabajado en más de 2.000 escenas del crimen. Y gracias al poquito de inteligencia que Dios me dio he podido recuperar cadáveres de lugares donde nadie más los habría podido recuperar”, dice.

“He recuperado gente enterrada a más de 60 metros de profundidad, todos los 260 huesos del cuerpo, toda esa evidencia. Eso me da satisfacción profesional”, cuenta.

Conviviendo con el horror

Recientemente, Ticas también fue el protagonista de un documental en el que las cámaras lo seguían mientras exhumaba restos en canteras y minas, tumbas superficiales y profundos pozos a lo largo de todo el país.

A menudo son las madres de las víctimas las que llegan a buscarlo para pedirle personalmente que las ayude a encontrar a sus seres queridos desaparecidos, lo que le agrega más presión a un hombre que de por sí vive bajo considerable tensión.

Y, a veces, esa tensión se hace notar.

Más de una vez me menciona lo difícil que es trabajar con los cuerpos de niños pequeños, el sostener en las manos el cráneo de un niño de seis años y tener que tratarlo nada más como evidencia, como “material”.

Foto: BBC.

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“De vez en cuando doy charlas en facultades de psicología y les digo: ‘Ustedes deberían estudiarme a mí. ¿Cuál es mi problema? ¿Cómo puedo pasar dos día limpiando la cara de un bebé muerto con una brocha y no sentir nada?'”.

La pregunta, retórica, se queda flotando por un rato en el aire de la montaña.

“Pero a veces me paro de pronto, miro al cielo y pregunto “Dios, ¿cómo pudiste dejar que esto pasara?'”, confiesa.

Su mórbida fascinación puede ser la consecuencia natural de un trabajo que sin ninguna duda le ha permitido procesar mejor su duelo a centenares de familias en El Salvador.

Y Ticas, un hombre tremendamente reservado, insiste en que no padece de estrés post-traumático por causa de su profesión.

Sin embargo también me dice algo que revela un pedacito de lo que debe ser estar en los zapatos de “El Ingeniero” de El Salvador.

“A veces siento como que estuviera viviendo en una película. Pero luego abro los ojos, y es la realidad”.

Contexto

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Fuente: BBC Mundo

 

 

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