Salvar el planeta

Groenlandia se derrite.

Por Jorge A. Bañales

La Amazonia arde, Groenlandia se derrite, 800 millones de personas padecen hambre, hordas de migrantes huyen de las guerras y la miseria hacia los países del derroche, y los gobernantes de los países más poderosos evitan discutir el cambio climático y los desastres ambientales para no irritar a Donald Trump. Quizá la Tierra ha empezado a sacudirse la plaga humana.

El bufón

Desde comienzos de la década de 1990 el comediante George Carlin creó y refinó una rutina en los escenarios titulada “Saving the Planet” (Salvar el planeta) en la cual, con su habitual insolencia salpicada de soeces, cuestionaba los fundamentos mismos de las políticas ambientales y las campañas y esfuerzos de protección de la Naturaleza y las especies amenazadas de extinción.

“El planeta está bien, está perfectamente bien”, afirmaba el bufón inteligente, fallecido en 2008. “Los que estamos jodidos somos nosotros”.
(Quienes deseen la experiencia directa de su acto de 7:38 minutos pueden visitar https://www.youtube.com/watch?v=P2nBU9UcRgM con subtítulos en español).

“El planeta ha estado aquí por 4.500 millones de años”, continuaba Carlin. “Nosotros hemos estado aquí ¿qué, cien mil años, tal vez doscientos mil años? Hemos tenido industrias pesadas por poco más de doscientos años. ¿Y tenemos la pretensión de que, de alguna forma, somos una amenaza?

“El planeta ha sobrevivido y superado cosas mucho peores que nosotros”, añadía con una larga lista de acontecimientos como terremotos, volcanes, placas tectónicas en movimiento, desplazamientos continentales, tormentas solares, manchas solares, tormentas magnéticas, la reversión magnética de los polos, cientos de miles de años de bombardeo de cometas y meteoros, enormes inundaciones, tsunamis, vastos incendios, rayos cósmicos, glaciaciones repetidas.

“¿Y nos creemos que las bolsas de plástico y las latas de aluminio harán alguna diferencia?”, preguntaba Carlin.

Más de lo mismo

El cambio climático, el agotamiento de recursos naturales, la contaminación del agua y el aire y la destrucción de las junglas tropicales y los mantos de hielo figuran entre los problemas que, en todo el mundo, las generaciones más jóvenes ponen al tope de sus preocupaciones, y que los más viejos suelen desestimar.

Esto ha motivado protestas multitudinarias, la creación de fundaciones, programas, coaliciones y actividades encaminadas a la conservación de la energía que se obtiene con la quema de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón), el desarrollo de fuentes alternativas de energía y la sustitución de materiales, especialmente plásticos, por otros que sean biodegradables.

La multiplicación de “partidos verdes” es un fenómeno que cuenta ya con más de tres décadas, y las conferencias y acuerdos internacionales sobre asuntos ambientales son una rutina.

Preocupaciones similares continúan emergiendo acerca de la biotecnología, el desarrollo de organismos manipulados genéticamente, y de medicamentos más potentes para combatir gérmenes que se adaptan y sobreviven a los medicamentos más potentes de hace apenas algunos años.

Los esfuerzos por salvar especies animales y vegetales amenazadas por la extinción –en muchos casos debida a la destrucción humana de los hábitat naturales— van acompañados por campañas de educación para que las sociedades, cada vez más urbanizadas y distanciadas de la Naturaleza entiendan el papel que cumplen los insectos en la polinización, la ganadería extensiva en la deforestación, y la pesca industrial en el exterminio de los peces.

Pero, aún con toda la mejor y buena voluntad y los propósitos enaltecedores, las políticas ambientales en muchos casos conducen a una aceleración de la destrucción y la contaminación.

Un ejemplo casi cotidiano: las bolsas, vasos, pajitas, envases y todo tipo de objetos de plástico.

Las campañas para reducir, mediante educación o multas, el uso de las bolsas de plástico que se han convertido en omnipresentes en los mercados proponen dos opciones: las bolsas de plástico, no desechables, fuertes y resistentes que pueden usarse muchas veces, o las bolsas de papel, un material desechable.

La realidad es que la producción de bolsas de plástico más resistentes requiere más energía y materia prima –que por ahora en su mayor parte procede de los hidrocarburos—.y en el caso del papel y el cartón la demanda más celulosa que sólo puede obtenerse de la tala de más bosques.

La gran alternativa a los vehículos automotores que consumen gasolina o diésel es el desarrollo de vehículos eléctricos, los cuales demandan… electricidad, pues, que proviene de plantas que queman combustibles fósiles. La masificación de los vehículos eléctricos soñada por tantos ambientalistas promete otro problema: la falla del suministro de electricidad paralizará la economía.

Imagínese una ciudad de 15 millones de personas, donde en un futuro el 90 por ciento de los vehículos sean eléctricos, y un apagón de diez días. Con el añadido del agotamiento de todas las baterías con que funcionan nuestros celulares, el número creciente de minicomputadoras dentro de los vehículos que todavía usan gasolina.

Los esfuerzos que en todo el mundo realizan, con la mejor de las intenciones, los zoológicos que albergan animales amenazados de extinción, como el panda, los tigres, los rinocerontes, las jirafas, los delfines, los tiburones, las mariposas monarca, requieren un uso intenso de energía y de recursos veterinarios, sin otro resultado más que prolongar la existencia de unos pocos ejemplares de especies que no sobrevivirían sin la injerencia humana en la Naturaleza.

Los enormes recursos financieros y científicos dedicados a la investigación y desarrollo de nuevos antibióticos sólo producirán compuestos a los cuales las bacterias se adaptarán en menos de una década. El propósito de estas investigaciones y desarrollos es, en definitiva, la prolongación de la vida humana cuando el planeta soporta ya casi 8.000 millones de personas que siguen, seguimos, consumiendo más recursos.

800 millones de personas en el mundo tienen hambre.

Una sacudida

Esta semana, la atención mundial –y la distracción forzada del Grupo de los 7 en Biarritz– es acerca de los incendios forestales en el sur de la Amazonia, un 84 por ciento más extensos que hace un año. Del llamado “pulmón del planeta” que debería contribuir a la absorción de dióxido de carbono en la atmósfera, se levantan enormes columnas de humo que se extienden a cientos de kilómetros.

El gobierno brasileño, que ahora ha movilizado más de 40.000 soldados para combatir las llamas y, supuestamente, reprimir a los responsables de la deforestación por fuego, es el mismo que abrió esas regiones a la explotación de recursos madereros, de los cuales se obtiene entre otras cosas la celulosa, y otras riquezas que demanda, ávida, una creciente población mundial.

Hace treinta y tres años la explosión de un reactor en Chernobyl, de la entonces República Soviética de Ucrania, dispersó por gran parte de Europa una nube radioactiva, y dejó una región de 2.400 kilómetros cuadrados vedada para la presencia humana hasta hoy.

Aparte de las fallas que se han atribuido a los técnicos de Chernobyl y la torpeza del régimen soviético para encarar el desastre, está el hecho de que la energía nuclear se ha desarrollado para suministrar electricidad a partir de una fuente alternativa de los hidrocarburos.

En el bosque silvestre que ha crecido en torno a Chernobyl han reaparecido especies animales consideradas casi extintas, tal como en regiones rurales de España, abandonadas por la agricultura, se han multiplicado los caballos salvajes.

“El planeta se sacudirá de nosotros como una peste de pulgas, una molesta superficial”, según Carlin. “El planeta estará aquí por mucho, mucho, mucho tiempo después que nosotros hayamos desaparecido, y el planeta se sanará a sí mismo, se limpiará porque eso es lo que hace. Es un sistema que se corrige a sí mismo. El aire y el agua se recuperarán y la Tierra se renovará”.

En menos de una década, la Amazonia quemada pasará de sabana a foresta y luego a jungla.

“El planeta no se va a ninguna parte”, predecía el bufón. “¡Nosotros nos vamos! Recojan su mierda, gente. Los que nos vamos somos nosotros. Y no dejaremos mucha traza, tampoco. Gracias a Dios por eso. Bueno, quizá sí un poco de styrofoam. El planeta estará aquí, y nosotros habremos desaparecido hace mucho tiempo. Simplemente, otra mutación fallida”.

Jorge A. Bañales reside en el área de Washington.

About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, Managing Editor de MetroLatinoUSA.Com (MLN). Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia (UDC). Email: [email protected]

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