Foto cortesía History Facts
Por Michael Nordine
Antes de convertirse en un elemento omnipresente de la vida cotidiana, el cine —y las salas de proyección— eran una novedad que pocos comprendían del todo como medio para contar historias. Y, ante algo difícil de entender, lo habitual es recurrir a alguien que pueda explicarlo.
Eso es precisamente lo que hicieron los cines a principios del siglo XX: contrataron a narradores para guiar a los espectadores a través de la acción en pantalla; unas películas que, además de ser mudas, a menudo carecían de intertítulos que aportaran contexto.
El narrador se situaba a un lado de la pantalla, explicaba lo que sucedía e incluso añadía diálogos o efectos sonoros, actuando como un puente entre esta nueva forma de entretenimiento y los espectáculos de «linterna mágica», en los que se proyectaban imágenes fijas mientras un narrador contaba la historia correspondiente. Aunque gozaron de popularidad en Estados Unidos, Francia y Alemania, la figura de estos narradores fue desapareciendo a principios de la década de 1920.
A medida que el público se acostumbró a los intertítulos como recurso narrativo y la música en directo cobró mayor protagonismo, su presencia dejó de ser necesaria; una tendencia que se acentuó aún más cuando, en 1927, *El cantor de jazz* (*The Jazz Singer*) dio paso a la era del cine sonoro al convertirse en el primer largometraje con diálogos totalmente sincronizados.
