El lavado con el planchado

Por Alfonso Villalva P.

A los alumnos de Impulsa Anáhuac; un bálsamo social.

 

¿Eres multitasking? me preguntó una persona con mucha naturalidad hace pocos días. La pregunta la soltó a quemarropa y sin contexto discursivo aparente. Multitasking… No sé si la palabreja, disfrazada de barbarismo o neologismo -como se prefiera-, en sí misma encierra poderes de afectación psicológica, o el concepto y el razonamiento detrás de la idea que alberga multitasking en su vientre sea lo verdaderamente perturbador.

Así como muchos otros conceptos de nuestra era, multitasking proviene del lenguaje implícito de la informática con raíces claramente estadounidenses. Dícese de un equipo que puede realizar diversas tareas de manera simultánea. El Merriam-Webster Dictionary, por ejemplo, lo define como el desempeño concurrente de varios trabajos por un ordenador.

Así las cosas, ante este inevitable ejercicio cotidiano de asimilar nuestra conducta a los equipos de alta tecnología de procesamiento de datos como un paradigma de nuestro andar terrícola y social, pues la cosa está que arde al tratar de responder la pregunta planteada. ¿Soy o no multitasking? ¿debiera avergonzarme en caso de no serlo?

Me queda claro que la construcción biológica cerebral genera por definición ciertas limitantes a la hora de aspirar a ser un ente multi-tareas. Varios estudios revelan que en realidad solamente el cerebro de las mujeres a partir de la adolescencia, está dotado verdaderamente para aspirar a tener un desempeño simultáneo multidimensional. Entonces, ¿Cómo es posible que yo pudiera aspirar a adquirir tan significativa condición? De una revisión somera por la internet, es fácil concluir que los jóvenes de hoy –hombres y mujeres-, tal parece que lo utilizan como un elemento característico de su cotidianeidad, que los autodefine como pertenecientes a la vanguardia del Siglo XXI, a una especie de raza superior evolucionada que mira con desprecio a quienes tienen que hacer una tarea a la vez.

También sé de sobra mis lecciones aprendidas de los fundamentos formativos de otras épocas que parecen ya idas para siempre, en las que a uno se le entrenaba para concentrarse, para asimilar el conocimiento para siempre (no solo en la memoria RAM), para hacer bien una cosa a la vez; y a no hacer ruido cuando el abuelo trabajaba o leía el periódico, a hablar con alguien mirándolo a los ojos, ponerle pausa a la película cuando tu madre te reprendía, no dibujar (en mi infancia no había tablets ni teléfonos inteligentes) mientras el maestro explicaba en el salón de clases.

Como ahora hay que ser cool, no hay que cometer los pecados de trolear, hay que disfrutar relaciones personales on line, y ponerse en off cuando se vaya a dormir, pues parece apenas imperativo ser multitasking para entablar una comunicación de proporciones respetables con las personas que están en todo durante todo el tiempo.

El problema viene cuando ese valor aspiracional entra en conflicto con nuestra realidad biológica y con las habilidades con las que fuimos dotados “de fabrica” y entonces queremos forzar nuestra conducta a asemejarse al funcionamiento de un programa de computo diseñado en Seattle o Tokio. Algo así como querer jugar como Messi aunque tengamos dos pies izquierdos.

Y claro, el lamentable accidente de tráfico generado por un audaz individuo que se le hizo fácil enviar un mensaje de amor a ciento veinte kilómetros por hora en la carretera México – Querétaro, mientras fumaba y le daba un sorbo a su café descafeinado. El nudo gordiano automovilístico a la salida del colegio que genera una señora que discute con el marido, mientras observa detenidamente el esmalte de sus uñas y saluda a la amiga del gimnasio que concurre al mismo sitio, sin percatarse de que su doble fila ya se convirtió en triple, y allí nadie pasa, ni la ambulancia, ni el repartidor del gas, ni el autobús escolar.

No obstante, la óptica juvenil parece no reparar en esas minucias e ignorando que nuestra memoria operativa puede procesar solamente 120 bits de información por segundo, y sacrificando la profundización y la concentración, se comunican y entienden al mundo con mayor superficialidad pero mayor velocidad aparente, abriendo las compuertas de la razón por golpes instantáneos de información que de preferencia se manifiesten con gráficos y colores para facilitar el cambio incesante de un medio a otro, de una conversación personal a la pantalla del móvil, de un chat romántico con la novia a los comentarios cáusticos sobre la decepción del desempeño futbolístico del partido de ayer.

No sé, en realidad, que tan bueno o malo pueda ser forzar la máquina y vivir siendo un multitasking ejemplar, de pata negra, pues. No se si debiera avergonzarme confesar que las relaciones intimas que entablo con un libro, por ejemplo, requieren mi total concentración. No se si es menester asimilarlo como la oportunidad de sortear de una forma feliz y menos estresante la ineludible encrucijada de cuando proverbialmente se junta el lavado con el planchado.

 

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