A dos años del terremoto

Teresa Gurza.

Nadie que haya vivido el terremoto de 8 punto 8 grados ocurrido en la zonas central y sur de Chile a las 3 cuarenta y cinco de la mañana del 27 de febrero del 2010, podrá olvidarlo.

Mientras todos temblábamos, de miedo y por las réplicas que no paraban, llegaban al país investigadores de muchas nacionalidades felices de poder estudiar en el mero sitio ese fenómeno.

Pero a 24 meses no hay acuerdo sobre si eso que nos azotaba para todos lados y tanto destruyó, fue un solo «evento» que duró más de 3 minutos; o dos terremotitos, uno tras otro, con epicentros a pocos cientos de kilómetros de distancia.

Y siguen las réplicas sísmicas, que pueden extenderse hasta por cinco años.

A las que ahora se suman las políticas; porque por un lado la oposición critica al presidente Sebastián Piñera por la lentitud en la reconstrucción de viviendas que afirma no llega al 10 por ciento; Piñera sostiene es del 40, y durará cuatro años más.

Y por el otro, la Fiscalía formalizará el próximo 7 de mayo a ocho funcionarios de la entonces presidenta Michelle Bachelet por cuasidelito de homicidio.

Eso, porque a minutos del temblor y cuando olas de 30 metros tragaban gente, casas, iglesias, escuelas y barcos, negaron que pudiera haber tsunami y no alertaron a la población.

La Fiscalía los culpa de 10 errores técnicos y de mando, que incluyen falta de información y capacidad; y exceso de inacción y torpeza, lo que provocó fallara el liderazgo capaz de enfrentar esos momentos.

Serán llevados a juicio quienes eran subsecretario del Interior, directora de la Oficina Nacional de Emergencia (ONEMI), comandante director del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada de Chile, (SOHA) y otros dos marinos; y también el sismólogo de la Universidad de Chile y asesor de Bachelet en las decisiones de esa madrugada.

Se les achaca en diferentes grados, responsabilidad en los fallecimientos de 156 personas y la desaparición de 25; resultado según la investigación que duró dos años, de no haber sido avisados que al terremoto seguiría un maremoto.

El fiscal no descarta citar a declarar al Presidente Piñera, que en esa fecha era ya presidente electo; y a otros tres funcionarios que al evaluar mal los informes, no entregaron a las autoridades datos que permitieran decretar la alerta en las costas chilenas.

Y es que en medio del temblor que no paraba y del pánico, cientos de veraneantes que pasaban los últimos días de las vacaciones escolares en playas de las regiones más afectadas, corrieron a los cerros.

De los que bajaron a los pocos minutos porque Bachelet descartó la posibilidad del maremoto, que con olas de 30 metros se los estaban ya llevando.

Ahora sus familias buscan la verdad y reclaman justicia.

Ese terremoto, el quinto en intensidad a nivel mundial, ha tenido más de 530 réplicas y afectó sobre todo cuatro regiones del centro-sur de Chile.

Y eso que como los chilenos saben bien que su país es uno de los más sísmicos del mundo, tienen normas de construcción estrictas y casi nula corrupción que permita evadirlas.

Pese a eso, terremoto y tsunami acabaron con incontables puentes, iglesias, carreteras y pasarelas.

La más dañada fue la VIII Región del Bío Bío donde inmensas olas acabaron con 400 barcos y lanchas, 101 mil 245 viviendas, mil 16 escuelas y 27 puentes.

Siguió en destrucción la VII Región del Maule, donde olas de once metros mataron a 90 personas, acabaron con 62 mil 650 viviendas y arrastraron 130 barcos.

En la Región Metropolitana que es donde yo vivía, el terremoto destruyó entre otras cosas, 49 mil casas, y mil 500 colegios.

Y en la V Región de Valparaíso, olas de ocho metros perdieron nueve barcos y afectaron 22 mil 393 casas y 517 colegios.

Ahí se dio doce días después del terremoto, la réplica más fuerte justo cuando en la sede del congreso nacional Bachelet entregaba el mando como nuevo presidente de Chile a Piñera.

Y quedaron también para la memoria, las expresiones atemorizadas de varios invitados internacionales; como el Príncipe Felipe de España, que miraban aterrados el vaivén de las lámparas que colgaban sobre sus cabezas.

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