El crisol de la nación

Por Alfonso Villalva P.

No sé a nombre de quién jurarán los maestros cuando se reciben. No sé si cuentan con un Hipócrates magisterial del cual echar mano a la hora de decir “si protesto, señores, y les aseguro que mi trabajo será de calidad”. Quisiera pensar que su juramento incluye cuestiones como respeto al alumno, amor al trabajo, dominio de las pasiones, patriotismo, ética y cosas semejantes.

Desde luego, muchos de los que toman el juramento, han de cruzar los dedos tras la espalda porque saben que les importa un sacramentado pimiento la infancia de México, su educación y el futuro de la Nación. Muchos porque no tuvieron otra opción que entrar a la Normal Superior, otros, porque así son, cretinos de nacimiento.

Dejando la escoria de lado, existen hombres y mujeres que en este País se han partido el lomo por el prójimo dentro de la asfixiante atmósfera estática de un aula de clases, inmersos en el perpetuo ir y venir de niños maloras, traviesos y entrañables, que en grupos pequeños levan hacia mejores horizontes, ante la mirada contemplativa del profesor que se queda un año más, mil años más, en el salón de clases, ante esa pizarra negra que en los meses anteriores sirvió de terreno para explicar cuestiones de las que nadie dará crédito en su brillante u oscuro porvenir: sumar, restar; sujeto, verbo y predicado; la coma y el punto; Allende, Hidalgo, los conjuntos, y algo más.

De esos maestros, el vientre de la Nación ha parido grandes personajes que regados por todo el País, han sido el marino que con su cuerpo, y a costa de su vida, evitan el naufragio del barco. Son quienes, a pesar de nuestro sistema político oscurantista y retardatario, diseñado para aniquilar el espíritu y la cultura, han conducido a niños por el amor a las letras, a los números y a la Patria, niños que después de convirtieron en Paz, Fuentes, Camarena, Vasconcelos, Castellanos.

Maestros que con vergüenza torera, se han mantenido al margen, en esa ingrata tarea que nunca otorga gloria, que parece enterrarlos en el polvo del olvido, porque el éxito  en este País siempre es huérfano de Primaria, Secundaria y Preparatoria. Resulta que todos nos forjamos solitos, nos fabricamos en una de esas historias televisivas, en las que los niños auto forjados, con todo en contra y venciendo la adversidad, llegaron a ser Presidentes o dueños de empresas.

Resulta que ahora, los maestros solamente son los cretinos que año con año hacen marchas y plantones en la ciudad capital, y destruyen a su paso obras de arte, propiedad pública y privada, con pintas que escriben con faltas de ortografía, o son solo los que cobran del erario sin trabajar. La injusticia es enorme, porque en nuestra vida común no reconocemos plenamente a los otros, los abnegados, los que encontraron una vocación en la enseñanza y cuyo más patente legado se encuentra a la vista, porque todavía es la hora, gracias a ellos, en que el País no se nos escapa por el retrete.

Con exactitud, no sé por qué un individuo decide que su vocación es ser maestro normalista. Imagino que será algo similar a lo que le ocurre a uno al escribir, a un médico al pensar en salud, un abogado en cuanto a la justicia, un político para mentir o hasta un lenón –sin pleonasmo- de oficio y vocación. Quizá sea un llamado de la vida, una misión preestablecida. Lo que sí les puedo decir, es que los de vocación, los de entraña magisterial, los que exudan adverbios y sustantivos, los que escriben con cursivas de calidad, deben ser rescatados de la ignominia, del olvido, para retribuir su trabajo y compensarles su entrega, mantenerlos unos años más con dignidad, reconociendo su heroicidad y definitiva influencia, sin necesidad de vender en el plantel cadenitas de oro falso, envases plásticos Tupperware, o suetercitos que tejen de sábado a domingo para cumplir con el gasto.

Tuve una abuela que oficiaba de directora de una escuela primaria federal. Fundamentalmente lo hacía por amor al arte, por vocación, pues, de no haber tenido marido, su miserable salario no la hubiera llevado muy lejos. A veces me llevaba a los festivales que organizaban las maestras, los padres de familia. Sin recursos ni beneficio, los maestros cooperaban también con tiempo y dinero para hacer algún festejo a los niños. Recuerdo haber visto a más de uno con los zapatos rotos, con ropa que no era de su talla, pero con sonrisas en la boca olvidando sus privaciones, cuando su esfuerzo arrancaba la carcajada espontánea de Toñito, Martita, o como se llamaran los inocentes rapaces.

Hay quien dedica cincuenta años a tratar de enseñar gramática. Hay quien repite cuarenta años las capitales de los estados, y hay quien se atreve a citar a García Márquez, Gutiérrez Najera, Wilde, Nervo o Gabriela Mistral. De olvidarlos, de ignorar su lucha, sus méritos, sus carencias, abandonaremos el verdadero Crisol de la Nación; seguiremos siendo huérfanos de letras, de instrucción, seguiremos sin madre, del aprendizaje y de ninguna otra cosa.

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