Desaparecida

Por Alfonso Villalva P.

Él vuelve a asomar por la ventana. Su hija no llega.  Son las once de la noche de un día regular de la semana en el que ella acostumbra llegar a casa saliendo de clases, digamos a las nueve de la noche. Él llamó por teléfono al noviete ese que hasta hace poco acompañaba a su hija, llamó a las amigas, pero nadie supo dar información de su ubicación, nadie la había visto en todo el día. Su preocupación es mayor pues ella tiene algunos meses de actuar de manera extraña.

Primero, ese permiso inesperado solicitado telefónicamente a las tres de la tarde para irse a pasar un par de días a casa de una amiga en Cuernavaca, porque iban a preparar un examen, un trabajo de la escuela o algo similar. Después, ese golpe en el pómulo derecho que ella juró habérselo dado con el lavabo de su amiga cuando resbaló saliendo de la regadera, y la violencia con la que apartó la mano de su padre cuando éste trató de tocar la herida. El mal humor permanente que él atribuyó cómodamente a las hormonas, al ciclo femenino que seguramente se había alterado y le producía esos llantos nocturnos, esos arranques de violencia.

Como la comunicación abierta y auténtica no es una práctica común, sobretodo entre padre e hija; como nuestra hipocresía impide a padres y madres tratar temas personales o íntimos con los hijos –especialmente las hijas- y los eufemismos mexicanos no permiten dirigirse de manera directa al problema, él la dejó pasar… seguramente con el tiempo todo mejoraría, luego volvería a la normalidad.

Mientras él recapitula estos antecedentes, suena el timbre del teléfono. Una voz femenina que se identifica con el mismo nombre de la amiga de la casa de Cuernavaca, e inmediatamente informa. No tengo casa en Cuernavaca, ni leches, soy compañera de su hija, verá, nunca fuimos a preparar exámenes ni nada similar, verá, esa tarde, saliendo de la escuela nos atacaron unos cerdos con charola de la judicial. Al primer golpe yo quedé inconsciente, pero a las dos nos violaron descaradamente entre  los cinco cretinos que por puro gusto nos siguieron golpeando. Su hija y yo llegamos al infierno, al peor estado emocional y físico de una mujer. Nos sentimos sucias, humilladas, destrozadas por dentro. Nos habían contaminado el alma, nos destruyeron todos nuestros sueños, nuestra ingenuidad. Nos predispusieron para detestar a cualquier hombre que se nos acercara, nos mataron en vida, nos quitaron las ganas de amar, la posibilidad de entregarnos eventualmente a una pareja por amor.

Cuando todo terminó, ellos se fueron despacio, riendo, diciendo que las dos éramos unas rameras. Y nos dejaron allí, tiradas, sangrando, golpeadas, llorando. Nos fuimos juntas a tratar de sanar al menos físicamente. A ella le avergonzaba mucho pensar en que sus padres, su novio y sus amigas se enteraran de lo ocurrido, y entonces inventó lo del golpe en el lavabo.

Al otro lado del teléfono, él, con el diafragma contraído por la rabia y la indignación, sintiendo flaquear las rodillas, vence el nudo en la garganta y se atreve a preguntar con voz trémula, apenas audible, ¿ella donde está? La supuesta amiga de Cuernavaca acusa un carraspeo que esconde un sollozo y explica, con la mayor serenidad que puede acopiar en las circunstancias: lo peor sucedió dos meses después, cuando ella me confesó que no le había bajado, que sospechaba estar embarazada. Fuimos juntas a los exámenes y resultaron positivos. Ella se desquició, y dijo que nunca tendría un hijo de esos bastardos. La traté de disuadir, le sugerí que hablara con sus padres, con un amigo, con su novio, pero ella rehusó, dijo que nunca le comprenderían, que seguramente la acusarían de provocar la violación, o que la humillarían aún más y la tratarían como delincuente en el futuro. Llorando me confesó que nunca había hablado con usted siquiera de sexualidad, que estaba segura de que se convertiría en una persona marcada socialmente. No quiso entender razones y la dejé de ver por unos días.

Sin embargo, fue hoy por la mañana que me esperó en las puertas del colegio y me pidió que la acompañara, me dijo que no encontró ayuda, que nadie quiso ocuparse de su caso, que recorrió todos los hospitales oficiales y le cerraron las puertas, se negaron siquiera a escucharla, unos por razones morales, otros por problemas legales, pero todos evadieron la mínima responsabilidad de escucharla, de tratar de ayudarla, de buscar junto con ella soluciones alternas. Entonces lo decidió y consiguió los datos y el dinero quien sabe de donde. Yo no quería al principio ir con ella, me dio miedo el tema clandestino, pero pensé que estaría peor sin compañía. Nos subimos a varios camiones y microbuses, llegamos a una calle solitaria, cerca de una colonia industrial. Ella tocó en un número y nos recibió una enfermera, quien nos hizo pasar a un cuarto frío y sucio de azulejos brillantes. Le pidió que se desvistiera y me entregara a mí todas sus pertenencias. Le hicieron un lavado intestinal y le aplicaron una inyección.

Después yo estuve allí esperando, en el suelo porque no había donde sentarse, y pasaron horas, muchas horas, hasta que la enfermera salió y me dijo que mi amiga ya se había ido, que el aborto había funcionado tan bien que ella salió caminando. Supe que debía esperar lo peor… yo tenía su ropa.

Salí despavorida a la calle sin saber qué hacer, y caminé sin rumbo, sin saber dónde me encontraba, cuando de pronto, la vi a ella detrás de un depósito de basura, con una bata quirúrgica, desangrando su existencia entre las piernas. Llamé a la Cruz Roja pero fue inútil, pues cuando llegaron, ella ya no respiraba.

La trajeron aquí, con Ministerio Público y todo, y me interrogaron, me amedrentaron, como si yo fuera una asesina. Entonces encontré entre sus cosas el número telefónico de su casa y decidí llamar, porque sabe, además hay que reconocer el cadáver.

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