Minimizar las protestas, las engrandecerá

Varios miles de manifestantes caminaron unos dos kilómetros. Foto: Facebook.

 

Tal como sucedió el pasado 15 de septiembre —y en menor medida el 30 del mismo mes—, varios miles de personas protestaron en San Salvador contra el gobierno de Nayib Bukele. Atendiendo a diversas convocatorias, los manifestantes recorrieron la 25 Avenida Norte, la Alameda Juan Pablo II y la Avenida España, desde el Parque Cuscatlán hasta la Plaza Cívica en el centro histórico.

Por Leonel Herrera*

Y frente a esta masiva movilización ciudadana, la administración Bukele intentó —primero— sabotearla, colocando en las diferentes entradas a la capital retenes policiales y militares que bloquearon el ingreso de buses que transportaban a manifestantes desde el interior del país. Después, Bukele y sus propagadores de mensajes optaron por minimizarla y descalificarla.

El operativo consistió en enviar a supuestos periodistas a “entrevistar” (acosar) a personas incautas y grabar incidentes que inmediatamente eran difundidos por los medios oficialistas y retomados por el propio Bukele en sus redes sociales. Durante las tres horas que duró la movilización, el mandatario tuiteó o retuiteó unas treinta veces; y en su empeño por desinformar y manipular, incluso, publicó fotos aéreas de la plaza vacía antes y después de la protesta para hacer creer que la presencia de manifestantes era escasa.

Esta actuación de Bukele es impropia de un gobernante. Como presidente de la República debería validar y atender los reclamos de la población, en vez de estigmatizar, ningunear, ridiculizar y hasta mentir sobre las protestas, cuyo ejercicio es —además— un  derecho ciudadano.

Un presidente sensato escucharía y tomaría en cuenta los reclamos sobre democracia, transparencia, derechos humanos y otras demandas legítimas de la gente que protesta contra la remilitarización, la privatización del agua, la imposición del bitcoin, la falta de transparencia, la corrupción, el endeudamiento público y los múltiples atropellos contra la institucionalidad, la separación de poderes y la democracia.

En su prepotencia y desprecio por la protesta social, el mandatario no está previendo que con ello más bien logra que las movilizaciones sociales sigan creciendo. Pretender invisibilizar o satanizar las marchas indigna a cada día más personas movidas por el descontento y la frustración que provoca el incumplimiento de las promesas de Bukele.

La gente protesta por la falta de agua, por el alto costo de la vida, por la violencia y otros problemas cuya solución no son prioridad de la administración Bukele. Esta realidad se está imponiendo a la narrativa oficialista de un gobierno “cool”, del hospital “más grande de Latinoamérica” y del primer país del mundo que adopta el bitcoin como moneda.

Si el presidente Bukele no atiende los problemas y reclamos de la gente, y su apuesta sigue siendo ocultar o ningunear las protestas, lo que hará más bien es promoverlas y aumentarlas a niveles quizás ahora insospechados.

*Leonel Herrera es periodista y director ejecutivo de ARPAS.

 

 

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