Foto cortesía NBC Washington
La escasez de medicamentos se ha agravado, los alimentos se pudren en los refrigeradores y las jornadas laborales se han reducido para adaptarse a la nueva realidad de una Cuba sin electricidad.
LA HABANA — Un intervalo de 20 minutos de electricidad es un pequeño milagro hoy en día en La Habana; un milagro que a veces llega a las 3 de la madrugada.
Fue entonces cuando Leidis Rodríguez, de 72 años, se apresuró a cocinar frijoles después de que se restableciera el suministro eléctrico esta semana, tras horas de apagones ininterrumpidos.
«¡Ha vuelto la luz, todos a correr!», gritó Rodríguez.
Tras apagones que a veces duran días —agravados por el bloqueo petrolero impuesto por la administración Trump en enero—, los cubanos organizan su vida en función de cuándo vuelve la electricidad.
Esos breves momentos de alivio duran unos minutos o unas pocas horas. Llegan a cualquier hora, de día o de noche. Cada vez con más frecuencia, la electricidad regresa cuando Rodríguez y su hija Yaimara Matos, de 41 años, normalmente estarían durmiendo.
Cuando vuelve la luz, la familia interrumpe cualquier actividad que estuviera realizando.
«Quieres hacerlo todo a la vez: lavar la ropa, planchar, cocinar, ordenar las habitaciones —porque a oscuras es imposible— e incluso aliviar un poco el calor», dijo Matos. «Lo que antes hacíamos en 10 horas, ahora tenemos que hacerlo en dos».
Una vida transformada por la crisis
Esta es la situación de los cubanos en toda la isla, cuyas vidas se han visto transformadas por una de las peores crisis que ha vivido el país desde la Revolución Cubana. La vida cotidiana se ha convertido en un enredo de crisis acumuladas que las familias deben tratar de resolver.
El transporte público y los eventos culturales se han paralizado. Lo mismo ha ocurrido con el turismo, el motor económico del país, especialmente tras la retirada de empresas turísticas, lo que ha dejado vacantes 25.000 empleos en el sector hostelero. Los vuelos a la isla se cancelan con frecuencia y las jornadas laborales se han reducido para adaptarse a la nueva realidad de una Cuba sin electricidad. La escasez de medicamentos ha empeorado y los alimentos se pudren en los refrigeradores que carecen de energía. «Si no hay electricidad, no hay agua porque no se bombea al tanque. Cuando hay agua, no hay electricidad», lamentó Rodríguez.

Los cortes de energía no son nada nuevo para la nación caribeña. Los apagones endémicos comenzaron a agravarse hace cinco años debido al deterioro de la red eléctrica, a las sanciones estadounidenses vigentes desde hace décadas y a las reformas económicas fallidas del gobierno comunista.
Sin embargo, la calidad de vida empezó a deteriorarse rápidamente cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con imponer aranceles a cualquier producto proveniente de países que vendieran o suministraran petróleo a Cuba, la principal fuente de energía de la isla. Esta medida, sumada a sanciones aún más estrictas, buscaba presionar al gobierno cubano para que realizara cambios políticos. Los cubanos de a pie han sufrido las peores consecuencias.
Anteriormente, la mayoría de los apagones eran programados por el gobierno para ahorrar energía, por lo que cada familia sabía cuánto tiempo estaría sin electricidad: generalmente dos o tres horas. Ahora ya no existe previsibilidad: un corte puede durar 12 horas, 30 horas o más. Cada vez es más frecuente que toda la isla quede a oscuras. El colapso de la red eléctrica ocurrido el fin de semana pasado fue el sexto en lo que va de año.
«Intento seguir adelante con mi vida»
Cubanos como Rodríguez y Matos, acostumbrados desde hace mucho tiempo a adaptarse a las crisis, han encontrado formas de sobrellevar la situación. La familia compró un pequeño generador eléctrico, que solo pueden utilizar unas pocas horas al día.
Otros instalan paneles solares, a menudo enviados por familiares que viven en el extranjero. Algunos adquieren ventiladores recargables o vehículos solares, ya que tampoco hay gasolina disponible.
Lianet Barroso solía cocinar en una cocina de gas; ahora lo hace sobre fuego de leña. Sin saber cuándo volverá a tener agua una vez que regrese la electricidad, llena tantas botellas de plástico como puede.
«La vida para los cubanos se ha vuelto difícil, dura y triste», afirmó Barroso.
En varios municipios, especialmente en La Habana, los residentes protagonizaron protestas vecinales tras apagones que duraron más de 48 horas, golpeando cacerolas y quemando la basura acumulada en las esquinas. Mientras tanto, ante la creciente inflación y la continua devaluación de la moneda cubana frente al dólar, muchas personas tienen dificultades incluso para pagar alimentos que podrían echarse a perder durante un apagón.
El martes a las 10 de la noche, Caridad Delgado, de 64 años, preparaba comida para su gato durante un corte de electricidad a la luz de una lámpara recargable; un artículo que la familia había comprado con las remesas enviadas por sus tres hijos, quienes emigraron de la isla.
Hace meses, a esa misma hora —comentó—, «probablemente estaría viendo una telenovela. Ahora ni siquiera puedo soñar con eso».
«Hay demasiada angustia, demasiada desesperación», dijo. «Intento seguir adelante con la vida».
Reportaje de The Associated Press publicado por NBC.
