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Este encuentro cultural colombiano tendió un puente entre memorias, territorios y sensibilidades diversas del mundo, donde el arte abrió espacios para escuchar, contemplar y sembrar una experiencia colectiva al servicio de la población.
Por Claudio Álvarez Dunn (*)
BOGOTÁ, Colombia.- Del 4 al 8 de junio de 2026 tuvo lugar en esta capital el Festival De lo Sagrado Universal que desde el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella y como una iniciativa del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, reunió artistas, compañías, colectivos, mediadores, sabedores e investigadores provenientes de diversos países y contextos culturales.

“Cuando la cantante tibetana Yungchen Lhamo entonó sus primeros versos en la plazoleta del CNA, hasta los saltos sobrenaturales de los bailarines de Hervé Koubi, todos vivimos una experiencia próxima a la levitación: con los derviches de Estambul, con las canciones indias de Bhakti, con el coro Gospel de San Andrés, con la compañía multicuerpos de Benín, con el delirio escenográfico de Heiner Goebbels, con el 40 aniversario del estreno de Rebis, con el espectro de María Teresa Hincapié en la Iglesia de Santa Clara, en fin, con los rituales cubanos de la Rumba All Stars, o con la Misa Criolla interpretada por la Orquesta Sinfónica de Colombia y el Coro Nacional, todos a una, conseguimos un conjunto energético lleno de voces, de coreografías, de melodías, de sudores y de aventuras extremas, como pocas veces había vivido en mi lenta larga vida”, sintetizó sobre el festival Sandro Romero Rey, asesor artístico del Centro Nacional de las Artes (CNA).
Para el público en general fue una experiencia de altos y bajos ya que supuestamente había funciones que eran gratis previa inscripción, pero algunas taquillas estuvieron sobrepasadas en el aforo de los teatros, mayormente por la asistencia de funcionarios y productores extranjeros que dejaron sin entrada a decenas de personas que esperaban por su asiento desde temprano en las larga filas callejeras.
Ese fue el caso del espectáculo de danza “Rebis-Homenaje a Federico García Lorca”, la obra emblemática de Álvaro Restrepo estrenada hace 40 años en el Teatro Colón de Bogotá. En el Festival De lo Sagrado Universal, Restrepo había sido invitado a reponer esta pieza ritual en su versión original con una relectura contemporánea de la obra para conmemorar los 50 años del asesinato de Federico García Lorca y mucho público con su inscripción digital gratis y previa se quedó frustrado bajo la lluvia sin poder entrar ante la incapacidad de respuesta del CNA.

Todo lo contrario sucedió con la obra Didę, de Marcel Gbeffa (Benín) y la escenógrafa Sarah Trouche (Francia) basada en la tradición Gélèdé, cuyas ceremonias rinden homenaje a la madre primordial. El Gélèdé es un tributo que en la Sala Delia Zapata se rindió a los poderes místicos de las mujeres, los cuales -según la tradición de la comunidad yoruba en Benín, Nigeria y Togo- deben protegerse y apaciguarse para transformarlos en una fuerza beneficiosa para la sociedad. Didę, que cuenta con el apoyo del programa de coreografía de la Universidad de Princeton, va más allá de las cuestiones comunitarias. Los bailarines usan máscaras de caoba pintadas que representan rostros esculpidos con elaborados peinados o escenas de la vida cotidiana y la mitología, acompañadas de cantos en lengua yoruba y el ritmo de tambores que invitan a un encuentro sincero y franco con cuerpos que atraviesan diferentes estados y trances que escriben una historia singular que va más allá del género.
Por otra parte, en la Sala Fanny Mikey se presentó, también de manera gratuita, “Songs of Bhakti”, donde la intérprete Vasundhara Das mostró una docena de composiciones arraigadas en la tradición clásica indostánica, donde entrelazó su melodiosa voz con la poesía de los santos y los versos místicos de los poetas sufíes ambientados en rāgas. Este marco melódico fundamental en la música clásica de la India (tanto en el sistema indostaní del norte como en la técnica vocal meditativa tradicional del sur) es utilizado para evocar emociones, estaciones del año o momentos específicos del día.
La voz de Vasundhara Das, acompañada por el baterista Anurak y el percusionista Roberto, llevó al público por un viaje devocional que fue más allá de la geografía, el idioma y el tiempo, para converger en una búsqueda de la misma verdad: una conexión íntima con el “Amado”, el Ser Interior, el Alma, Dios o sea cual sea la forma en que cada uno elija entenderlo. Los pequeños problemas técnicos de audio y luz no lograron opacar el gran dominio vocal de Vasundhara Das y su kirtan de música devocional y conexión espiritual.
Como un excelente cierre del Festival, en el Teatro Colón se presentó “What the Day Owes to the Night (Lo que el día le debe a la noche)”, de la Compañía Hervé Koubi y creación de este coreógrafo franco-argelino inspirada en la novela del escritor Yasmina Khadra.

Koubi reunió a bailarines callejeros de toda la cuenca mediterránea para una obra que fusiona danza contemporánea, urbana, capoeira y artes marciales para presentar esta pieza de gran belleza poética, meditativa y físicamente impactante, en donde lo sagrado emerge con una fuerza arrolladora en escena. Los bailarines representan guerreros que con sus acrobacias físicas desafían la gravedad, en una coreografía mística, encantadora e hipnótica. El elenco, compuesto íntegramente por 14 virtuosos bailarines de Argelia y Marruecos, danza al ritmo de una combinación de sonidos sufíes, egipcios y fragmentos de la Pasión, de Johann Sebastian Bach y otra música barroca, para una experiencia inolvidable.
Al terminar este encuentro, el público se deleitó con una presentación gratis en la plazoleta del CNA de la Misa Criolla, de Ariel Ramírez, interpretada por la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, el Coro Nacional de Colombia y la cantante María Mulata.
Bajo un leve aguacero, al ritmo del folclore argentino y con una profunda espiritualidad, el Festival De lo Sagrado Universal cerró un tránsito sensible por distintas formas de experiencia que atraviesan culturas, tiempos y geografías, donde el cuerpo se convirtió en un lugar de percepción ampliada; la escena, en un espacio de convivencia; y el gesto artístico, en una práctica que habilita atención, cuidado y resonancia compartida al servicio de la población.
(*) El autor es un corresponsal extranjero residente en Colombia
