Entrada principal a la universidad en Chalatenango. Foto archivo LPG/FB
Por Dr. José Francisco Acosta Arévalo
SUCHITOTO, El Salvador, 22 de octubre de 2026.- Un día como hoy, pero hace 34 años, fundamos la Universidad Monseñor Óscar Arnulfo Romero (UMOAR) en el municipio de Tejutla, Chalatenango, El Salvador.

Hacia 1990, cuando el fin de la guerra civil salvadoreña comenzaba a vislumbrarse, mi familia nuclear y yo vivíamos en Washington D. C. Allí trabajé como articulador de los Acuerdos de Paz ante el Congreso de los Estados Unidos de América.
Un buen día le dije a mi esposa [Bárbara Dole-Acosta]: «Vámonos para El Salvador». «¿Y qué vamos a hacer allá?», me respondió. «Vámonos y fundemos una universidad para la reconstrucción de la zona norte del país», le propuse. Ella, como educadora de altos estándares, al principio dudó, pero terminó acompañándome con entrega en gran parte de su proceso de fundación.

Al regresar a El Salvador en 1990, iniciamos las gestiones para estructurar la universidad y conformar el grupo de fundadores, tal como lo requería la Ley de Universidades Privadas de la época.
Así, un histórico día de octubre de 1992, un grupo de ocho soñadores nos reunimos en el Desvío de Amayo, Chalatenango. Allí pusimos la primera piedra y le dimos nacimiento legal a la UMOAR, una institución que, a lo largo de estos 34 años, ha graduado a más de 5,000 profesionales.

Nuestro sueño fue ofrecer, a través de la educación, un aporte sustancial al desarrollo del norte de El Salvador. Ocurrió en el mismo año en que se firmaron los Acuerdos de Paz en Chapultepec, México (16 de enero de 1992), los cuales pusieron fin a una sangrienta guerra civil de más de 12 años.
Por su mismo nombre e identidad, la Universidad Monseñor Óscar Arnulfo Romero no podía nacer antes ni después: nació en el marco de la paz. Paradójicamente, en medio de aquel fervor histórico, fue el gobierno de derecha de la época, presidido por Alfredo Cristiani, el que autorizó el funcionamiento de la universidad.
Casi un año después iniciamos operaciones en una casa abandonada en el Desvío de Amayo, Tejutla, en pleno corazón rural del norte del país.

Comenzamos el primer día con cerca de 200 estudiantes y nuestras primeras labores consistieron en acondicionar el lugar: limpiarlo y desactivar minas de guerra a su alrededor. Afortunadamente, entre los nuevos alumnos había excombatientes que sabían exactamente dónde estaban los artefactos explosivos y cómo neutralizarlos.
La UMOAR, como el Ave Fénix, ha sobrevivido a diversas crisis internas, originadas fundamentalmente por el contraste entre dos visiones educativas: por un lado, la concepción romerista de justicia social; por el otro, la concepción neoliberal del libre mercado aplicada a la educación.
Hoy, 34 años después, con altibajos pero con la frente en alto, el Ave Fénix del norte sigue activa, honrando la memoria de San Óscar Arnulfo Romero.
*El autor es fundador y exrector de la Universidad San Óscar Arnulfo Romero.
