Selfies: una instantánea y ser feliz

Fotos Yanko Farias

Por El Lector Americano

Virginia, 9 de febrero de 2024.- El otro día tuve un sueño. Mis hijos me proponían el juego de las escondidas pero de un modo invisible: ellos se escondían, y riéndose, me dijeron que la idea es que se perdieran de verdad. Y así, sin que yo logre decir nada, ellos se escondían. Y allí mismo, antes de despertarme, empecé a pensar, o soñar, de cómo es que uno se pierde en realidad. Digo, aunque lo de mis niños es un juego, el juego resulto también ser un juego de señales, de tanto en tanto, de modo fotográfico, riéndose, de autorretratos modernos: porque para que yo los buscara me empezaron a enviar Selfies desde donde estaban escondidos. Y así, mirando sus autorretratos me daban una idea de donde estaban escondidos. Y entonces, abstraído, pensé, ¿Estarán en casa de Stanley Kubrick, Isaac Asimov, o en los mares que alguna vez zurcó el siempre esquivo capitán Neno, allá en Kiev, o en las ruinas circulares y concéntricas de Jorge Luis Borges… o quizás en algún aeropuerto de Santa Cruz, o en una de esas abandonadas pistas de aterrizaje en México? No, no estaban allí, sino aquí cerca, detrás de la heladera… o adentro del guardarropa de la habitación de invitados.

Ya despierto, y sin sueños extraños, fui a dejar a mis niños a la escuelita, y empecé a caminar por este barrio aún desconocido aquí en Virginia. Me senté en un banco urbano, y mirando mis redes, me encuentro un sinfín de fotografías alegres y arrolladores, selfies, que se me aparecen flotando o hundiéndose con verdadera alegría, a veces espesa, a veces finisecular en mi pantalla. Todos retratos de colores brillantes que me hacen recordar Pelotillehue, la ciudad ficticia de la historieta Condorito. Y embelesado, porque aparentemente ya no queda nada del mundo real que yo conocí, tengo la impresión que todo se remite a una serie de las viejas revistas de Condorito pero de forma virtual. Quizás por eso vi un autorretrato de Garganta de Lata, otra del Cumpa, de Eugenio, y yo mismo como Coné. Y, para recrear el delirio fotográfico, vi una Yayita perfectamente explayada en sus calzas fuscias. Redonda de posaderas, con cintura de avispa, y redonda de vuelta, pero de las partes mamarias, y de cabello rojo, naturalmente no-natural.

Oye, estás si que son selfies —pienso—, mientras me pierdo en los caminitos de todas las Pond, que es cómo el apellido de las callecitas aquí en Burke.

Más tarde, como dejándome llevar por este extravío existencial, comparto con otras personas autorretratos fugases, pero no me alcanza para comprender esta compulsión de querer autoenviarme. Y así, sin pausa ni reflexión, me encuentro en un extravío superior. Hago autofotitos sin cesar. Como diciendo:

«mírame cómo me miro para que me mires». Y recuerdo que hace unos años Barack Obama, en el funeral de Nelson Mandela, se hizo Selfies en pleno cortejo fúnebre. Y me vienen recuerdos, que van desde las fotos turgentes de Kim Kardashian, a la de los desorbitados astronautas cuyos nombres ya nadie memoriza o recuerda. Y sigo: la entrega de los Oscar, de esos famosos sonriendo con un “guiskiiii” eterno, con raciones de sonrisas neuróticas de Ellen DeGeneres, en un selfie marca Samsung. O la del político de segunda fila, onda Bukele, haciéndose un autorretrato en la Asamblea Anual de la ONU, como diciendo ‘todo me chupa un huevo’; o el mismo Putin pescando con mosca, en cueros, para sus amantes prorusos; o la de esas famosas que frente a espejos, vestidas con transparencias, posan desnudas y siempre acaban siendo filtradas y exhibidas para el gran y eterno público onanista; o la de esa familia real griega, que no es real ni griega.

En fin, selfies de famosos, compaginándose junto a mis amigos de Pelotillehue, los desconocidos de siempre que, gracias a un click, se sienten integrados a una suerte de comunidad cósmica donde todos son iguales, en lo que dura un ‘polvo cósmico’ de fatuas instantáneas del ‘magreo-for export’.

Reflexión: las fotografías son parte de la realidad que busca una utopía constante.

Una y otra y otra vez. La vida privada con toda su privacidad pasa a ser como un vicio privado, pero en plan virtud pública. Como esos dedos sin pedicura de mi prima Pepa cuando después del retoce se hace “CLICK” a si mísma en Instagram. O esos reportes cada cinco minutos de mi amiga S, de cuando come, cuando bebe, cuando se droga o retoza, o cuando va por allí. Como cuando se divorció F, y entre idas y vueltas de una separación facciosa, me doy cuenta que esa fotografía ya la tenía vista. Y gracias a las redes, selfies de niños con nombres de moda del tipo:  Hans, Liam, Pau, Gael, Lola, Uma, y Pepa por cortesía de Netflix. Porque así es como se monta la comunicación total de los vicios privados y las virtudes públicas, para transmitir cuando no hay mucho qué decir, con confidencialidad de origen devenido selfie.

Entonces, está bueno darse cuenta de la desesperación competitiva por destacarse entre tanta imagen tonta y rebeldía al pedo, y darse cuenta entre la diferencia del selfie individualista, y el “selfish” de los YouTubers inocuos. Como esa apoteósica secuencia de La gran Comilona de Ugo Tognazzi, años ‘60, con imágenes donde se narra lo escatológico como una comunión de lo privado con lo público, del cine bizarro, genial y glotón, a una imperecedera película italiana. Y de ahí —ya que estamos— la historia histérica detrás de los infradotados de siempre, que se ríen y gozan fotografiándose en primer plano mientras atrás, a sus espaldas, alguien muere por el mal olor. Y entonces, para que esto sea extremo y real, alguien se arroja desde el puente, en Londres, sin saber que el más privado de los actos, la muerte, ahora se convierte en fenómeno viral, mientras en otras partes del mundo, en Ucrania y Gaza, millones de personas arrancan desayunando vidrio y metralla justo cuando nosotros miramos Instagram.

Así estamos. Y buscando data para seguir hablando de la tontería, me entero que los hombres se hacen más selfies que las mujeres. Y yo me pregunto si no debería entenderse esto como un gesto de igualdad de género gracioso para enviárselo a mis hijos. Tampoco es que voy hacer con este tema un discurso metafísico. Y aunque me inquietó el juego de mis niños, de sus selfies, con sonrisa temblorosa, tan de familia, tan de padre tradicional, me doy cuenta que no estoy ajeno a este mundo virtual y efímero. Y me cruzo con la entrevista de un intelectual conservador que, desde titulares siempre encomillados, parece hablar (más o menos mal) de las redes sociales y los soportes adictivos. Bueno, el tipo habla de eso en la nota, pero también en su desesperación de estar hablando tonterías, y habla algo de poesía. De libros, de escritores, de su vocación, de cosas que a los periodistas no parecen importarles mucho y que a los comentaristas en la red les importa aún menos. Por eso tantos ofendidos e indignados, que insultan y condenan. Y entonces me da por entender lo que dice el intelectual de redes, y me dan unas ganas irresistibles de volver a dormirme para seguir jugando con mis hijos. Pero me engancho al intelectual conservador, quien dice que hoy hablar mal de los teléfonos inteligentes, es casi pecado. Que la fotografía, como un relato de autoayuda mucho antes del selfie, funcionaban como bloques y asociaciones de vida de uno mismo. Y se pregunta: ¿Existe un primer recuerdo? Mmmm, no lo sé, se responde, y agrega que Freud los llamaba recuerdos pantallas.

También hay estudios sociopsicológicos que determinaron que a mayor cantidad y emisión de selfies, significa que hay una profunda y acaso insuperable carencia afectiva y capacidad para relacionarse en directo con los demás. Porque esas personas nunca largan el celular. Y es como si dijeran: “al final cuando tú no estás, pero estás en todos esos lugares en los que yo no estoy, es cómo que te extraño no tanto a ti, sino a mí mismo cuando no te logro ver. Y así, desde ese mismo sitio en el que no te veo, me desplazo a mi propia imagen otra vez”.

Mmm… no sé.

Y bien, de nuevo, entre sueños, empiezo a ver mis pensamientos que descansan por tanto trasnoche, lleno de sombras soñadas y horizontales. Los Selfies me parecen cada vez más soñados, y menos de pesadillas. Y rápidamente veo a mis hijos, justo cuando llego a un claro de mis pensamientos; ellos me sonríen desde la parte más alta de la escalerilla de un avión. Y me hace tan pero tan feliz que mis niños me miren, y me saluden con sus manos sin sostener ningún teléfono inteligente. Y, es cierto, y me contradigo, porque quiero que alguien les tome una foto. Una foto como las de antes. Una en la que el fotógrafo no sale sino que se limita a hacer entrar a los fotografiados, para verlos plácidos más tarde.

Pero ahora estoy despierto, y mis hijos y yo estamos solos. Así que cierro un ojo y lo abro y les sonrío. Para mí mismo, para no olvidar el momento, para fijarlo en mi memoria, afectiva e interna, y nada más que la mía. Y antes que se den cuenta, hago “click”, y les grito: “¡Los encontré!”, y mis niños, frenéticos empiezan a reír con esas sonrisas divinas que me recuerdan que al final, esas son las mejores instantáneas que uno guarda.

 

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