Tiempos interesantes 

Yanko Farias, junio de 1994. Foto cortesía.

Por El Lector Americano

Túnez, 27 de julio 2022.- Siempre me ha fascinado el carácter neurótico y caprichoso del tiempo. Los modos que tiene el pasado de retornar y transformarse en recuerdos vívidos, de producir reflejos, y contra reflejos, que se proyectan hacia adelante. O como se dice, las vueltas de la vida. Sus bemoles. Sus pliegues y recovecos.

Veintitrés años tenía yo cuando conocí un grupo de amigos bastante raros en un Buenos Aires despertando a la democracia. Me acuerdo de que por esa época descubrí unos rostros raros, europeos, euro asiáticos, gallegos e italianos que hacían casi irresistible no mirarlos. Digo esto porque yo venía de Chile, y la gente con la que allá me topaba, incluso amigos distantes, me parecían cada día más uniformes en plena dictadura militar. Pero en Buenos Aires, o por el clima social de esa época, o mi exponencial curiosidad, la ciudad del Plata me presentó personas diferentes, por lo menos para mi. Eran tres amigos que destacaban del resto: Martín (el bonito), la exótica y distante Maru, (oye, se parecía a Julia Roberts), y la sinuosa, y algo inocente, Stella Maris, una chica muy pero muy bonita y despampanante. Allí, justo ahí, me resulta imposible imaginar que estos personajes puedan tener otras caras y otros modos de moverse que no sean exactamente los de estos estudiantes de cine, que transmitían cada vez que nos veíamos mucha energía y nada de aburrimiento.

Este trío, del cual yo participaba como un fisgón, que solo se veían y saludaban de lunes a viernes en una época bien conocida para los argentinos, entre crisis políticas y económicas; padeciendo una clase política que es y será un desastre. Pero, aún con los rollos sociales, también era el comienzo de una apertura intelectual sin parangón, a fines de 1988, con mucha minifalda, escotes sugerentes de chicas relindas, y muchachos con cabello largo y jeans Oxford. Casi un afiche de película, donde cada día se reproduce un fotograma en el que Martín —el cara de perverso—, de pelo suelto y largo, entradas ya pronunciadas, con bolígrafo en mano, escribía argumentos eróticos rodeados de alguna chica desnuda, después de retozar a cualquier hora del día. Sus relatos (uno de ellos se convirtió en un guión de cine), lo leí unos años después de ser su amigo, en una época en la que leía mucho, muy rápido, cualquier cosa que me pusieran delante, sobre todo si la sugerencia venía de la mano de alguien a quien quería impresionar o cuya opinión me importaba demasiado. Pues bien, este guion, Un tiempo Hermoso, me lo dio Maru –la Julia Roberts– a quien yo amaba y adoraba en secreto, y admiraba, pues era encantadora, atractiva y demoníaca como una sirena, y que de un día para el otro empezó a ignorarme, sin darme ninguna explicación, de un modo cruel y cinematográfico. El exordio, de una amistad decididamente jodida cuyos ecos y fantasmas me acosaron durante mucho tiempo porque, hay que decirlo, los amigos hablan de uno. Y, en esos tiempos, mis amigos o eran exiliados, drogadictos, o delirantes. Gente como uno.

(Punto aparte: ¿Por qué supones que siempre perseguimos a aquellos que huyen de nosotros?”, le pregunta al lector uno de los personajes femeninos que recrea Martín).

Ese personaje femenino, Marión, en el guion es sin duda Maru, una mujer liberal pero conservadora en lo social. Ardiente y seductora, que tiene que ocultar bajo un velo de discreción sus apetitos y sus (¿malas?) intenciones, pues proviene de una familia de clase alta judía. El personaje varón, Lobo, sin duda es Martin, que por ser hombre no tiene inconvenientes con que se lo identifique con la lujuria y el libertinaje. “Es famoso por su pulsión erótica –como le advierte su amiga C en una escena a la joven Camille (Stella Maris)– y es irresistiblemente atractivo, y nunca abre la boca sin calcular si mete mano, o no”.
El Lobo y Marion, traman por pura diversión los destinos de sus amigos y amantes, que se convierten en marionetas de sus antojos. Así es como Marion le propone al Lobo un desafío, una apuesta casi imposible: seducir a la santurrona Camille, cuya moral no se condice con sus curvas sensuales. El Lobo acepta y a partir de ahí se empieza a mover la escaleta, o la acción de la trama. La cuestión es que Marion, que es más astuta y la tiene clara, tiene una debilidad que es el mismísimo Lobo, de quien está –sí, ella también– recontra enamorada. Pero ojo, El Lobo que es Martín, cuando lanza esa mirada levemente sincera y certera, y asoma un poco de genuina amistad con las chicas, es fácil entender porque una por una y después, finalmente, la inocente Camille, caigan rendida en su cama. El Lobo es un amoral muy manipulador, y tiene esa cosa vulnerable que tanto gusta a las chicas. Pero ni El Lobo ni Marion se advierten de que algo completamente inesperado puede ocurrir, algo que no está en los planes de ninguno y les arruina la apuesta: eso que podríamos entender como el sino: El Lobo se enamora. Pero como tiene que seguir demostrando que es un indiferente, y además, quiere ganarle la apuesta a su amiga Marion, una vez que la blonda Camille se pierde y entrega su cuerpo, Lobo/Martín la deja. Esa parte del guion donde la abandona, está muy bien trabajada con cortes y sobreimpresiones de gestos de crueldad con la que la desprecia y la deja. Una puñalada simbólica, que se vuelve real cuando unas escenas más tarde es el mismo Lobo quien finalmente se entrega por propia voluntad a su destino cuando le dan un cuchillazo inolvidable. Cuando, como en los compadritos de Borges, le dan muerte en un duelo premeditado con un nuevo novio de Camille. Muere el personaje.

En la escena final de “Un tiempo Hermoso”, la misma Marion que se está cagando de la risa con sus amigos en el café La Paz, al inicio del guion, está sola en una mesa del café yendo a una fiesta de disfraces. Alguien la saluda, y ella con una máscara, Colombina, del carnaval de Venecia, está allí sin decir palabra, pues encubre su tristeza, y su rol en este mundo.
Fin.

A veces la vida cobra ribetes de ficción, o quizás ese es el modo en que se articula para nosotros, los que tenemos la compulsión de narrar. Treinta y cinco años después, con la misma liviandad con la que había desaparecido, mi amiga Maru, como si nada, me contactó un día para proponerme que adaptemos juntos una obra de Alejandro Sievekin: Ánimas de día Claro. Las señales están a la vista, los hechos son evidentes. Le pregunté por Martín y Camille, y me dijo que ya no los veía. Pero sabía que Martin se había ido a Suecia y vivía casado con un hombre, y se sacaba selfies del ombligo, y ponía su firma en todas las campañas pro-ballenas, bosques del Amazonas, niños de Etiopía, y contra Ricardo Arjona. Que Camille, que ya no era rubia sino morena, tomaba cerveza sin alcohol, y había subido unos kilos de tanta fiesta y cócteles, pues se había casado con un juez, aburrido y depresivo, que le daba espacio para que ella recordara todos los días un amor de película.

Oye, no tengo control de mis emociones, pienso. Mi amiga sigue ejerciendo en mí, a pesar del tiempo transcurrido, un poder que no soy capaz de resistir. Empezamos a frecuentarnos, pero más que nada nos mandamos whattsapps, muchos whattsaaps en los que de forma velada empezamos a sacar los trapitos sucios de nuestra vida de la Argentina de fines de los ‘80, de los días al sol, hasta que, por fin, un día, ella me revela el motivo de su silencio, años atrás. Confiesa una traición. Después me retiró, por segunda vez, la palabra, y desapareció como si nada. Ahora, para siempre.

 

 

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