Experimental y humano

Yanko Farias. Foto cortesía.

Por El Lector Americano

Mismo

Túnez, 13 de septiembre de 2022.- Después de todo este tiempo, he descubierto que lo que hago todos los días, al final del día, es siempre sorprenderme a mí mismo. Todo lo que comienza como un momento de pasión explosiva puede terminar como un cabaret, un show circense, y veinticinco o treinta años más tarde, en una mañana tunecina, con calor agobiante, me doy por enterado del por qué de algunas cosas. Mi historia de cómo me fui de Chile tiene algo que ver con eso… pero eso será relatado en otro texto.

La diferencia entre la gente que toma un camino u otro, son cuatro o cinco centímetros más de cintura. También vencer la carga nostálgica de los otros. Y de una vez por todas aprender que todo lo que tú das se te devuelve con un 50% de intereses, y en dólares. Y tener expectativas, tiene que ver con esto: lo que diste, y hacer buen uso de ella, la expectativa, porque ella siempre es un arma de doble filo. Esa ilusión previa que te puede generar una amistad, una relación amorosa, una obra o un recital muy esperados te transporta a un estado de anticipación maravilloso, aunque siempre pueda conllevar el riesgo de la decepción. Por eso, quizá sea una suerte que haya pocos sucesos por año que generen esa gran expectativa previa. Como tener claro que los amigos van y vienen, como el río de Heráclito, y solo debes rescatar gotitas de humedad de los buenos momentos que tuviste con ellos, contigo mismo.

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Cronista de un país periférico

Siempre estoy aprendiendo. De lo bueno y lo malo. Esto –aprender–, es fundamental para mantenerte al día, sin perderte en la fuga traidora del cliché y los halagos fatuos de gente que ni te conoce, o en tu misma borrachera inolvidable.

Aún cuando no se supone que continúe haciendo lo que hago para siempre. Digo contar, escuchar, saber más, y buscarle la vuelta a lo que te cuentan, que al final, es una práctica profesional adictiva. A veces juego a ser indiferente, pero me quedo sin aire, y a los cinco minutos vuelvo a mis obsesiones.

Ser un cronista es algo, a veces, muy unidimensional, y no es difícil perderte en tu propio tedio y repetición. Por eso el periodismo nunca debiera ser un oficio de medio pelo, debe ser siempre realmente inquisitivo. El mejor. Si no, ¿para qué perder el tiempo poniendo la ‘jeta’ o tú prosapia sin decir nada? Mejor te dedicas a hacer relaciones públicas y ya está. Te puedes ganar un buen billete inventando la vida de los otros.

Conozco a muchos periodistas que no han aportado mucho al oficio en décadas y allí están criando nalgas en los grandes medios. Para mi eso no es un logro, sino el mantengo de un determinado estilo editorial, del señor dinero, que es el dueño del medio. Por eso admiro a los periodistas que siguen sorprendiendo a la audiencia o al lector. La idea es que la cola nunca debe mover al perro, sino todo al revés.

Si eres un periodista, nunca puedes decir dónde termina el camino, porque el trabajo nunca está terminado. Una vez que lo tienes, no te puedes sentar encima, y encima rascarte los codos, o creerte el mejor. Tienes que probar y cambiar de paisaje. Tienes que encontrar un nuevo lugar, perderte allí y encontrarte otra vez. Ahora que soy un hombre adulto, dimensiono esto que digo, y me doy cuenta lo importante que era estar en todos lados, y también muy lejos de casa. O estar cuando todos se hayan ido a tomar un café, o al hotel cinco estrellas en una ciudad en caos.

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Yanko Farias. Foto cortesía.

Papá corazón

No puedo juzgar a los demás por como críen a sus hijos, porque es tan patéticamente personal. Y yo, que tengo la suerte de criar a dos niños, que se están avivando cada día más de algunas cosas, y sobretodo aprendiendo a valerse por sí mismos, pues bien, los veo como el reflejo de mi mismo, chico, aprendiendo todo, y ese simple hecho, que se parezcan a mi, que es mi gran bendición si fuese religioso, también es mi pudor para criticar a otros padres. Porque los hijos son el reflejo de uno, a veces magnificado, a veces mejorado, ellos nunca nacen de un repollo.

(¿Cómo te ves tú? Esa es la pregunta que habría que hacerse todos los días después de ir al baño).

Por eso disfruto ser un padre todo terreno, súper presente, y me esfuerzo que ellos aprendan que la vida puede ser bella y entretenida sin celulares o tabletas caza bobos, o del mundo de mierda de afuera. Que es maravilloso vivir la soledad sin estar aislado, de escuchar la música que te gusta, de leer lo que se antoja. De estar con las personas indicadas.

Estos niños son 50 x 50 madre y padre. Y me encanta que se maravillen cuando les cuento anécdotas de mi vida y sus consecuentes locuras. Sobretodo cuando el protagonista es mi padre Tulio. La historia del taxi enano es un éxito de cartelera. Se re cagan de la risa cuando la cuento. Pienso que debo haberles contado buenos cuentos antes de mandarlos a dormir, porque siempre me piden un cuento más –la última vez papá– dicen ellos.

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Placeres culposos

Cada vez que tuve que despedirme de alguna novia, siempre me aseguré de que mi colección de cd’s y libros, gorras y pañuelos estuviesen a salvo en mis cajas de mudanza. A veces las despedidas son demasiado apresuradas, así que no era posible mantener un orden alfabético. Pero siempre me fui con mis libros y música. Eso siempre fue algo esencial. A esas alturas creo lo más importante.

Todo el mundo me ha dado consejos. Todos tienen algo para decirte. La mayoría de la gente me ha aconsejado hacer las cosas más obvias en lo que respecta a la vida, ellos mismos nunca lo hicieron. Consejos que —incluso— me hubiesen llevado al abismo. Como esa vez que un cura me habló de cómo vivir un gran amor sin pecar. Años después, ese mismo sacerdote salió en la prensa denunciado no solo por pederastia sino también por ‘abrocharse’ docenas de chicas y chicos menores de edad. Si le hubiese hecho caso a sus consejos, hoy me dirían el señorPolvete, y estaría recontra preso…

Ahora estoy leyendo mucho, algo que había dejado de lado por la lectura digital. Pero nunca leí igual en una pantalla porque adoro el papel y las tapas de los libros. El olor a libro me lleva a mi infancia. Me gusta leer las primeras páginas de los libros, el lugar donde los imprimieron: Barracas en Baires, Carrera 6 en Bogotá, Elpidio Rojas en Ciudad de México. Todos lugares que conocí.

Me he hecho un especialista en poner a la gente a dormir durante un viaje de 24 horas en un micro. No es lo que solía hacer antes, pero son otros tiempos. Ahora cuando vas con alguien a tu lado, no dejan de mirar su celular, de escribirse con alguien que está en Australia. Estamos jodidos. Pero aún así, y aunque todo el mundo conoce mis viejas historias, hablo solo. A esta altura, algunas historias son fábulas. Y grandes mentiras. Pero son verdaderas, eh!

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Cincuenta y siete años no es nada

Cuando me preguntan mi edad, después que les respondo, siempre me miran el cabello. Qué cómo hice para mantener mi pelo relativamente oscuro y allí, en su lugar. He tenido mucha suerte con los genes, respondo. Mi padre era un viejo de cabello suave y lacio, pues tenía sangre mapuche, y su pelo era muy, muy firme. No podías imaginarlo calvo. Así que he sido muy afortunado. Y mi madre, de pelo algo rubio y risado. Cada vez que quiero cortármelo, los peluqueros lo tocan y me felicitan, e incluso se niegan a cortarlo, y me dicen que lo dejé crecer, libre. Cada vez que dudo sobre cortarme el pelo, recuerdo a ese guía del Machu Pichu, allá en Perú, que me dijo que los hombres con cabello largo tienen conexión con la tierra: tienen sabiduría y liderazgo. Por eso cada vez que camino por allí me enorgullezco de no habérmelo cortado más, de que siga creciendo tranquilo. Es como si mi cabello me generara un vínculo con todos los locos del mundo, y claro, me retumban las palabras de ese guía del Machu Pichu. Así que voy por allí con mi peluquín moldeado, alegre, y juguetón supongo.

Si hoy me encontrase con el joven que fui cuando tenía 22 años, mi consejo sería que no se juzgara tanto severamente. Que ría más y más. Que la pena pasa… Y que tome todos los riesgos que pueda, que se atreva a buscar aventuras bajo su propia forma de ver la vida. ¿Por qué querer ser otra persona, si eso a veces no es suficiente? Hágase bombero muchacho, que los incendios están a la orden del día.

Y como hace semanas vengo con el rollo de la Constituyente en Chile, le diría a ese chico que si está teniendo una discusión política con alguien, justo antes de decirle fascista de mierda, que de un paso atrás y se pregunte (sin abrir la boca) cómo puede ser que este tipo haya llegado a ese punto de completa ignorancia y estupidez.

Continuará…

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