Ese no soy yo (Sociología para principiantes)

Por El Lector Americano 

Túnez, 13 de julio, 2022.- Douglas Gonzalez, es un filósofo nicaragüense que todos los jueves publica un ensayo en una página web en DC, que da cuenta de cómo es que interactúan los tipos humanos latinos que habitan en Washington DC. Pues bien, hace poco estuvo en los campos de Virginia (tiene primos por allí y va seguido a comer sopa de Rondón), y junto a un grupo de otros científicos sociales del resto del continente, que es cuando contó a sus colegas el siguiente experimento:

En el camping Capitán Douglas, les dio carpas de campañas iguales para cinco personas, a tres diferentes grupos:
-Un grupo de hippies mexicanos.
-Un grupo de boy scouts salvadoreños.
-Un grupo de estudiantes chilenos, argentinos y uruguayos de administración de empresas de una universidad latina con sede en Miami Beach. Todos vestidos con jeans, mocasines y camisas docker.

“La idea era observar sus comportamientos, pero, básicamente, ver el tiempo en que resolvían el armado de una carpa al lado del río”, comentó Douglas González, que de antemano sabía muy bien el resultado.

“Obviamente, los boy scouts salvadoreños fueron los que terminaron primero, porque tienen más experiencia en eso de arman vida en lugares difíciles. Pero, básicamente, porque se someten a un método. Esto es, obedecen reglas. Los otros tardaron más, ya que les cuesta entregarse a una disciplina (en el caso de los hippies, uno terminó casi ahogado en el lago enrollado en el sobretecho de la carpa. Todos rieron mucho)”.

Hoy, de vuelta en Washington DC, el filósofo González comenta esta experiencia de vida silvestre y, claro, la somete a ejemplos universales de por qué a veces los pueblos son como son.

“En Centroamérica, quizás son un poco más orientales sobre cómo resolver mejor el tema, por ejemplo, de la vida silvestre y el contexto en campo traviesa. Están más acostumbrados a lo colectivo. No son tan individualistas. Se someten y se naturalizan con el control. No se sienten mal si los vigilan. Aceptan más ser comunidad y estar organizados. En cambio en América del Sur cualquier huevón (dixit) se cree libre, jefe de algo, o muchos caciques y pocos indios.”

El filósofo nicaragüense, además dijo que basado en comportamientos de fiestas nacionales, incluso la del 4 de julio de Estados Unidos, los latinos en DC, los sudamericanos tienen o han adquirido ciertas coincidencias con los centroamericanos, y han aprendido –al igual que los mexicanos y salvadoreños– para seguir esparciéndose y creciendo. Con esto mantienen una división social del trabajo –en un bembé o fiesta popular– como por ejemplo: los vinos, la birra, y compra de fiambres y quesos, generalmente a cargo de chilenos o costarricenses. Ensaladas, pisco sour, ceviche y bocadillos fritos a cargo de bolivianos y peruanos. La parrilla, a como de lugar, argentinos y uruguayos.

Pero Douglas ha visto algunos cambios de acuerdo a quien pone la casa:
“Esto, sin embargo, va cambiando: ya hay fritadores y ensaladeros argentinos. Casi siempre vegetarianos, obvio. Y esto es fruto de la derrama social y los enamoramientos que se han ido dando en la comunidad latina. En tanto los que prenden el fuego de la parrilla, los uruguayos, se han ido extinguiendo, pues la lógica centroamericana colectiva y disciplinada, inflexible a la hora de no encender el fuego si no se ha condimentado el asado, ha ido en avance. Allí argentinos y uruguayos, enredados en su individualismo, se pierden, y al final han sido absorbidos por los boricuas, y ya les hemos visto friendo carne frita y alcapurrias allí en DC”.

Otro punto interesante de este ‘estudio’ es que nuestro investigador nicaragüense desmitifica algunas ideas que se tiene del latino cuando se le generaliza desde el estadounidense medio –y también generalizado y sesgado–, como lo puede ser el punto de vista ‘Homero Simpson’. “Hay una opinión errada y mal entendida del latino aquí en DC, desde ‘el otro’ (dixit), que opina que los latinos se creen libres y ajenos a las reglas del bien común. Pero no, no es así, recalca González: en situaciones extremas, cuando debe obedecer, el latino se asusta y aprieta cachete. Y huye, o hace trampa. Porque le han hecho creer que es libre. Sin embargo, no se toma en cuenta que:
-No nació donde quiso, nació donde el azar demográfico lo lanzó.
-No eligió a su familia.
-No eligió su idioma.
-Su familia lo hizo caminar cuando les pareció conveniente.
-Dejó los pañales y la teta cuando la presión familiar y social lo marcó.
-Dijo ‘Mamá’ o ‘Papá’ como primeras palabras. Mmm… (ídem 2), de ser libre, quizás hubiera querido decir ‘county’ o ‘Bruce Willis’ como primeros vocablos. Y no fue así”.
Y agrega más leña a esta investigación:
“Luego del jardín de infantes, y la escuelita primaria, ejercicios verbales del tipo, ‘Mi mamá me ama’, como lo primero que escribió, también afecta. Tal vez si hubiese aprendido ‘Quiero conocer a Barack Obama’, como su oración para debutar en la escritura, y en el caso de haber sido libre de elegir, quizás, solo quizás, no llegaba a ser intitulado como un DreaMers”, expresa serio y dando una profunda pitada a su pipa el filósofo.

Douglas Gonzalez, como buen cientista social –pues no deja de especular y vertebrar ideas de un futuro ideal para el latino en USA—, agrega: “Así es como nuestro latino avanza en la sociedad estadounidense; hace la secundaria. La Universidad quizás. Trabaja, paga sus cuentas, va a cumpleaños, tiene sexo, tiene WhatsApp, se viste y afeita para salir vestido y no ir desnudo, a ver a Jon Secada, o Paquita la del Barrio (un deseo reprimido de mucha gente latina, parece). Hasta que un día alguien le explica que no puede comprar todo sin tarjeta, que el historial de crédito es importante. La hipoteca de la casa. Entonces él reacciona: ‘A mí nadie me va a decir lo que tengo que hacer’. Es decir, ahí actúa como si fuera una persona libre. Eso es lo peor. Le dijeron que es libre y se lo creyó. Porque a nadie le gusta sentir o pensar que no es libre. Es decir: confunde ser individuo con resistirse a la belleza de una acción colectiva.”

El filósofo González respira y concluye:
“Todo lo que deviene se puede entender como una coreografía de conductas y neurosis para esquivar lo peor. Un hermoso y desenfrenado ‘pogo rockero’ de quietud en un bazar tunecino pero que no es tunecino…”

Allí, en ése preciso instante, Douglas González se pone contento y se emociona con las frases que acaba de decir. Y nos da, nos muestra un papelito. Nos pide un favor pedestre: “un vale dos por una docena de cervezas que se ganó, y no puede ir a cobrar”, y nos pide que se lo alcancemos a sus primos de Maryland.

Douglas González se despide, y nos cierra la puerta de su hermosa casa allá en Virginia Beach, entre canarios y abetos al viento.

Créditos:
*Este es un estudio Latinoamericano de DC y sus alrededores. Fue realizado para la revista digital ‘CentroLatino a las estrellas’.
Entrevista a cargo de Sarita Cuperman y Ernesto Guevara Del Coto.

**NOTA: Después de estos apuntes sobre las ventajas de la negación y ciertas impotencias que se registran en algunas personas latinas para responder a disciplinas comunitarias, próximamente nos encargaremos del obvio y remanido fenómeno de la estigmatización del latino con dinero, o lana, o burgués acomodado que se viste en Banana Republic, Zara, y que es castigado con impronunciables epítetos o como se le quiera llamar. Como lo es el caso de la diseñadora uruguaya no ponderada por burgueses venezolanos o argentinos, dado que los “bacanes” uruguayos, son considerados millonetes menores por los otros.

Yanko Farias.

O postales urbanas como lo es una secuencia descrita en el mixturado Dupont Circle, zona rosa y barrio de la trasnochada puertorriqueña, donde un joven humilde con gorra puesta al revés se cruza de vereda cuando ve que se aproxima un rubio chileno.
“No sean así. No discriminen. Nosotros les tenemos miedo a todos ustedes porque entre honestos y delincuentes es difícil distinguir. ¡Los pobres se parecen todos entre sí!”, le dice el chileno, con acento snob y un español intraducible al oído común.
“A nosotros también nos cuesta distinguir. Los millonetes, y cabroncitos, o los hijos de pepa se parecen demasiado”, contesta el joven, que resulta ser colombiano, de padres peruanos, y criado entre Medellín, Santiago y Mount Pleasant en DC. Y huye.

 

 

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