La niñez como debería ser

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Por El Lector Americano

Virginia, 6 de diciembre de 2023.- El cine es vida. O eso creo yo. También es fraternidad y recreación de calores que nuestra sociedad va perdiendo.

Hay una película iraní que me gusta mucho, que cuando la vi, me pegó fuerte y que recuerdo mucho en estos días de fin de año, de cómo es las vida más allá de la fatuidad de los días.

Pues bien la película en cuestión, como ya dije, es iraní y se llama, ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, de Abbas Kiarostami; y es –por lo menos para mi– una película extraordinaria, porque tiene una secuencia, una escena que condensa toda la historia, la cual me conmueve cada vez que la recuerdo. Porque hay algo de verdad absoluta en ella, que me pega para bien…

¿Dónde queda la casa de mi amigo?, cuenta la historia de unos amigos, de dos chicos compañeros de escuela. A uno de ellos, Mohamed, su maestro le llama la atención siempre, quien algo intolerante lo persigue porque el chico no cumple con sus deberes escolares. Pues bien, en una ocasión, su profesor lo amenaza: “Si no traés los deberes mañana no vas a poder ingresar a la clase, y serás expulsado de la escuela”, le dice, o “Te voy a poner una nota muy mala”, o algo así. Y justo ese día, Ahmed, el amigo de Mohamed, descubre al llegar a su casa que se llevó consigo el cuaderno de su amigo. Y entonces decide ir a regresárselo, y lo busca durante toda la noche. Para esto tiene que ir hasta otro pueblo. Y allí se dirige, y lo busca por todo el pueblo. No lo encuentra; se pierde en la noche y vuelve a su casa muy apenado. Al día siguiente tiene lugar la escena que tanto me pegó en su momento, y que siento que condensa toda esta historia de la amistad entre estos dos chicos. Una vez en la escuela, el profesor empieza a pedir los cuadernos con los deberes a los chicos. Cuando se lo pide a Mohamed, que estaba en falta, ve que éste está llorando, compungido. Y entonces se ve una manita, que es la manita de Ahmed, su amigo, que asoma y le devuelve el cuaderno con todos los deberes hechos. Momento de ternura y fraternidad sin parangón.

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Esta no es la única película iraní que he visto y me gusta, pero sí es una de las que más me ha emocionado, porque valoriza precisamente aspectos que el cine de nuestro mundo, el occidental, no valoriza. Aquí estamos acostumbrados a la competencia, a la pelea por el poder, a ver quién es más fuerte, el que mejor viste, a la meritocracia, ese tipo de competencias, pero en ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, es otra cosa: aquí prevalece un criterio gregario a través de la mirada de niños, en una edad en que el ser humano descubre la solidaridad, al otro que está tan necesitado como uno mismo en la vida. También es una película paradigmática por el mundo de la gente, como lo muestran las escenas en que Ahmed recorre el pueblo de su amigo de noche. Allí descubrimos cómo viven sus habitantes, un pueblito de casas bajitas, construido como un laberinto, donde todo está en contacto, todo está unido por calles zigzagueantes, por escaleras que suben y bajan; donde se define un mundo diferente. Una parte de la película que me gusta mucho y me emociona porque muestra que hay vida en la necesidad material, ¿…?, pero la escena del cuaderno es la que me parece increíble en todo el relato. Porque la película lo va sembrando a través de los personajes del pueblito de Mohamed, y me sigue conmoviendo ahora mientras la recuerdo. Me emociona su sencillez, de cómo está contada sin subrayar nada en especial: por lo que nos cuenta, de cómo es que se cuenta, y desde dónde se cuenta; aquí no hay golpes bajos; y justamente ahí es donde reside la brillantes de la película que nos devuelve a nuestro mundo, a nuestro lugar y, en mi caso, a una época de mi vida más sensible, de lugares y épocas de mi vida que a veces damos como perdida. De cómo es que nos hemos olvidado de la vida en comunidad. Esta escena por supuesto no sería lo mismo si estuviera protagonizada por adultos. Se perdería el verosímil del relato. La edad de los niños de la película, sus protagonistas, es justamente la edad en la que uno descubre la solidaridad, para después perderla, cuando pasas por el cesado de la socialización mal entendida, la educación, el trabajo, y todo lo que nos obliga a dejar de ser solidarios, para adecuarnos a un sistema que nos indica que para que uno crezca, hay que destruir al otro yo. Dejar de ser tan pánfilo.

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Recordando esta película he vuelto a presenciar ese momento en que se descubre la solidaridad cuando eres niño. Cuando tenías 11 años, y uno se movía entre otros chicos. De cómo es que te movías entre tus compañeros. Ahí está esa amistad que sólo puede encontrarse en ese momento de la vida. De cómo aquellos que no la pierden tendrán una verdadera bendición consigo. Y siempre rodeados de amigos que te conocen y saben de tu gesto amoroso. Cuando aún no tienes tu corazón blindado. Sin tantas verdades afiladas, que te van a lastimar de todos modos, que te van a olvidar de todas maneras, y muy rápido.

No es la casualidad que lo que impulsa a gente como nosotros ser individualistas, es cuando llegamos a adultos. En nuestro mundo racional y occidental ser adultos es simplemente un escenario realista y feroz. Un escenario giratorio que permite al tipo común contemplar todas las fases del conflicto humano. Darse cuenta por sí mismo que ser adulto no inicia los dramas, sino que el drama comienzan aquí. Ser adulto es simplemente un instrumento obstétrico que arranca el embrión vivo de la matriz y se coloca en situación en el ambiente familiar. Esa verdadera incubadora humana que hoy parece muy expuesta. El individualismo familiar se incuba desde casa, y es la cuna del desamor verdadero. Por eso en la película ¿Dónde queda la casa de mi amigo, los personajes, los niños, se mecen en la cuna de la fraternidad y lo humano en su elemento. Todos vuelven a su tierra prometida: a nuestra niñez en Santiago, Buenos Aires, Nueva York, Caracas, Chicago, Teherán y Minsk. Desde esa perspectiva emocional, mi niñez nunca es más niñez que en el Irán de 1992. Todo la niñez se alza hasta la apoteosis. La cuna de la raza humana entrega en estos niños persas, y otros que ocupan estos lugares en el mundo. En esta película uno podría leer en las paredes grafitis de todo el humanismo de Émile Zola y Honoré de Balzac y Dante Alighieri o Charles Chaplin, y todos los que alguna vez fueron algo. Todo el mundo vive aquí en un momento o en otro. Nadie muere aquí… todos son abrazos y ternura. El lenguaje es simbólico y cinematográfico. La palabra «lucha» forma parte de él. Abbas Kiarostami, el director de la película, está diciendo: «Estoy leyendo el Manifiesto de Erasmo de Rotterdam.» Y yo digo: «¿De quién?» Sí, Abbas, te he oído. Estoy aquí arriba escribiendo sobre ti y lo sabes perfectamente. Habla más, para que pueda anotar tus palabras. Pues, cuando vuelva a mi niñez, no voy a poder tomar notas… De repente, Abbas Kiarostami observa: «Ey, redactor…en este mundo falta un poco de abrazos permanente.» Ahora bien, ¿qué significa eso, en caso de que signifique algo? Y Abbas, me grita que si treinta y un años después aun recuerdo esta película, eso quiere decir que la niñez es de verdad un divino tesoro…

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