Realidad querida

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Por Alfonso Villalva P.

Gracias por la chispa en la génesis de este artículo, Santiago y Alfonso

De haber sabido que estabas muerta, vaya, de haber tenido esas agallas que se requieren para reconocer nuestras propias miserias, fracasos y pérdidas, te hubiésemos dado ya, desde cuándo, laica y aséptica sepultura, te hubiésemos enterrado bajo varios kilos de tierra fresca en algún panteón civil, o te hubiésemos insertado en el macabro vientre de uno de esos hornos en los que, en lugar de levaduras y harinas, se calcinan vísceras, esqueletos, ojos y litros de sangre coagulada a 940 grados centígrados, para convertirte en un conveniente montón de cenizas, fácilmente transportables a un sitio de nuestro olvido colectivo.

Es verdad querida realidad, porqué en abono a nuestra inexcusable hipocresía que ocultamos en estas épocas de nostalgias ficticias construidas por la magia del marketing, el amor verdadero respaldado por el amigo secreto y el ponche de frutas con piquete; la historia no verificada de las grandes hazañas navideñas contadas por Hollywood, o las recetas tradicionales de la abuela ya adulteradas con ingredientes procesados industrialmente, también está esa otra parte, querida realidad, la de nuestra educación empapada de ignorancia, de dogmas, fincada en la culpa y la negación.

Somos hispanoamericanos, qué se le va a hacer…, somos hijos de la inquisición, el oscurantismo y el sincretismo peninsular e indígena, una tradición milenaria de ser explotados, amenazados con la ira de Dios, de llenar nuestros huecos del conocimiento con fetiches, supersticiones.

No importa hace cuánto tiempo tu organismo haya dejado de funcionar, tu sistema haya colapsado. No importa, querida realidad, hace cuánto tiempo tus órganos inertes comenzaron su descomposición ya sin la resistencia del más elemental sistema inmunológico que detuviera la multiplicación de la podredumbre. Teníamos la esperanza de no tener que cambiar, de seguir en esa zona en la que nos habíamos acostumbrado a sobrevivir, a quejarnos de lo mismo siempre, a ver tus despojos yaciendo en tu lecho de muerte, contemplativamente como manda la tradición, sin un arrojo a cambiar las cosas o vengar tu muerte, sino con una vocación de lamentaciones, mea culpas, ex votos laicos para aguantar. Pero qué quieres, si nos enseñaron así, a aguantar.

De otra forma, había que reinventarte, engendrarte de nueva cuenta, pagar nuevamente el precio de tu concepción, gestación. De tus primeros pasos y todo el largo camino hacia una nueva madurez. Curar quizá nuestras entrañas, purificar otra vez nuestros cromosomas. Pero somos tacaños, baratos, ignorantes. Preferimos dejar que tu podredumbre viciara el aire que respiramos y los agentes infecciosos se apoderaran de nuestro destino, nuestra salud, nuestra salubridad mental y buen juicio crítico.

A ciencia y paciencia de nuestra necedad de aguantar, de aceptar el destino impuesto por otros; otros que sabían que estabas muerta y hacían apología de tu falsedad. Dejamos que te llenaras los pulmones, querida realidad, de esta nueva versión de los cuatro jinetes del apocalipsis prohijados por nuestra indolencia, desprecio y frivolidad que solo nos llenaron de fracaso, de huérfanos, de frustración y miedo. Cáncer, Sida, narcotráfico, hambre, esclavitud, explotación infantil, compatriotas asesinándose entre sí, corrupción voraz, monopolio de poder, vulneración del orden constitucional.

Abnegados en aguantar por lo que fue… Otros días quizá igualmente complicados y necrosados. Aguantar por lo que pudo ser y nos llena de rabia vivir con esa frustración. Aguantar por lo que hay, por lo que puede faltar.

Créeme que ya te hubiésemos sepultado, créeme que sí. Lo hubiésemos hecho si tuviésemos los arrestos de reinventarnos como sociedad, de avergonzarnos de nuestros abusos recíprocos, de abandonar la hipocresía de crítica a los demás sin predicar con el ejemplo.

Te hubiésemos enterrado bien dentro de las entrañas de nuestra tierra, junto con nuestras afrentas, nuestra violencia a los demás, nuestra caradura convenenciera. En las entrañas mismas que hace millones de años gestaron nuestros volcanes, para mezclarte con la lava, el estaño y la plata, y tener el valor de aguantar nuestras traiciones de debilidad humana y atrevernos a vivir la vida con valentía, inteligencia y trabajo duro, porque ¿sabes? la mujer dormida debe dar a luz, urgentemente.

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Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.

About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

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