Chile y el terremoto venezolano

Por El Lector Americano 

(Puerto Rico, 27 de junio de 2026) 

Hace cuatro días que se produjo el doble terremoto en Venezuela, y yo, que soy chileno, lo viví con congoja: porque estoy de vacaciones en Puerto Rico, y vertebre esta triste realidad catastrófica con los cambios en un país. 

Las imágenes desde Venezuela, son terribles, y me recordó los cuatro terremotos que viví en Chile. El último fue en 1985, y lo que más recuerdo es el pánico de la gente, que fue, de última, lo que magnificó aún más la tragedia. De ahí pensé que la vida de los chilenos es, en promedio, la de haber vivido cinco terremotos, más o menos, y que muchos -mis padres- anduvieron burlando a la geología con su biología un largo trazo.

Recuerdo que mi segundo terremoto fue en 1972 –el cuarto de mis padres–, y sé que mi biología no cambió mucho más allá del aumento del estrés infantil. Pero sé que en el último gran terremoto de 2010, el país se desplazó tres metros después de la ciudad de Concepción. La cosa fue más o menos así: hubo un terremoto de 8,9 y un tsunami que la autoridad no supo anunciar y que se llevó pueblos y vidas enteras. Luego vino el desabastecimiento, la falta de servicios básicos, y lo que los medios de comunicación llamaron “el terremoto social”. El momento en que los cuerpos sintieron colectivamente la urgencia del hambre, el frío y el miedo.

Porque -como siempre- el terremoto se ensañó con pueblos pobres, y los pobres habían sido invisibles en las pantallas de TV desde los ’90, por el resplandor del “milagro económico chileno”. El terremoto mostró que en Chile bajo el modelo neoliberal los pobres casi no recibían ayuda. 

La desigualdad se hizo tan evidente que tuvo que salir la fuerza del fondo de la tierra para que fuera un tema real. Es decir, que junto a la permanente agudización de los desplazamientos y contradicciones entre la Placa de Nazca y la Sudamericana “off the record”, había una realidad más que profunda. 

Días después del terremoto del 2010, la gente comenzó a marchar como no lo hacía desde finales de la dictadura, para anunciar que un megasismo puede cambiar el paisaje, y otra muy distinta es creer que un modelo económico puede cambiarles la vida a las personas sin decisión política. Que el país que debía reconstruirse primero debía mirarse bien adentro y, necesariamente, preguntarse por el bienestar perdurable de su gente. Porque después del terremoto, “reclamar” ya no fue un delirio sesentero de conciencia social, sino una contramarcha del discurso hegemónico del “vamos bien en libertad”, que se había quebrado en “2 minutos 57 segundos” de terremoto. 

El terremoto, también puso en evidencia que el centralismo de Santiago fuese una especie de “colegio privado”, y que las regiones sean solo escuelas públicas que nadie quiere mejorar. Que la concentración y el ajuste se haya vuelto una política económica en efecto, y que todo lo que está fuera del centro del poder –una escuelita de barrio periférico por ejemplo– pase a ser un depositario de injusticia política, de violencia económica, y práctica del apriete policial. 

Chile vivió en 2010, un terremoto que cuestionó profundamente al modelo chileno, y que reveló que los mejores alumnos de la región, y los peores compañeros con el resto del continente latinoamericano, no daba la felicidad general al país. De que todo el snobismo chileno –la expresión cultural del neoliberalismo del siglo XXI– que rechazó por “pasado de moda”, por “sudaca” o por caribeño al resto del continente, después del Terremoto de 2010, se volvió una contradicción por el clamor de querer un Estado solidario. 

De que eso de crecer al 7 por ciento no nos sirvió de nada, pues el país no se hizo siquiera un 7 por ciento más justo. Todo fue una fachada. Y las fachadas son las primeras que caen con un terremoto, a la llegada de un tsunami.

Hoy, y desde hace tres días, veo las desgracias y la desesperación en las calles de La Guaira en Venezuela, y mi visión de catástrofe no ha variado. Las nuevas multitudes, después de la entrega de Nicolás Maduro, los jóvenes nacidos después del 2000 y el viejerío que se reencuentra con esta nueva desgracia, hoy limpian el polvo en las ruinas. Después de años del Proyecto Bolivariano, pide a gritos  ayuda y, quizás, un proyecto político más cercano a la gente. 

Así fue en algo en Chile después de 2010, con marchas, casi siempre con una bandera negra en la mano. Porque a veces las catástrofes naturales son ese presagio de la gran grieta que subyace en un país… de un terremoto que se encubó en las entrañas de la tierra y después de reflota en  un pueblo para volver mejores. 

Abrazos al pueblo venezolano.

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