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Más que renovación, es un riesgo de disfunción en EE.UU.
Al alejarse de Donald Trump, la imagen de Elon Musk quedó asociada al caos, la arrogancia y la ineficiencia.
Por Néstor Ikeda, excorresponsal de Associated Press en Washington, DC
El 5 de julio de 2025, cuando todavía muchos no se habían recuperado de las celebraciones de la víspera, Día de la Independencia de Estados Unidos, el magnate tecnológico Elon Musk, el hombre más rico del mundo, anunció la creación del “Partido América”, un movimiento político surgido tras una ruptura pública con Donald Trump sobre políticas de gasto federal. El anuncio, difundido por X, la red de pantallas de Tesla–que le pertenecen—e Instagram, recibió elogios y adhesiones de figuras como Mark Cuban y Anthony Scaramucci, otros dos supermillonarios estadounidenses. Pero más allá del furor mediático, el movimiento de Musk reavivó una antigua pero volátil pregunta: ¿puede realmente prosperar un tercer partido en un sistema diseñado para dos, o corre el riesgo de dividir al electorado y desestabilizar la democracia estadounidense?
El Partido América tiene un potencial disruptivo. Hasta ahora, ha enfatizado la disciplina fiscal, la desregulación y la modernización del gobierno mediante tecnología.
Su programa es vago pero ambicioso: promete “devolver el poder a los ciudadanos” y “acabar con las marionetas políticas”. Apunta a ganar escaños estratégicos en el Congreso y, posiblemente, convertirse en un árbitro de poder en un legislativo dividido.
Algunos ven innovación. Otros, inestabilidad.
Pero, la figura de Musk es hoy más polarizadora que nunca. Y en política, un outsider sin carisma conciliador ni estructura partidaria sólida corre el riesgo de estrellarse, por más dinero que tenga.
Una constante de provocación
“Hoy se ha formado el Partido América para devolverte tu libertad”, escribió Musk, exmano derecha de Trump, de quien se ha distanciado por ahora irremediablemente debido a desacuerdos en el paquete de gastos fiscales propuesto por Trump para este año y que ya ha sido aprobado por el Congreso de mayoría republicana en las dos cámaras.
Trump no ha formulado una reacción inmediata, pero durante los intercambios de palabras en su disputa con Musk había dado a entender que el gobierno “le daría una mirada” a la posibilidad de aplicarle la dura dosis política del gobernante contra inmigrantes indeseados, es decir, la deportación de Musk a Sudáfrica, su país natal.
Los terceros partidos han sido durante mucho tiempo en EE.UU.considerados como los “intrusos y rebeldes” de la política: rara vez invitados a la mesa principal han sido, sin embargo,imposibles de ignorar.
El Partido Populista en la década de 1890, el Partido Progresista–conocido como “Bull Moose” —de 1912 y el Partido Reformista de Ross Perot en los años 90 sacudieron el orden político establecido. Rara vez ganaron elecciones importantes, pero influyeron en el discurso nacional sobre reformas económicas, transparencia y equidad electoral. Perot, que era un empresario multimillonario, político y filántropo, hizo campaña presidencial en 1992 y 1996 y aunque no llegó a ganar un solo estado para el Colegio Electoral, los resultados de ambas campañas fueron las más brillantes para un tercer partido o cualquier candidato independiente en la historia de EE.UU.. Los tercer candidatos han sido siempre señalados con el dedo como culpables de la derrota de uno de los otros dos candidatos tradicionales: el demócrata o el republicano. Se les ha atribuido siempre un efecto divisivo y la responsabilidad de tender una cuerda floja para la democracia de la nación. El ejemplo más dramático de este fenómeno ocurrió en 2000 cuando Ralph Nader, con el Partido Verde, obtuvo suficientes votos en Florida para posiblemente arrebatarle la presidencia a Al Gore. El Partido América de Musk podría tener un efecto similar si capta el apoyo de votantes centristas e independientes –de demócratas y republicanos— en distritos clave.

La fragmentación institucional
Si bien esta irrupción de un nuevo partido político podría transformar el paisaje electoral de EE.UU., puede también conducir a una fragmentación institucional sin precedentes, con implicancias para la democracia y consecuencias geopolíticas.
Desde el siglo XIX, los llamados third parties han sido refugio para ideas fuera del espectro bipartidista. El más notable fue el Partido Progresista creado por el republicano Theodore Roosevelt en 1912, que ganó 88 votos electorales y el 27% del voto popular. Más recientemente, el magnate Ross Perot, otro republicano, sacudió el sistema con casi el 19% del voto en 1992, pese a no ganar un solo voto electoral. Otros como George Wallace (1968) o Ralph Nader (2000) también dejaron huella, aunque su impacto se tradujo en votos divididos más que en poder institucional real.
La posibilidad de que Elon Musk financie y catapulte su propio partido a la presidencia representa un giro disruptivo. Pero a diferencia de Roosevelt o Perot, Musk cuenta con plataformas de comunicación masiva y recursos financieros casi ilimitados.
Geopolítica en juego: ¿una América fragmentada?
Una presidencia sin respaldo legislativo directo podría conducir a la paralización de leyes, presupuestos y reformas; un mayor uso de decretos ejecutivos y coaliciones ad-hoc entre partidos tradicionales para bloquear o negociar cada iniciativa. Aunque podría enriquecer el pluralismo, también generaría crisis recurrentes de gobernabilidad y elevaría la tensión institucional.
En el exterior, una Casa Blanca aislada del Capitolio podría debilitar la proyección de poder estadounidense: se complicaría la aprobación de tratados, pactos de defensa y presupuestos militares; nombramientos clave quedarían estancados y los aliados de Washington podrían dudar del liderazgo de EE.UU.en el mundo, abriendo una ventana estratégica a rivales como China o Rusia.
Elon Musk está políticamente desgastado
El colapso de la reputación de Elon Musk tras su paso por la ficticia agencia DOGE (Departamento de Eficiencia Gubernamental) dejó cicatrices profundas tanto en su figura pública como en sus negocios. Esa imagen deteriorada no solo marca una advertencia sobre sus posibilidades electorales, sino que podría ser un factor determinante de fracaso para un proyecto presidencial como The American Party.
Aun cuando Musk no podría ser elegido presidente debido a que no ha nacido en Estados Unidos, muchos son los hechos que golpearon su imagen. Por ejemplo, la desvinculación conflictiva con Trump hizo que se le viera como un oportunista o traidor y perdió respaldo de votantes conservadores que antes lo idolatraban. Los despidos masivos en agencias federales bajo su dirección en DOGE generaron descontento sindical, protestas callejeras y rechazo ciudadano y el multimillonario quedó asociado a una política “tecnocrática insensible”. Las protestas frente a concesionarios Tesla y el vandalismo de esos vehículos afectaron negativamente la marca Tesla, antes símbolo de innovación y estatus para pasar a ser blanco de enojo popular.En las redes sociales, se viralizaron campañas de boicot y memes ridiculizándolo. Y en cuanto a su fortuna personal y empresarial, su incursión en la política le significó pérdidas astronómicas: Musk perdió hasta $1,000 millones de dólares diarios, y sus empresas sufrieron caídas bursátiles de hasta $6,000 millones de dólares diarios en los 130 días que estuvo al lado de Trump.
¿Puede Musk sobrevivir políticamente a ese colapso?
Difícil, pero no imposible. Algunos factores podrían jugar a favor o en contra. Estos serían los argumentos que predicen su fracaso:
- Su imagen quedó asociada al caos, la arrogancia y la ineficiencia.
- El “misticismo Musk” de genio empresario se desvaneció ante la realidad de la gestión pública.
- Carece de una base electoral fiel: ni los republicanos lo reclaman, ni los demócratas lo aceptan.
- El votante promedio podría desconfiar de su ambigüedad ideológica y su estilo confrontacional.
Pero, existen también argumentos que podrían amortiguar el golpe:
- Musk tiene control de plataformas de comunicación (X) para construir narrativas favorables.
- El electorado estadounidense ha demostrado ser capaz de perdonar figuras disruptivas si admiten emocionalmente sus escándalos (como Trump en 2016 y 2024 en que fue declarado felón convicto).
- Musk aún conserva una base tecnófila y libertaria que ve en él a un visionario marginado por el “deep state” o miembros influyentes del gobierno y el aparato militar.
En cuanto al dinero que se requiere para consolidar un partido político en EE.UU. existe el precedente de Ross Perot. En 1992, tuvo un gasto total estimado de más de $65 millones de dólares de su propio bolsillo. El resultado obtenido con ese dinero fue el 18.9% del voto popular, sin votos para el Colegio Electoral, pero con fuerte impacto político. El equivalente en 2025, ajustando por inflación y nuevos costos tecnológicos, sería al menos entre $150 y $250 millones de dólares solo para competir seriamente, montos que para Musk son literalmente “una propina”.
