Una derecha sin patria

Por: Rodlfo Ardiles Villamonte / EL Patibulo de Fito

No puede negarse la vergonzosa escena que viene montando cierto sector de la izquierda latinoamericana adepta al régimen de Nicolás Maduro. Y lo digo porque no puede uno andar por allí hablando de derechos humanos, de libertades, justicia social y democracia, cuando se apoya a un gobierno que se ha encargado de pisotear todas esas banderas y destruir la institucionalidad del desdichado país que gobierna.

Ese desprecio por la institucionalidad es el común denominador de las dictaduras al margen de las ideas que dicen defender. Y por ello si vemos los hechos en perspectiva las dictaduras de Alberto Fujimori y Nicolás Maduro se parecen como dos gotas de agua.

Pero si la izquierda partidaria del chavismo es indefendible ¿qué podemos decir de nuestra derecha latinoamericana?, ¿qué podemos escribir de esa mezcla de oligarquía, fascismo, mercantilismo y monopolios corporativos que desde sus trincheras se han dedicado a conspirar contra todo aquel que perturbe sus intereses de grupo?

No podemos dejar que nos engañe ni engañarnos nosotros mismos, a la derecha le importa un rábano la democracia y un comino los derechos humanos. Y quien no lo quiera creer quizá haría bien en indagar por un tal Augusto Pinochet, héroe personal de Jair Bolsonaro, el admirador de tiranías que hoy gobierna el Brasil y forma parte de la cruzada “democratizadora” que pide un baño de sangre para la región.

El que la derecha latinoamericana en bloque haya decidido respaldar a Guaidó y su autoproclamación presidencial es solo la parte final de una larga historia que comienza hace varios años y que tiene entre sus capítulos más truculentos los reiterados llamados a la intervención militar de los Estados Unidos.

Que los halcones de la potencia bélica del norte quieran someter por las armas a la humanidad entera no es algo que deba llamarnos la atención. Después de todo se trata de la facción más retrógrada del partido republicano; creer que puedan dejar de ver al mundo como su rancho personal es como esperar peras del olmo.

Pero que venezolanos, colombianos, peruanos, ecuatorianos etc, pidan casi a los gritos que llueva bombas y misiles sobre Venezuela (introduciendo así una versión sudamericana de Siria en la región) es una de esas cosas que solo se puede entender si se observa las estructuras de poder de las oligarquías locales. Tan acostumbrados a sentirse una élite quizá ignoran que cuando los ríos de sangre de una guerra comienzan a fluir no existe privilegio social que te salve.

No estamos pues ante una derecha democrática, liberal y moderna, o tan siquiera decente. Sino frente a una banda de cavernarios fascistas que ven en Trump la oportunidad única de recortar tantos derechos como les sea posible y darle una vuelta de tuerca a su poder. ¿Qué puede importarle la democracia a la derecha chilena, por ejemplo, que apadrinó, apoyó y aplaudió el golpe de Estado de 1973?, ¿de qué derechos humanos puede hablar la abominable clase social y política que aplaudía las torturas, o valiéndose de sus medios de comunicación, ocultaba las desapariciones forzadas?, ¿qué dignidad humana pueden defender aquellos que celebraban los vuelos de la muerte allá en la década de los 70?

¿Nos quiere convencer de su apego a la tolerancia y su preocupación por el hambre en Venezuela la derecha del Tea Party, esa que auspicia el bloqueo económico y las sanciones que recaen sobre los ciudadanos venezolanos?

Y el Grupo de Lima hace esfuerzos denodados para hacernos creer que lo de Venezuela le importa tanto que solo cuando Donald Trump les apretó la correa salieron corriendo a ladrarle al dictador que ha tomado el Palacio de Miraflores.

No, la derecha no tiene interés alguno por el bienestar del pueblo venezolano, como no le interesa el bienestar de ninguna persona en el mundo entero; a excepción claro de sí mismos y sus negocios. Lo único que desea es poder, más aún el poder que les da el dinero.

Y por ello viene contándonos el cuento del libre mercado desde hace ya tanto tiempo, y no es que el libre mercado sea malo; el problema no es el mercado, sino las pandillas gansteriles que confunden (a propósito) la libertad con los monopolios y terminan convirtiendo el modelo económico en capitalismo de cartel.

Y por ahora,  allí me detengo.

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