«Afectar al FOSALUD para luego cerrarlo y hacer más lucrativa la medicina privada, y beneficiar a los negocios que venden esos licores», opina el economista César Villalona. Foto: Izcanal/FB
Por Dr. José Francisco Acosta Arévalo•
DESDE EL VOLCÁN DE GUAZAPA, SUCHITOTO, El Salvador, 27 de febrero de 2026 .- Con dispensa de trámites, la Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó esta semana la disminución de impuestos a tres tipos de licor.
Y no puedo evitar preguntarme:
¿Estamos pensando en la salud del pueblo o en el mercado del alcohol?
Los impuestos que pagan las bebidas alcohólicas no son un simple número en una tabla fiscal. De allí se financia la atención primaria en salud, a través de FOSALUD. De allí salen recursos para atender emergencias, para asistir a los más vulnerables, para sostener servicios que muchas familias necesitan.
En 2025 se aprobó la ley de “Cero Tolerancia al Manejo Bajo la Influencia del Alcohol”, una medida que buscaba proteger vidas. Y sí, proteger vidas es correcto. Pero ahora, al reducir los impuestos al licor, el mensaje parece contradictorio.

Vivimos en El Salvador en una sociedad donde el alcohol se ha normalizado profundamente. Parece que no hay fiesta sin bebida, no hay celebración sin embriaguez. Pero detrás de cada botella hay accidentes, violencia intrafamiliar, enfermedades, hogares fracturados.
En países nórdicos, los impuestos al alcohol alcanzan entre el 30% y el 40%, precisamente para desincentivar el consumo excesivo y proteger a la población. Aquí hacemos lo contrario.
¿De verdad queremos abaratar la droga legal más consumida del país?
Reducir impuestos al alcohol no es solo una decisión económica. Es una decisión moral y sanitaria. Es decidir qué modelo de sociedad queremos construir.
Con respeto, pero con profunda preocupación, digo: vamos al revés.
•Dr. José Francisco Acosta Arévalo
Agente de cambio
