Victoria Flores, Teresa y Esperanza, unidas pese a la distancia. Foto cortesia.
137 años después de su nacimiento, el recuerdo de un inmigrante japonés sigue vivo en dos familias unidas por el afecto y la gratitud.
Por Roberto J. Bustamante Flores (*)
Florida, EE.UU. .- La historia también se escribe desde los hogares y los afectos, no solamente desde los grandes acontecimientos.
Hay historias que se escriben con documentos y fechas. Otras, las más valiosas, se escriben con gestos de bondad que atraviesan generaciones.
Esta es la historia de dos familias provenientes de mundos distintos: una japonesa y otra peruana. Dos familias separadas por océanos, idiomas y costumbres, pero unidas por algo mucho más poderoso: la gratitud, el afecto y la solidaridad humana.

Todo comenzó en Lima en 1939.
Mi madre, Rosa Victoria Flores Ramírez de Bustamante (1919-2015), una joven provinciana llena de ilusiones, dejó atrás los paisajes andinos de su tierra natal para aventurarse en la gran capital peruana. Como miles de provincianos de aquella época, llegó buscando oportunidades y un futuro mejor. No imaginaba entonces que el destino la conduciría hasta el hogar de una familia japonesa que cambiaría para siempre el curso de su vida.
Esa familia era la de Kozo Yamashiro, próspero inmigrante japonés.
Un hogar abierto para Victoria
Kozo Yamashiro, nacido el 15 de junio de 1889, junto a su esposa Kame (Carmen) Matsukawa, habían construido en Lima un hogar donde reinaba el trabajo, la disciplina y la generosidad.
Junto a sus cuatro hijas —Irma, Margarita, Teresa y Esperanza— recibieron a mi madre como una integrante más de la familia.
Décadas después, el recuerdo permanece intacto.
“Recuerdo que fue en abril de 1939 cuando conocimos a Victoria. Ella comenzó a cuidar a Esperanza, la menor de nosotras”, dejó escrito Margarita Yamashiro, hija, en unas notas familiares que hoy constituyen un valioso testimonio.
Mi madre Victoria, solía evocar aquellos años con enorme nostalgia y cariño. Conservaba fotografías en blanco y negro de las hermanas Yamashiro cuando aún eran pequeñas. Las guardaba como tesoros familiares. Incluso aprendió algunas palabras en japonés, una muestra del profundo vínculo que llegó a desarrollar con quienes la acogieron.

Para las hermanas Yamashiro, Victoria dejó de ser simplemente una trabajadora del hogar.
“Se unió a nosotros desde que éramos muy niñas. Nos prodigó cuidados, amor y un sentimiento muy especial. Por eso la recordamos como nuestra segunda madre”, escribió Margarita.
Aquellas palabras explican mejor que cualquier otra cosa la naturaleza de la relación que se formó entre ambas familias.
Una promesa que duró toda una vida
Después de varios años junto a la familia Yamashiro, mi madre regresó a la ciudad de Ayacucho para reunirse con los suyos. Más tarde contrajo matrimonio con mi padre, Roberto Bustamante Navarro (1918-2010), comerciante y agente de transporte interprovincial.
Pero la distancia jamás rompió los lazos.
Cada vez que regresaba a Lima mis padres buscaban a la familia Yamashiro. Las visitas se hicieron costumbre y la amistad se transformó en parentesco espiritual.
Antes de partir, mi madre pronunció una frase que con el tiempo adquiere un significado casi profético:
“Por donde vayan ustedes, yo estaré cerca y me uniré a ustedes”.
Teresa Yamashiro aún recuerda esas palabras.
“Victoria cumplió su promesa. Siempre nos buscaba y mantenía el contacto. En Lima nos veíamos con frecuencia. Un domingo y lo recuerdo con mucha nostalgia, vino a visitarme junto con su esposo Roberto y sus hijos, cuando yo trabajaba como profesora en Chilca, en la escuela inicial de la fábrica de Cemento”.
Mi padre, Roberto Bustamante, rememoró esta visita en una atesorada misiva a Teresa en 1990. «Estuvimos todos juntos en el seno familiar. Fue para nosotros una gran reunión, una ceremonia inolvidable».

El paso de los años confirmó que aquella promesa no había sido una simple expresión de afecto.
Fue un compromiso de vida.
La familia Yamashiro sigue siendo parte de nuestro hogar por el enorme cariño demostrado a mi madre y a todos nosotros, la familia Bustamante. No solamente valoraban su trabajo, sino también su nobleza, su dedicación y la confianza que inspiraba. Incluso cuando mis padres emigraron a los Estados Unidos, Teresa y Esperanza decidieron ir a visitarlos a Nueva Jersey.
Las décadas pasaban. La amistad permanecía intacta.
El hombre detrás del legado
El 15 de junio se conmemora el 137 aniversario del nacimiento de Kozo Yamashiro, uno de aquellos inmigrantes japoneses que, sin ocupar titulares ni alcanzar notoriedad pública, contribuyeron silenciosamente a la construcción del Perú moderno.
Nació en Okinawa y llegó al Perú siendo apenas un joven cargado de sueños y esperanzas.
Su historia representa la de miles de inmigrantes que abandonaron su tierra natal para iniciar una nueva vida al otro lado del mundo. Pero también representa algo más profundo: la capacidad humana de integrarse, trabajar y construir puentes entre culturas.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un caballero de trato amable, trabajador incansable y espíritu generoso.
Con su generosa esposa Carmen, (fallecida el 22 de febrero de 1958), formó una hermosa familia cimentada en valores sólidos, donde el esfuerzo y la educación eran considerados pilares fundamentales.

De Okinawa al Perú
La inmigración japonesa al Perú comenzó oficialmente en 1899 con la llegada del Sakura Maru al puerto de Cerro Azul al sur de Lima. Aquel acontecimiento marcaría el inicio de una de las experiencias migratorias más exitosas de América Latina.
Años después, Kozo Yamashiro arribó a suelo peruano el 14 de noviembre de 1908, acompañado por su hermano menor Kotoku. Su primer destino fue la hacienda Casa Grande, de la familia Gildemeister, al norte de Lima.
Allí trabajó con dedicación hasta convertirse en mayordomo, cargo de gran responsabilidad para un inmigrante llegado al Perú. Este nombramiento no solo fue un hito laboral sino un reconocimiento a su capacidad desde muy joven.
“Además, mi padre puso todo su empeño en aprender castellano y adaptarse a las costumbres peruanas”, recordaba Margarita. Aquella voluntad de integración sería una constante a lo largo de toda su vida.
Un autodidacta ejemplar
Aunque sus oportunidades educativas en Okinawa fueron limitadas, Kozo comprendió muy pronto que el conocimiento era una herramienta indispensable para progresar.
Aprendió castellano con disciplina admirable. Leía constantemente. Se convirtió en un asiduo lector de El Comercio y del periódico japonés Perú Shimpo.
Con el tiempo llegó a redactar documentos y comunicarse con notable facilidad en español. Era un autodidacta en el sentido más noble del término. Uno de esos hombres que se educan a sí mismos a través de la perseverancia y la curiosidad intelectual.
Su solidaridad con sus paisanos lo demostró al ayudarlos en redactar documentación para las autoridades en abrir nuevos negocios, solicitar carnets de extranjería, entre otros trámites.

La Flor de Uruguay
Al concluir su contrato laboral en Casa Grande, Kozo y Carmen decidieron establecerse definitivamente en Lima. A comienzos de 1930, abrieron un restaurante-café en la avenida Uruguay. Lo llamaron “La Flor de Uruguay”. El establecimiento se convirtió en un punto de encuentro para muchos limeños gracias a la calidad de su cocina.
Kozo combinaba con naturalidad la gastronomía peruana, al ofrecer auténtica comida criolla-costeña reflejando en sus platos la misma integración cultural que practicaba en su vida cotidiana.
Al costado de su negocio se ubicaba el hogar donde crecieron sus cuatro hijas. Un hogar donde la educación ocupaba un lugar central.
Educar para el futuro
Las hermanas Yamashiro recuerdan con orgullo que fue su propio padre quien les enseñó las primeras letras en castellano.
“Nuestro padre nos enseñó satisfactoriamente el silabario y las primeras letras. Gracias a ello ingresamos a la escuela perfectamente preparadas”, recuerda Teresa.
Las cuatro hijas alcanzaron estudios superiores y destacadas trayectorias profesionales. Aquello era precisamente lo que Kozo soñaba. Que sus hijas encontraran oportunidades que él nunca tuvo. Que se integraran plenamente al Perú sin renunciar a la herencia cultural de sus antepasados. Sus nietos que son la corona de sus abuelos se sienten muy orgullosos.
Los años difíciles
La vida de la familia Yamashiro no estuvo exenta de dificultades. Durante los años de la II Mundial, la comunidad japonesa en el Perú enfrentó una ola de hostilidades, discriminación y violencia.
En mayo de 1940, numerosos negocios japoneses fueron saqueados en Lima. La familia Yamashiro sufrió directamente aquellos acontecimientos. Dentro de la vivienda se encontraban su esposa Carmen, las niñas y Victoria Flores.
“Recuerdo que todos sentíamos miedo”, evocan las hermanas.
Fue entonces cuando la serenidad y el valor de quienes estaban en casa ayudaron a superar aquellos momentos. La guerra también golpeó a la familia a través de Kotoku Yamashiro, hermano de Kozo, quien fue deportado a Estados Unidos y posteriormente internado en campos de detención
En medio de aquella tragedia, Kozo asumió la responsabilidad de ayudar a sus sobrinos. Los trasladó a Lima, los alojó en su hogar y gestionó los recursos necesarios para reunirlos con su padre.
Fue un acto de solidaridad familiar que las siguientes generaciones jamás olvidarán.
Un legado que sigue vivo
Han transcurrido más de ocho décadas desde que Victoria Flores de Bustamante llegó por primera vez al hogar de los Yamashiro. Como buenos hijos su ejemplo de bondad permanece en nuestra familia integrada por mis queridos hermanos Victor Ángel; Yolanda; Alicia; Magno (fallecido); Nelly, Javier; Rosa Nieves (fallecida) y Juana Rosa.
Kozo y Carmen ya no están físicamente entre nosotros. Tampoco muchos de quienes protagonizaron aquellos primeros capítulos de esta historia. Sin embargo, el legado permanece. Permanece en los recuerdos. Permanece en las fotografías amarillentas por el tiempo. Permanece en los abrazos que todavía se intercambian los descendientes de ambas familias. Y permanece, sobre todo, en la certeza de que la bondad tiene una extraordinaria capacidad para trascender generaciones.
Al recordar hoy a Kozo Yamashiro en el aniversario de su natalicio, no solamente evocamos a un inmigrante japonés que encontró una patria en el Perú. Recordamos también a un hombre que abrió las puertas de su hogar a una joven provinciana y sembró una amistad tan profunda que continúa floreciendo después de más de ochenta años.
Pocas herencias son tan valiosas como esa. Porque las casas desaparecen, los negocios cierran y los años pasan. Pero los actos de generosidad permanecen para siempre en la memoria de quienes los recibieron.
Como periodista y científico social, considero que esta narrativa ofrece una perspectiva valiosa sobre la resiliencia y la conexión humana a través del tiempo. Más allá del tributo individual, este relato pone en relieve los profundos lazos de afecto, gratitud y lealtad que han unido a dos familias a lo largo de más de ocho décadas.
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(*) Roberto J.Bustamante es periodista y científico social.
