Un héroe susurrado

Ignaz Semmelweis hizo que los médicos se laven las manos. Foto: Yahoo.com

Por El Lector Americano 

Túnez, 18 de enero de 2023.- En estos días de héroes efímeros, artistas faltos de talento pero famosos y ricos, peleas conyugales de más ricos y famosos, cuesta encontrar personalidades destacadas en la historia contemporánea. Pero que los hay, los hay… y muy importantes para la humanidad. Y aquí me quiero referir a una historia que parece nimia, pequeño a la cual aferrarnos. O una idea sencilla de un verdadero héroe moderno: Ignaz Semmelweis, un médico y hombre de ciencias de las cosas simples y profundas de la salud pública.

Ignaz Semmelweis, fue un húngaro que nació en Budapest en 1818. Casi fue contemporáneo a nuestros héroes de nuestras patrias latinoamericanas, o no, pero seguro le conocieron nuestros abuelos y bisabuelos. Y su figura –más allá de su innovadora praxis de la medicina– es la representación del hombre moderno, de ayer, de otro calendario, que acabó con el dolor de la gente, el duelo popular.

Este médico, ejerció la obstetricia, es decir, dedicó su vida a la salud de las madres y sus bebés. Y como hoy cualquier “papanatas” se convierte a través de las redes en “alguien trascendente”, oye, no nos vendrían mal hablar, o reivindicar a este tipo de héroes a veces anónimos, que les prestó atención a las madres, y sus bebés, a los ancianos o a cualquier persona física o económicamente desfavorecido en el mundo de hoy, donde parece que todo está podrido o infectado.

Y eso, lo podrido, lo infectado, fue el aporte de Semmelweis a este mundo, pues descubrió los gérmenes, es decir los males invisibles que mataban a los nadie. Claro, hace más de 150 años no había ni la tecnología ni los medios de información que tenemos ahora. Y aunque la noción de las infecciones es de hace unos 150 años, incluyendo los servicios de salud –hospitales– que recién tienen 200 años, respiro, y me doy cuenta que la teoría de los gérmenes es bastante reciente. Digo, cuando mi abuelo Domingo era un niño que tocaba el tambor en el ejército, Louis Pasteur todavía estaba vivo y envuelto en cierta polémica teórica por sus teorías de los microorganismos. Y como algunas cosas cambian, y otras no tanto, en cualquier época, habían muchos refutadores poderosos que se molestaban con la gente que escuchaba a Pasteur, y no a ellos.

Pues sí, así es: y Semmelweis –al igual que Pasteur– también creía que los gérmenes podían causar enfermedades. Y así… y una cosa lleva a la otra, hasta que un día nuestro héroe se quedó horrorizado cuando empezó a observar en una maternidad de Viena que allí morían de “fiebre puerperal” (materia orgánica contaminada de gérmenes en la zona del útero) una de cada diez mujeres que habían tenido un parto reciente.

Ignaz Semmelweis. Foto Google.

Claro, se trataba de gente pobre (los ricos todavía daban a luz en sus hogares), que iban a los hospitales públicos a tener los partos. Pues allí Semmelweis observó las prácticas hospitalarias, y empezó a sospechar que eran los mismos médicos quienes transmitían la infección a las pacientes parturientas. El mismo médico que atendían un parto, antes había estado estudiando cadáveres en la morgue. Entonces propuso, de forma experimental, que los médicos se lavaran las manos antes de tocar a las pacientes. ¿Cómo? ¿Qué?… ¿Cómo se atreve proponer algo así un médico joven y “extranjero” a sus colegas superiores en la escala social? Y sí, eso proponía, y lo solicitó para saber cuánto afectaba esta modesta directriz para salvar vidas. Pero este hecho también le sirvió a Semmelweis, que pese a ser un médico, él mismo para los austriacos era un don nadie: no era de la ciudad y, lo más importante, carecía de amigos y protectores entre la nobleza austríaca. Sin embargo, las muertes no cesaban y Semmelweis, con más fuerza y cabeza dura que destreza social, que probablemente tienen hoy algunos que conozco, siguió pidiendo a sus colegas que se lavaran las manos.

Al final sus colegas austriacos accedieron a su pedido, movidos más por la burla y el desdén que la curiosidad o el amor a la ciencia. Eso sí… ¡Tuvieron que enjabonarse mucho, y frotarse y limpiarse bajo las uñas! ¿Y qué pasó? Las muertes pararon. ¿Se imaginan? Las muertes decayeron abruptamente. Oye… ¡Cuántas vidas salvó este sencillo y genial médico húngaro, y sin clase!

A esta altura del texto podemos afirmar fehacientemente que Semmelweis salvó millones de vidas, incluidos, probablemente, las de ustedes y la mía,

porque nuestro héroe observó y predijo…

¿Y cuál fue el agradecimiento que recibió de los que cortaban el bacalao en la sociedad médica austriaca, todos ellos xenófobos y dueños de la verdad? Pues bien…. lo expulsaron del hospital e incluso de Austria, y nuestro hombre, nuestro héroe moderno, justo él, que había prestado un inmenso servicio a la salud pública, lo echaron para que la ciencia lo olvidara para siempre.

Semmelweis, terminó sus días como médico en un hospital de provincias en Hungría. Allí renegó de la humanidad, que somos nosotros mismos, y de él mismo… Un día, en la sala de la morgue, cogió un bisturí con el que había abierto un cadáver y se lo clavó a propósito en la palma de la mano. Poco después murió, como ya sabía que pasaría, de envenenamiento de su misma sangre. Septicemia se llama eso.

Los conjeturadores tenían el sartén por el mango en tiempos de Semmelweis: y esa vez volvieron a ganar. Pero ellos eran los gérmenes. Y lo bueno de esta historia es que los conjeturadores revelaron, en esencia, algo más sobre sí mismos, y que hoy en día deberíamos prestar mucha y más atención. Porque ellos, los que se dicen a sí mismo que saben, no están interesados en salvar vidas, pues lo único que les importa es que se los escuche (mientras sus conjeturas, por ignorantes que sean, se perpetúen días tras día). Porque ellos si hay algo que detestan, es tener a su lado o cerca, a una persona sensata. Odian el sentido común. Por eso, y como para bajar linea en este texto reivindicativo de Ignaz Semmelweis, ustedes señores lectores, sean coherentes en lo que creen, aún cuando los principales portales de noticias del mundo al instante, digan “la verdad oficial”. Porque salvar otras vidas, y también sus propias vidas, requiere fortaleza sin esperar recompensa. Sean honorables. Y dejen de seguir espejismos y galimatías de todo tipo. Lean de todo, y desconfíen de casi todo. Pero sobretodo usen el sentido común, y reconozcan la buena pasión e idoneidad en el otro. Amén.

 

 

 

 

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