¿Por qué tocamos madera?

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Si alguna vez has dicho algo como: «El coche ha funcionado a la perfección todo el año — ¡toco madera!», y luego has golpeado con los nudillos la superficie de madera más cercana, no estás solo. En gran parte del mundo angloparlante, este sencillo gesto es un amuleto contra la mala suerte, una forma de no tentar a la suerte. Los estadounidenses suelen decir «knock on wood» (tocar madera), mientras que los británicos prefieren «touch wood» (tocar madera). En cualquier caso, el impulso es el mismo: proteger la buena suerte o evitar que una afirmación optimista se vuelva en tu contra. Pero ¿de dónde proviene esta misteriosa superstición?

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La teoría del espíritu del árbol

Una de las explicaciones más comunes para la costumbre de tocar madera apunta a antiguas creencias paganas, particularmente entre los pueblos celtas. Los árboles —especialmente el roble, el fresno y el avellano— fueron considerados sagrados, pues se creía que estaban habitados por espíritus o dioses menores. Golpear el tronco de un árbol podría haber sido una forma de invocar a estos espíritus y pedirles protección, o de agradecerles un golpe de suerte. Otra versión sostiene que se golpeaban los árboles para ahuyentar a las fuerzas malignas que acechaban en el bosque, o para evitar que esos espíritus escucharan fanfarronadas y castigaran la arrogancia del orador.

Esta idea encaja perfectamente con lo que sabemos sobre el antiguo culto a los árboles. Arboledas sagradas salpicaban el paisaje de Europa y otras partes del mundo, sirviendo como puntos de encuentro entre los humanos y lo divino. Los árboles simbolizaban la estructura del cosmos —raíces en el inframundo, ramas en los cielos— y se creía que albergaban espíritus poderosos.

En este sentido, tocar o golpear madera podría parecer un eco persistente de aquellas antiguas tradiciones espirituales. Pero esta idea presenta un problema: no existe evidencia directa que conecte esas prácticas antiguas con nuestra superstición moderna. De hecho, hay un silencio de más de mil años entre la cristianización de Europa y la primera referencia escrita al acto de tocar madera. La Madera de la Cruz

Otra explicación para tocar madera sitúa la costumbre dentro de la creencia cristiana. Dado que la cruz en la que Jesús fue crucificado era de madera, algunos han sugerido que tocar o golpear madera invoca su protección. El gesto serviría así como un pequeño recordatorio cotidiano de la protección divina: un acto de fe en miniatura disfrazado de hábito.

Por reconfortante que parezca esta historia, los folcloristas señalan que también se basa en la especulación. Si la práctica tuviera orígenes genuinamente cristianos, probablemente aparecería en escritos o sermones medievales, pero no existen tales referencias. En cambio, la primera mención registrada de «tocar madera» aparece en 1805. Esto es mucho después tanto de la supuesta era de los espíritus de los árboles como de la iglesia cristiana primitiva.

Juegos de Patio

La aparición relativamente tardía de la primera referencia a la tradición proporciona una pista importante. Según los folcloristas Jacqueline Simpson y Steve Roud, el uso más antiguo conocido de tocar madera como superstición proviene de un juego infantil de persecución mencionado en *Ballads in the Cumberland Dialect* (1805) de R. Anderson. En juegos como «tiggy touchwood», los jugadores estaban a salvo de ser atrapados siempre que tocaran algo de madera: una puerta, una cerca, un árbol. Era, literalmente, un gesto de protección.

Roud cree que la relación entre esta regla infantil y la superstición posterior es más que una coincidencia. En su libro *The Lore of the Playground*, escribe: «Dado que el juego tenía que ver con la “protección” y era conocido tanto por adultos como por niños, es casi seguro que es el origen de nuestra práctica supersticiosa moderna de decir “Toca madera”. La afirmación de que esta última se remonta a la época en que creíamos en espíritus de los árboles es un completo disparate».

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El *Dictionary of English Folklore* de Oxford coincide. Sus editores no encontraron rastro de la costumbre antes del siglo XIX, descartando las teorías del espíritu del árbol y la cruz cristiana como invenciones románticas. Señalan que la expresión parece haber evolucionado junto con frases protectoras similares como «tocar madera» o «hierro frío», que datan de una época ligeramente anterior. En estos juegos y dichos, tocar un material —ya fuera madera o metal— creaba una zona de seguridad temporal. Con el tiempo, la acción se desvinculó del juego y se incorporó al lenguaje cotidiano.

Una expresión popular

A finales del siglo XIX, la expresión «tocar madera» se había convertido en una expresión inglesa muy extendida, usada a menudo por personas que en realidad no realizaban el gesto. La forma estadounidense, «tocar madera», surgió poco después, quizá adaptando la frase a una acción más física. Hoy en día, la superstición se ha extendido por todo el mundo. En Turquía, la gente toca madera dos veces y tira de un lóbulo de la oreja para alejar la mala suerte; en Italia, la frase equivalente es «tocar hierro». Incluso quienes afirman no ser supersticiosos a menudo se encuentran buscando con la mano la mesa, el marco de la puerta o el escritorio más cercano después de hacer un comentario esperanzador.

La perdurabilidad de esta costumbre puede decir menos sobre la religión antigua y más sobre la psicología humana. Ya sea que imaginemos espíritus en los árboles o no, nos reconforta hacer algo —por pequeño que sea— para proteger una suerte frágil. Tocar madera ofrece una pequeña ilusión de control en un mundo lleno de azar. El Sonido de la Seguridad

En definitiva, el gesto de «tocar madera» probablemente tenga menos que ver con bosques druídicos o cruces sagradas que con un juego de persecución de hace dos siglos. Lo que comenzó como una regla infantil de protección —toca madera y estarás a salvo— se convirtió en un ritual para adultos que ofrece un gesto reconfortante que une la esperanza y la superstición. Aunque sus raíces antiguas sean más imaginarias que reales, el impulso que lo motivó perdura: protegernos, aunque sea brevemente, de los caprichos del destino.

Fuente/Source: History Facts

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