El infierno tiene herederos

Un eufórico Flávio Bolsonaro. Foto: Iniciativa Popular/FB

Una familia a las puertas del poder y el asedio a la democracia brasileña.

Los límites del progresismo ante una tragedia que atraviesa fronteras.

Por Emilio Cafassi*

El infierno se ha extendido. En Brasil los demonios tienen apellido, pero su avance pertenece a una geografía mucho mayor que la de una familia. La ventaja de Flávio Bolsonaro y el fortalecimiento de la extrema derecha en el Congreso y los gobiernos estaduales amenazan nuestro porvenir. Brasil pesa demasiado en nuestras posibilidades de autonomía, en nuestras disputas democráticas y en las condiciones materiales de nuestra existencia para contemplar lo ocurrido como extranjeros. Esas posiciones ofrecen una plataforma para conquistar la presidencia y someter sus contrapesos. Si esa ofensiva se completa -y solo un milagro parece capaz de impedirlo-, arrastrará mucho más que un gobierno. El desenlace presidencial sigue abierto, pero nuestro porvenir común ya está siendo diezmado.

La escena familiar condensa una torsión inquietante: el padre condenado por intentar doblegar el orden democrático; la esposa y un hijo elegidos para el Senado; otro hijo diputado; Eduardo, prófugo de la justicia instalado en Estados Unidos y dedicado a promover presiones contra su propio país; y Flávio, a las puertas de una presidencia desde la cual podría favorecer la libertad del patriarca. La sucesión promete convertir la sanción del golpismo en un inconveniente transitorio del patrimonio doméstico. Detrás del apellido hay poderes empresariales, organizaciones religiosas, redes territoriales y plataformas digitales, junto con resentimientos cultivados, racismo y expectativas que las izquierdas no supieron convertir en un horizonte propio. La monstruosidad se construye, se financia y aprende a presentarse como solución. Puede ofrecer a quienes padecen la desigualdad el consuelo de ejercerla sobre alguien situado aún más abajo.

Hay aquí una dimensión trágica que excede el dolor de una derrota electoral y recupera aquella escena griega en la que los protagonistas contribuyen, con sus actos, a preparar su desgracia. El pueblo desciende de las gradas y entra en el escenario: sus decisiones forman parte de la trama que puede despojarlo de derechos y estrechar sus posibilidades de existencia. Las promesas de protección pueden armar a sus verdugos; las de libertad, legitimar nuevas servidumbres. El reconocimiento del sentido de sus actos acaso llegue cuando el daño resulte irreparable. Pero el oráculo contemporáneo tiene financiadores, operadores y medios: trabaja para que una relación de fuerzas construida históricamente adquiera la autoridad de un destino. Queda una segunda vuelta, aunque el horizonte se haya oscurecido hasta volver casi inverosímil otro desenlace. También esa incredulidad interviene en la tragedia: la certeza de la derrota puede convertirse en uno de los actos que ayudan a consumarla.

Flavio y Jair Bolsonaro. Tal para cual. Foto Google/FB.

La amenaza alcanza el suelo y el cielo de esa historia. La Amazonia, los territorios indígenas y las condiciones climáticas que sostienen la vida desbordan cualquier contabilidad nacional de vencedores y vencidos. La convergencia entre autoritarismo, subordinación continental y devastación ambiental vuelve el peligro brasileño una preocupación planetaria. México y, en menor medida, Uruguay -con su aturdido y tibio gobierno progresista- ofrecen apoyos para imaginar otros rumbos, pero ninguna resistencia cabe por entero en un mapa de presidencias. También vive en organizaciones, comunidades y luchas que persisten bajo gobiernos adversos. La tragedia avanza, pero su desenlace todavía deberemos disputarlo.

El Senado aprueba las designaciones de integrantes del Supremo Tribunal Federal y puede juzgarlos por delitos de responsabilidad. Su composición compromete al poder que sancionó la tentativa golpista. Rogério Marinho, coordinador de la campaña de Flávio, llevó al presidente de la Corte una promesa de ausencia de revancha, acompañada de la advertencia de que el Senado no se inhibiría de juzgar a los magistrados. La mano tendida deja a la vista el instrumento de castigo. Después de anunciar que tendría votos para cambiar la Constitución y “redemocratizar” Brasil, Flávio aclaró que promovería enmiendas parlamentarias. La precisión mantiene el propósito de recortar competencias del Supremo, limitar decisiones individuales y modificar las designaciones, junto con reclamos de juicio político. Respetar la Constitución puede convivir con el propósito de debilitar a quienes deben hacerla cumplir. Reformarla exige tres quintos de cada cámara en dos votaciones: 308 diputados y 49 senadores. El Partido Liberal, Unión-Progresistas y Novo reúnen 218 diputados y, según la composición proyectada, 43 senadores. Destituir a un magistrado exige una mayoría distinta: 54 senadores. La amenaza dispone de una fuerza acrecentada, pero todavía necesita negociar: las bancadas no votan por simple parentesco ideológico. El programa incluye bajar la edad de imputabilidad y construir medio millón de plazas carcelarias: una formidable inversión en encierro presentada como seguridad. El golpe fallido podría enseñar a sus herederos a conquistar electoralmente las instituciones que antes intentaron avasallar. Esa ofensiva aprovecha también el descrédito institucional. Las denuncias del caso Banco Master alcanzan a figuras de derecha y a integrantes del Supremo, pero la identificación de la Corte con la resistencia al golpismo permite trasladar parte del daño a la izquierda. Defender las condenas no exige extender certificados de probidad a los magistrados. Confundir ambas cosas facilita convertir sospechas sobre jueces en argumentos contra sus fallos. Ninguna denuncia trae incorporado el mecanismo que la convierte en pérdida de votos.

Tampoco una eventual reelección de Lula devolvería las cosas a su lugar. Según el recuento de Bpost, el conjunto de las derechas reúne 292 de los 513 diputados: una mayoría que aún necesita aliados para reformar la Constitución, pero que estrecha el margen de un gobierno progresista. A ese Congreso se añaden gobiernos estaduales con recursos, redes territoriales y aparatos de seguridad. La cercanía de los votos presidenciales convive con un poder más desigual y mayores obstáculos para redistribuir, proteger el ambiente y defender la autonomía. A ello se suma el costo de una gobernabilidad sostenida mediante concesiones que desdibujan las propuestas del gobierno. Cuando los acuerdos vuelven irreconocible una iniciativa, dificultan reconocer qué defiende la izquierda y quién impide realizarlo. Las asignaciones presupuestarias que los legisladores orientan hacia sus territorios fortalecen redes propias y reducen su dependencia del Ejecutivo. La conciliación adquiere una dinámica trágica cuando las concesiones destinadas a sostener la capacidad de gobernar debilitan los apoyos necesarios para ejercerla. No había una salida sin riesgos: la movilización y la confrontación tampoco garantizaban victorias parlamentarias y podían alimentar una amenaza de destitución. Pero esa incertidumbre no convierte cada renuncia en necesidad indiscutible. Flávio podría emplear la presidencia para acelerar una ofensiva instalada; Lula debería contenerla en condiciones más adversas, revisando una estrategia que no logró desarticularla. El balotaje se disputa sobre un terreno ya transformado.

Unos 2 millones de simpatizantes de Lula da Silva desfilaron por las calles de Sao Paulo recientemente. Foto Google/FB.

Washington actúa con instrumentos que desbordan la simpatía por un candidato. Aranceles, sanciones y presiones diplomáticas trasladan una preferencia política al costo cotidiano de las decisiones soberanas. Esa presión tiene promotores dentro del país: el bolsonarismo reclama la intervención extranjera para fortalecer su posición y exhibe la tutela estadounidense como liberación nacional. La soberanía se vuelve un obstáculo que sus aspirantes a custodios invitan a remover. Senadores demócratas denunciaron ante Marco Rubio una campaña de interferencia con antecedentes en otros países de la región. Su pregunta resulta reveladora: ¿se comprometerá Washington a reconocer el resultado certificado de las elecciones brasileñas? La voluntad popular queda así expuesta a una concesión exterior. El entusiasmo de Milei expresa la dimensión regional de esa trama. Después de atacar a Lula y a Alexandre de Moraes, celebra el avance de Flávio como propio. El interés nacional se subordina a la afinidad de facción. Mientras las izquierdas tropiezan al construir horizontes comunes, las extremas derechas intercambian respaldos, enemigos y legitimaciones. Cada victoria ofrece recursos y confianza a esa ofensiva, sin determinar otros resultados nacionales. La internacional reaccionaria coordina sus apuestas; los pueblos conservan el trabajo de disputar cada partida.

La defensa estadounidense de la libertad de expresión también tiene propietarios y balances. El conflicto con la justicia brasileña involucra a plataformas que pretenden administrar la circulación de mensajes sin controles que afecten su negocio. El escrutinio comercial sobre Pix, el loable sistema brasileño de pagos instantáneos, añade otra dimensión: una infraestructura pública que reduce la intermediación financiera puede convertirse en blanco de presión cuando desplaza intereses extranjeros. La dependencia se instala también cuando universidades y organismos estatales delegan sistemas y datos en grandes empresas. Cada contratación parece una solución práctica; su acumulación estrecha la capacidad de decidir cómo funcionarán instituciones enteras. La soberanía exige capacidades propias para decidir qué tecnologías desarrollar, con qué fines y controles. Tratar la comunicación como una pieza del reparto ministerial deja a merced de acuerdos coyunturales un ámbito estratégico para la organización colectiva. La soberanía se disputa en lugares menos ceremoniales que una cancillería: en quién regula una plataforma, procesa un pago, dispone de los datos y decide las condiciones de acceso a la palabra pública.

La subordinación tampoco necesita producir una ruina económica inmediata para resultar devastadora. Puede convivir con negocios florecientes, exportaciones rentables y fortunas que crecen mientras se deterioran el trabajo, los servicios públicos y el ambiente. La riqueza natural podría sostener ganancias mientras la dependencia estrecha las posibilidades industriales y tecnológicas. Argentina ofrece un espejo de negocios prósperos y vidas empobrecidas. Para América Latina, la pérdida sería doble: se debilitaría un interlocutor con escala para negociar frente a las potencias y se reforzaría el alineamiento regional que Washington procura consolidar. El infierno puede presentar cuentas satisfactorias. Habrá que preguntar para quiénes, durante cuánto tiempo y a costa de qué vidas.

¿Cómo puede fortalecerse la extrema derecha incluso cuando mejoran las condiciones materiales de parte de la población? Las identidades políticas pueden atribuir otro origen a las mejoras, minimizar su alcance o considerarlas insuficientes. Quien asciende puede reconocer únicamente su esfuerzo individual y repudiar las condiciones colectivas que lo hicieron posible. Pero tampoco todo descontento nace de una percepción equivocada o una gratitud ausente. Los ingresos pueden aumentar mientras las deudas absorben una proporción mayor; el empleo, crecer sin aliviar jornadas extenuantes; el consumo, ampliarse mientras el transporte y la salud siguen imponiendo privaciones. Una mejora estadística puede ser real e insuficiente para modificar la experiencia de agotamiento e inseguridad. Las protestas de 2013 expresaron demandas de profundización de transformaciones que el PT no supo recoger y cuyo descontento terminó disputando la derecha. Ascender cambia las demandas y los criterios para juzgar a quienes gobiernan. Restaurar lo perdido ofrece pocas respuestas a quienes esperan una vida distinta. El progresismo puede defender un pasado convertido en agravio por sus adversarios o presentar como culminación lo que sus bases vivieron apenas como comienzo. Quizás la anomalía haya sido aquella recuperación democrática que celebramos mientras la reacción consolidaba su pretensión de normalidad. Defender lo conquistado exige comprender las fuerzas que procuran destruirlo y las necesidades que quedaron sin respuesta.

Lula da Silva optimista de ser reelecto en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Foto Google/FB.

Emir Sader ofrece un ejemplo de esa confianza que merece discutirse. En Página/12, en septiembre de 2025, describía al bolsonarismo como una corriente en decadencia y leía la condena del patriarca como la clausura de un período histórico. Un año después, en el mismo diario, reconoce la fuerza conservadora y reclama salir de la burbuja del PT. No se le exige haber acertado el pronóstico de 2025, sino hacerse cargo del viraje: explicar qué falló en aquella lectura y qué premisas necesitan revisión. Encarcelar a un dirigente no encarcela los intereses, vínculos e identificaciones que lo hicieron poderoso. Tampoco alcanza con atribuir el voto adverso a una alienación que impediría reconocer los beneficios recibidos. Hay que explicar por qué esos beneficios coexisten con adhesiones reaccionarias y qué ofrece la derecha que la izquierda ha dejado de ofrecer. El error se vuelve trágico cuando la confianza en haber derrotado al adversario lleva a desatender las condiciones de su reproducción. El fallo sancionaba una tentativa golpista; la lectura complaciente añadió un certificado de defunción política que nadie había expedido.

Otra cosa es la confianza que sostiene una lucha adversa. Una consigna de victoria puede movilizar, pero no acredita el desenlace que anuncia. En la primera vuelta, los votos blancos (1,84%) y nulos (2,93%) sumaron 4,77% de los sufragios presidenciales. Una encuesta realizada del 6 al 8 de octubre registra que 5% votaría en blanco o nulo en el balotaje, pero no permite saber si esas personas votaron así el 4 de octubre. Tampoco los 33 millones de ausentes forman una reserva disponible: entre quienes dijeron no haber ido a votar, el 19% mencionó viajes, el 18% problemas de salud y el 13% desinterés, según Datafolha. Sus motivos, lealtades y disposición a participar deben comprenderse y disputarse, no presumirse. El esfuerzo militante es indispensable, aunque no garantiza que alcance. Aun cuando las posibilidades de revertir el resultado parezcan casi nulas, hay que luchar hasta el final: no para ocultar la desventaja ni prometer una victoria, sino para disputar cada voto posible y evitar que el pronóstico se vuelva resignación anticipada. Esa incertidumbre merece decirse de frente a quienes pondrán el cuerpo: la necesidad de luchar no depende de la certeza de vencer.

La religión participa de esa construcción, aunque la eficacia política de ciertas iglesias no supone obediencia uniforme de sus fieles. Como muestran Josué Medeiros y Nilza Valeria Zacarias en Le Monde Diplomatique, detrás del rótulo electoral hay experiencias atravesadas por el trabajo, el género, el racismo y las necesidades cotidianas. Una feligresa puede compartir creencias conservadoras y reclamar servicios públicos, ingresos y protección frente a la violencia. Vivir bajo amenazas y extorsiones vuelve la seguridad urgente. La promesa autoritaria encuentra una puerta de entrada cuando presenta el recorte de derechos como precio de una protección que otros poderes no han garantizado. Pero esos territorios necesitan protección también frente a quienes dicen protegerlos: la inseguridad incluye el temor al crimen y el de convertirse en blanco de la fuerza estatal. La violencia policial bajo gobiernos de distinto signo es una deuda de las izquierdas. Muchas mujeres buscan allí ayuda frente a problemas económicos y violencia doméstica. La congregación ofrece vínculos, auxilio y reconocimiento donde otras organizaciones se retiraron. Cuando una consigna llega por esos vínculos, trae una autoridad que ningún desmentido publicado desde lejos desarma fácilmente. Comprender esa eficacia exige preguntarse qué cuidados, presencias y experiencias de pertenencia puede construir la izquierda.

Las apuestas digitales llevan esa trama a otra escena: la esperanza convertida en negocio. En la pantalla, escapar de la precariedad adopta la forma de una ganancia instantánea; cada pérdida alimenta la expectativa de recuperarla apostando otra vez. La libertad de elegir se vuelve particularmente rentable cuando la necesidad estrecha las elecciones. El endeudamiento prolonga la jornada de quienes buscaban librarse de ella. Por eso, discutir las apuestas y la reducción del régimen de seis días de trabajo por uno de descanso toca algo más profundo que una oferta electoral: quién dispone del dinero y del tiempo de la vida. Urge dar una explicación compartida a esa desposesión antes de que otra promesa de salvación la capture.

La subordinación internacional tendrá también contradicciones y negociaciones. La base económica bolsonarista mantiene negocios con China, que encuentra en Brasil un espacio de producción, además de un mercado. Un gobierno alineado con Washington podría conservar esos vínculos y permanecer en los BRICS mientras debilita la autonomía. La dependencia admite pragmatismos rentables. Su medida estará en quién orienta las decisiones estratégicas, qué proyectos industriales se abandonan y qué concesiones se presentan como inevitables. El comerciante puede seguir vendiendo a China mientras el gobernante ofrece a Estados Unidos las llaves de la casa.

La tragedia vuelve entonces a quienes deberán vivirla y disputarla. Compartir alimentos, cultivar, formarse y practicar la solidaridad transforma a quienes participan. En esas experiencias se aprende a reconocer una fuerza común y a intervenir sobre condiciones que, en soledad, parecen inamovibles. El psicólogo Josué Veloz Serrade distingue, en la publicación cubana La Tizza, entre la resiliencia que se adapta al hecho consumado y la resistencia que lo confronta. Cuando adaptarse se vuelve mandato, la injusticia adquiere la naturalidad de la lluvia: solo quedaría aprender a no mojarse. Resistir devuelve al aguacero sus responsables y su historia. Sobrevivir exige muchas veces adaptarse; el problema comienza cuando la capacidad de soportar sustituye a la voluntad colectiva de transformar. La emancipación necesita empezar a vivirse mientras se lucha por cambiar el mundo. La defensa electoral de Lula tiene una urgencia que ninguna crítica cancela, pero tampoco puede cargar sobre un dirigente toda la potencia que falta construir. Una victoria ofrecería tiempo y mejores condiciones; una derrota volvería más ásperos los caminos. Persistirá la necesidad de reunir lo que la precariedad, el miedo, el mercado y la competencia separan. El oráculo contemporáneo trabaja para que los pueblos acepten como destino la actual relación de fuerzas. Habrá que disputarle esa autoridad en las urnas y en la vida cotidiana, donde una necesidad compartida pueda convertirse en organización. El infierno se ha extendido. Su eternidad sigue siendo tan solo una pretensión de sus administradores.

 

*Emilio Cafassi (Profesor Titular e Investigador de la Universidad de Buenos Aires). cafassi@uba.ar

 

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