Con el orgullo de siempre

Por Alfonso Villalva P.

Francamente, me podría haber fijado aquella tarde en cualquier mujer, en cualquier niño, en cualquier ser humano que eficientemente recorría la plaza soleada de un sitio a otro, aparentemente definidos con precisión militar, realizando una tarea concreta, una acción específica, dentro del ostensible engranaje de la vida pública de su comunidad.

Tenían, como siempre, esa mezcla de enigma y representación mágica que solamente una cultura ajena y una lengua inexpugnable pueden manifestar.  Unos cubiertos con sombrero de paja tradicional, otros con fibras de lana en colores negro y blanco, ceñidos a la cintura por un cinto que aún presentaba los rasgos de su habilidad manual.  Ellas, bien fajadas y acinturadas, apretando con fuerza un talle particular que robustecía su feminidad escondida tras los colores rojos, azules, verdes, que brillaban contrastantes con la lentejuela multiforme bordada muy cerca del corazón.

Con un poco de atención y mucho, pero mucho tiempo, podría asegurar que cada rostro hubo de ser una historia particular, un testimonio ejemplar, un paradigma oculto a nuestra sabrosa y adornada cultura occidental.  Ellos no son los pobrecitos indígenas que acostumbramos encarcelar en un estereotipo empañado por la  publicidad; probablemente, de pobrecitos solamente tengan las carencias materiales que la perversidad del sistema –el nuestro, el occidental, tropicalizado por nuestros líderes sin igual-, les sigue negando con absoluta invariabilidad.

Hablaban poco y en voz baja.  Todos estaban muy ocupados en lo suyo: los niños cargaban bultos u ofrecían cuidar vehículos –como si algo se les tuviera que cuidar-, las niñas lanzaban tejidos a los visitantes para marcarlos como clientes preferenciales para colocar una cinta tejida multicolor. Las autoridades, las suyas, las que solamente entienden  de costumbres y reglas no escritas, las que son elegidas dentro de la comunidad  sin que esencialmente  se transforme su rol social acostumbrado, intercambiando miradas de sobrentendido, de sospecha ante cualquier extraño, de recelo ante cualquier observación.

Era el inicio de los festejos de conmemoración de la semana santa, y los mayordomos, y los indígenas que tenían alguna responsabilidad concreta en los preparativos, se encerraban en el templo para vestir santos católicos y adornarlos con yerbas de la localidad, inhalar durante horas su incienso tradicional, u empujarse de vez en vez una copita de aguardiente que, según la tradición, produce una fusión adecuada entre el espíritu y su forma de entender a Dios.

Piden permiso, según explican, a Dios del cielo y a Dios de la tierra para actuar, y se arrepienten de sus ofensas, de las que su catálogo de conducta considera nocivas, y cantan, y rezan, y se lamentan por la muerte de un Dios que tiene piel distinta a la suya, y más de treinta pelos en el mentón.

Le lloran con verdadera devoción en un templo sin bancas para asistencia, y plagado de estaciones de curanderos tradicionales –chamanes les dicen los blancos, según explican los de allí-, que escuchan las enfermedades en el pulso y en el corazón, y que circundan al enfermo con pollos de sanazón,  y que hacen buches de cocacola y los escupen al piso para distraer a los demonios que atormentan la razón.

Mientras tanto, todos saben que lo mataron, tan sólo el día anterior, a él, al del periódico reportado como accidentado…, por brujo y por charlatán, y porque extorsionaba a la gente; por ser diferente a la enseñanza de Dios, de su dios, que les permite cerrar las filas para eliminar cualquier obstáculo a la confesión que, multicolor y pletórica de olores y sonidos, pone en sus manos un machete filoso para corregir, y desplazar, y aniquilar si es preciso, con la complicidad de esas autoridades tan enfundadas en su pintoresco gabán, y el descaro de reclamar, quizá, que solamente hacen lo que su dios rebelde les enseña con base en el modelo occidental, ese que durante cientos de años fue su verdugo por razones de naturaleza similar, ese que disfraza groseramente la injusticia tras la toga de la corrupción.

Ellos, tan Chamulas como siempre, con el orgullo de su colorido, de sus diferencias, de sus rostros tostados por el sol inclemente, y su mirada ladina habitual, como aquella primera vez que les vi en una fotografía en blanco y negro en los albores de mi adolescencia, intercambian nuevamente miradas, con el muertito bien enterrado, quemado para purificar al pueblo, sabiendo que la culpa no es de ellos, sino del infiel que ahora tiene menos poder, y por ello, el objetivo perfecto de la marginación recíproca, tal y como nosotros siempre nos esmeramos en demostrar.

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