Los Fantasmas de El Mozote y la ayuda humanitaria

Por: Rodolfo Ardiles Villamonte

Imaginen por un momento que Joseph Goebbels aún viviera, y que algún despistado presidente estadounidense se le ocurriera enviarlo a Israel para poner fin a un gobierno muy impopular. Algo así, aunque con sus matices, está ocurriendo hoy en día en Venezuela con la designación de Elliott Abrams como enviado especial de la Casa Blanca para lograr el control político en el país sudamericano y asegurarse las enormes reservas petroleras que posee. El pretexto es más o menos el de siempre, llevar la democracia a los confines del mundo. Una aspiración con miras algo estrechas si se ve a los amigos saudíes de Trump quienes no son precisamente amantes de la democracia.

Pero volvamos al personaje que motiva esta columna. Abrams es un veterano de la administración Reagan, uno muy especial si nos fijamos en su ya larga carrera en Washington.  Durante los años ochenta jugó un rol estelar en el trabajo de desacreditar a los testigos de la infame masacre de El Mozote, una matanza perpetrada por paramilitares de ultraderecha del batallón Atlacatl entrenados y armados por la CIA, para llevar la “democracia” a El Salvador en el marco de la operación Irán-Contra.

Una idea de democracia algo extraña, debo admitirlo, porque se tradujo en 600 hombres, mujeres y niños [entre 800 y 1,000 según datos oficiales] brutalmente asesinados. Hasta el mismísimo Hitler se hubiera sentido orgulloso, porque si los nazis negaron en todos los idiomas los crímenes de guerra que cometieron en los territorios que ocupaban; otro tanto hizo Abrams con los muertos de El Mozote, y todo en nombre de la democracia.

Si la administración Trump realmente quisiera poner fin a los sufrimientos del martirizado pueblo venezolano, hace mucho que debió suprimir el bloqueo económico que ha llevado a cientos de miles de civiles a huir de sus ciudades.

Es cierto que la incompetencia y corrupción del régimen de Nicolás Maduro ha obrado en el trabajo de desgaste del país. También es cierto que el chavismo aplastó toda la institucionalidad de la República hasta convertirla en una masa gelatinosa incapaz de oponer el contrapeso al poder que caracteriza a las democracias. Y quienes no quieran ver ésta realidad deberían echar un vistazo a los presos políticos que se pudren en las cárceles chavistas.

Para quienes conozcan de política latinoamericana hoy en Venezuela reina una suerte de fujimorismo de izquierdas. Porque el régimen del hoy encarcelado exdictador peruano también destrozó el aparato institucional del país; al punto que aún hoy los peruanos luchan por recuperarse.

Sin embargo, volviendo a la actual crisis venezolana, que Elliott Abrams sea el rostro que Washington muestra a Latinoamérica es una ofensa tan grande como el muro que planea construir en la frontera entre su país y nuestra región. Puede que ésto sólo sea una versión más de la vieja táctica aplicada por Trump, aquella de jugar al más loco. Como esos chicos que apuestan sobre quién se acerca más al abismo mientras pisan el acelerador de sus automóviles. Y hoy el acelerador de Trump es Elliott Abrams; es como si el magnate del bisoñé quisiera decirnos que es un desquiciado dispuesto a todo.

Por lo pronto el autoproclamado presidente Guaidó no ha dicho esta boca es mía frente a tamaño insulto a la región (no solo a Venezuela), tampoco hemos escuchado nada de nada al Grupo de Lima, que lejos de ofenderse se ha mostrado más servil frente a las majaderías de Trump.

Si a Guaidó, Duque o Piñera les importara tanto la democracia en Venezuela, no deberían aceptar como aliado a un personaje de un pasado tan oscuro como Elliott Abrams. ¿O será acaso que su presencia es una manera simbólica de revivir los días de masacres y golpes de Estado que auspiciaron los Halcones de la Casa Blanca y que con tanto entusiasmo recibió la derecha conservadora latinoamericana?

rj/

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