El muro: ¿un símbolo de separación o poder?

Por Yenny Delgado  

A la luz de la reciente decisión de la Corte Suprema que evitó que la Administración de Trump revocara la política de protección para menores que ingresaron a los Estados Unidos sin documentación (DACA), la inmigración, la frontera sur y el muro vuelve a estar en discusión. Además, a medida que entramos en otro intenso proceso electoral, está claro que el presidente Trump tiene como objetivo utilizar la inmigración y el muro como un símbolo para alentar a los votantes a apoyar su reelección. 

El borde tiene un simbolismo único y evoca pensamientos de protección, filtración, separación o aislamiento del peligro. Las fronteras son una parte crítica de la integridad funcional de un país y permiten a los gobiernos rastrear el comercio, registrar individuos y proporcionar una línea limítrofe. Estos límites ofrecen reconocer que personas se consideran residentes y ciudadanos, los cuales los hace elegibles de beneficios inherentes, así como de responsabilidades. A lo largo de la historia de los Estados Unidos, la frontera ha estado en constante cambio, ampliando su territorio a través de compras, guerras e invasiones de los colonos ingleses.

Desafortunadamente, gran parte del debate en torno a la frontera y la inmigración se ha simplificado demasiado, durante demasiado tiempo. De los cuatro límites, el país ha elegido su frontera sur como la principal amenaza. Estados Unidos se enfoca en la frontera sur de 1,954 millas con México y no presta mucha atención a la frontera de 5,525 millas al norte con Canadá y una atención mínima en la prensa o el público con respecto a la frontera de la costa del Pacífico o la frontera del costa del Atlántico. 

Con la elección de Donald Trump el 2016, hubo un nuevo escrutinio de la frontera sur cuando prometió que “construiría un gran muro, y que México pagaría por la pared”. Está claro que México no está pagando por la construcción de un muro, sino que es el mismo pueblo estadounidense quien viene financiándolo.

Contexto histórico

La frontera sur ha cambiado desde los tiempos de la colonia a través de la expansión del territorio bajo los auspicios del Destino Manifiesto, con el límite contemporáneo establecido en 1853. Durante los años intermedios, la regulación para cruzar la frontera se ha ido modificando. Las personas que viven en las ciudades fronterizas como Texas a menudo dicen: “no cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros”. Las familias que nunca planearon estar en los Estados Unidos se convirtieron en parte del país debido al cambio de frontera en el siglo XIX. Sin embargo, la migración a los Estados Unidos también ha sido, en gran parte, motivada por la necesidad de mano de obra en la creciente economía de los Estados Unidos, especialmente en los sectores agrícolas y de baja calificación profesional.  

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos comenzó el programa  Braceros  que promocionó la migración documentada para los trabajadores agrícolas hasta la década de 1960. Este programa permitió a los agricultores migrar a los Estados Unidos durante la siembra y la cosecha y luego regresar junto a sus familias. 

Hoy existen aplicaciones similares, como la visa H-2A para trabajadores agrícolas temporales que están en busca de mejores salarios y oportunidades en su país de origen. Sin embargo no todos califican para la visa temporal así que optan por arriesgar sus vidas y cruzan la frontera sin la documentación adecuada en lugares desérticos aislados. Al quedarse sin documentación los únicos empleos que tienen acceso son por la mitad del salario, sin cobertura de salud y exposición a químicos tóxicos y pesticidas en puestos que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses no desean. La narrativa que presenta Trump va en contra de la inmigración que cruza la frontera sur y se centra sólo en los casos de violencia o actividad criminal perpetrados por inmigrantes y no de aquellos que trabajan honestamente en los campos y otros servicios básicos.

Debemos de recordar que históricamente, los muros construidos para dividir pueblos han sido destruidos y derribados. De hecho, durante la década de 1980, el presidente Reagan, reprendió a los soviéticos por el muro de Berlín y lo calificó como anticuado y por afectar las libertades de la población. El argumento utilizado por Trump para la construcción del muro se basa en una política de control y deshumanización de las personas que buscan migrar hacia el norte, llamándoles en varias ocasiones criminales y animales.

  

Respuesta teológica 

El presidente Trump muestra una religiosidad simplista y se comunica con sus seguidores a través de tuits masivos, fotos con su grupo de asesores – pastores orando o posando con la biblia. De esta manera muestra al electorado evangélico blanco que sigue siendo el elegido en un rol mesiánico, nunca visto.

A meses de terminar los cuatro años de su administración, sigue prometido un muro enorme, perfecto y militarizado. La pregunta que se levanta es ¿Quién puede confiar en un país que pretende construir el muro más largo del continente para evitar o seleccionar la entrada de sus vecinos? Si el muro es un filtro, ¿Cómo responde Trump y sus seguidores al mensaje de Jesús a quien dicen profesar? 

Jesús enseñó a sus discípulos en Marcos 12:31: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos”. El énfasis que Jesús pone en la importancia de la relación correcta con el prójimo es claro. En la parábola del buen samaritano, Jesús ayuda a proporcionar más contexto al llamado del amor vecinal al confirmar que el prójimo correcto es el que mostró misericordia. ¿Hay alguien que puede decir que ama a su vecino y a la vez se pone a construir un muro de separación?

Sin embargo, con la construcción del muro se muestra de manera severa una medida, donde las personas son tratadas solo como partes desechables de la economía, se les necesita para la cosecha de cultivos y nada más. Aunque este puede ser un argumento económico para tales protecciones fronterizas, no cuadra con una comprensión cristiana de nuestra relación con nuestro prójimo como se describió anteriormente. El especialista en ética, Luke Bretherton, de la facultad de Duke Divinity, propone ver la frontera como equivalente a una cara. En su construcción filosófica nos dice:

“Las fronteras son un medio para enmarcar y estructurar esta relación, de orientar un país al resto del mundo de una manera que presente una cara inquisitiva, segura y hospitalaria en lugar de una cara cerrada, insular y hostil que se aleja de la relación con el pobre y vulnerable …”  

Si adoptamos la construcción de la cara, nos lleva a la pregunta: ¿qué cara mostramos a nuestros vecinos del sur mediante la construcción de un muro de alta tecnología y militarizado?

Construir fronteras militarizadas opresivas no sería compatible con un entendimiento de Dios quien creó al ser humano a su imagen y semejanza. Más sí, con una compresión de un dios, quien elige y ordena a un grupo en particular de europeos de piel blanca invadir una tierra al otro lado del océano y someter a los demás de piel oscura que paradójicamente son en su mayoría la población originaria del continente. 

Estados Unidos es conocido por muchos vecinos del sur, no por sus valores democráticos liberales sino como un imperio opresivo que protege sus propios intereses y que financió una política de misiones estratégica para intervenir ideológicamente entre los líderes religiosos y dictadores por décadas. Estados Unidos ha intervenido en los países del sur militarmente y es co-responsable de las más crueles dictaduras. La propuesta de construir un muro gastando millones de dólares, aumentando la división entre los pueblos, solo genera más opresión y separación. Sin duda la idea del muro por parte de Trump es muestra de arrogancia contra nuestros vecinos de los que ya no pueden sacar más provecho, pensando que volteándoles la cara ya no existen más.

La misma política que busca construir un muro, fue la que nos separó por colores, por idiomas, entre norte y sur, entre colonias de ingleses, españoles o portugueses, bajo una narrativa obsoleta e inaceptable.

Ahora tenemos la oportunidad de corregir ese sistema opresivo que ha venido dividiendo al continente por tantas generaciones.

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